Statcounter

viernes, 14 de agosto de 2015

Sonrisas sin copago

Ya está. Se acabó. Me echan de Bellvitge. Vuelvo a casa con mi enfermedad rarita, sin saber exactamente que pasó y con más prescripciones que el catálogo de un producto chino. Esto se puso chungo pero vuelvo para contarla.

La contaré porque tengo una señora esposa, que no me merezco, empeñada en salvar mi vida y mi condición. Tengo unos cuñados increíbles y a mis imprescindibles Ruben y Blanca. Tengo dos hijas y yernos de oro que me han acompañado cada minuto.

He tenido las fotos de Carmela e imaginado las de Ían. Tengo familias, en plural, extraordinariamente generosas y un grupo de amigos y amigas, Ustedes, que tampoco merezco y que no han dejado de enviarme buen rollo y ánimo.

Me habéis salvado. Es en estos tragos cuando uno descubre que solo es valiente porque no camina solo. Gracias.

Permítanme, sin embargo, que las últimas palabras de esta crónica de hospital que hoy concluye se la dedique a los profesionales de Los Camilos y Bellvitge que me han atendido. Podría decir, y digo, que un personal extraordinariamente competente, un nivel tecnológico adecuado y la sanidad pública me han salvado. Pero quiero hablarles de un intangible.

He visto a un humilde médico de urgencias decirme que me derivaba a un Hospital grande porque le faltaba potencia de diagnóstico. Y ha sido su diagnóstico el que salvó mi vida. He visto a una enfermera, sondarme, monitorizarme y meterme un chute, sin otro apoyo que su inacabable energía.

He visto realizar una docena de diálisis en una noche, con recursos humanos para cinco. He visto enfermeras convocadas a su puesto con media hora, madres que acudían urgente a su trabajo, dejando a sus hijos en casa de los vecinos. He visto trabajadores y trabajadoras sumar turnos. Médicos hacer tres fines de semana seguidos. He visto decenas de enfermeras cuidándome sin límite.

He visto a médicos de primer nivel poner catéteres y hacer biopsias en cuartuchos de metro y medio. He visto médicos eminentes tratarme con la mayor humildad, He visto contratos miserables y salarios miserables. He visto como cuatro auxiliares hacían nacer una planta de habitaciones donde cinco minutos antes solo había un desierto de loza.

He visto auxiliares refrescarme en mis momentos de mayor torpeza. He visto celadores llamarme siempre, sin error, por mi nombre y darme conversación para que no me desorientara en mis viajes por las cavernas del Hospital. He visto derramar una lágrima a una técnico una noche que la batidora decidió alargar mi terapia,

Todos ellos y ellas tenían derecho a torcer el morro, tenían derecho al enfado. Y sin embargo nunca lo hicieron.

Como saben, Insanía es nombre ficticio que he dado a mis crónicas. En castellano, se escribe sin tilde y se refiere más a la pérdida de juicio que a la ausencia de salud.

Como me ha recordado un antiguo amigo, es probable que el Hospital haya producido en mí el mismo efecto que el peyote en Artaud. Pues bien, aunque con nublado juicio, afirmaré que he recibido un intangible más poderoso que la más fuerte farmacia: una inmensa sonrisa sin copago que salvó mi vida.

He visto a una enorme muchachada defender nuestra vida y nuestro sistema de salud público. Permítanme, entonces, que insista en mi gratitud.

En cuanto a Ustedes, que me acompañaron en este mal trecho, qué quieren que les diga: que se les quiere, oiga, que se les quiere.

 

jueves, 13 de agosto de 2015

Viaje de riesgo a la caverna

"Vayamos por partes, como decía Jack el destripador". Ya se que no es una forma muy brillante de empezar un texto pero he descubierto que los chistes que cuentan los médicos son casi tan malos como los que cuenta mi cuñado el controlador aéreo. Esto no debiera preocuparnos: es bueno que nuestras élites converjan culturalmente

Pues, yendo por partes, aquí hay poca actividad. Veamos, no estoy proponiendo yo poner un casino o una sala de juegos hospitalaria. Aunque quizá podríamos rentabilizar alguna de las salas vacías en fin de semana, por un poner. Uno siempre dando ideas gratis a los gestores públicos, en lugar de hacerse consultor bolivariano y ganar una pasta.

Bien es cierto que aguantar los mil choques que por naturaleza son herencia de la carne desanima un poquito. Pero se echa de menos alguna actividad que convierta al doliente en persona.

Pocos libros, menos escritura, apenas tele, que es de pago. De la vieja partidita de mus ni hablamos. Hasta las viejas conversaciones de enjundia sobre la paz en el mundo o el bochorno catalán (me refiero al metereológico, como es natural) han desaparecido en el "cabizbajeo" del guasap.

Así que está complicado encontrar un momento lúdico. Aunque existen momentazos que nadie debería perderse: el viaje de riesgo a las cavernas del hospital, por ejemplo.

Hay dos modalidades deportivas al respecto: el viaje en cama o el viaje en silla de ruedas. El viaje en cama ofrece mayores posibilidades técnicas: frenos, palancas, giros lentos, conducción técnica, como uno de esos diésel gigantescos. Sin embargo, la silla ofrece la emoción de la velocidad y la fuerza centrífuga.

Celadores expertos conducen los vehículos. Podemos observar la escuela ortodoxa, centrada en el conocimiento de la mecánica o la moderna escuela basada en la velocidad. La competencia entre ambas escuelas produce notables contenciosos muy apreciados por los enfermos. Corre el rumor, no confirmado, de un sistema irregular de apuestas y carreras nocturnas prohibidas.

El viaje a la caverna del hospital, además de gozar de la práctica de conducción, añade un valor cultural: conocer la intrínseca maldad de los arquitectos. A medida que se desciende a las bajas cuevas, las salas amplias y luminosas desaparecen para dar paso a angostos recovecos, sellados absurdos y más absurdos cuartuchos.

Las más profundas cavernas, encierran pasillos insondables, oscuros pasajes, rincones cuya utilidad es difícil de averiguar en estos momentos.

Esta uno a punto de añadirles una reflexión histórica y sesuda sobre el diseño del viejo hospital siderúrgico y pretecnológico pero deberé dejarlo para otro día: el celador - conductor que me traslada al TAC hace un giro con doble tirabuzón para aparcar en la sala que provoca el aplauso de los asistentes.

Subidón total este momento " cocherito leré" que Ustedes no valoran en lo que supone de actividad del anonadado enfermo. Montaña rusa Hospitalaria, llena de riesgo y emoción. Si no ha viajado en cama de Hospital no conoce lo que es viajar.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Nocturno

La cosa ha estado chunga, pero deben saber que el estado de mis conmilitones de planta no ha sido mejor. Cosa que señalo para que entiendan que mientras yo zascandileo un poco, de asaz cotilla, ellos y ellas suelen permanecer en sus habitaciones, con la excepción de los condenados, cual Sisifo, al eterno paseo, cosa que hacen compulsivamente, y con riesgo de colisión, alrededor de la planta.

Pero hay un momento en que esto cambia. A partir de las diez de la noche, después del refuerzo de la cena (que aquí llaman "resopón") se inicia un sarao nocturno de tomo y lomo, justo cuando a uno le apetece dormir. No es descartable que la aparición de la comida de verdad ( leche, zumo y yogur) produzca un efecto "speed" en la sala, aunque no está investigado.

No puedo jurar que las auxiliares jueguen al corro de la patata en la sala, pero prometo que alguna coplilla he oído, justo antes de la cena de confraternización que auxiliares y enfermeras realizan en sala anexa. La mesnada enferma es respetuosa con la ingesta de los currantes pero, cuando esperas el silencio, empieza la sinfonía de las alarmas.

Todos a la vez y, al menos durante cuarenta y cinco minutos, se convoca de urgencia mediante timbrazos estridentes, a auxiliares y enfermeras que, con notable eficacia, realizan carreras, intercambios de habitaciones, adornadas con profusión de exclamaciones que alegran el ruido del nocturno.

Durante un segundo se hace el silencio y piensas: será ahora. Pues no. Queda el celador ruidoso, ese que arrastra una silla con ruido de matraca, el que viene a buscar a un enfermo. Qué mejor hora que la una de la madrugada para hacer una placa que se pidió a las cinco de la tarde. La mesnada enferma es como el ejército: siempre debes estar a disposición. Volverá el de la placa, se irá el ruido. ¿Dormirá usted?

Aún no; es el momento de la reunión de acompañantes. La hora en que tres o cuatro deciden cuchichear en un rincón de la sala sobre los respectivos estados de sus acompañados. Cosa que será de evidente dominio público, dado su alto nivel de discreción

Acaban, ahora, te dices, dormiré...falsa alarma...llega el momento "pedete". El acompañante ha vuelto a su función primitiva que no es otra que molestar al enfermo y ha descubierto que el vecino, que escándalo, ha manchado el pañal. Momento adecuado, casi las dos de la mañana, para cambiar pañales, sabanas, goteros y recomponer la habitación, gracias a un equipo capitaneado por la auxiliar de voz más estridente, faltaría más.

¿Qué hacer, amigos y amigas? ¿ Persistir en el empeño de dormir? En absoluto, hay que unirse a la fiesta.

Así, que uno se levanta, enciende la luz más potente, va al baño a tirar de cadenas innecesarias y hace ruido, toma una monedilla del cajón de la forma más ruidosa posible, se va a la máquina a buscar un agua que no necesita, curiosea entre los cachivaches de la sala hasta que le riñen, establece alguna conversación con algún auxiliar, vuelve a la habitación encendiendo luz como si fueran las doce de la mañana, de la forma más ruidosa posible.

El acompañante del vecino nota la venganza y tu pones esa mirada de " si hay fiesta, hay fiesta pa tos amigo, y yo soy el último que se acuesta".

El nocturno acabará cerca de la aurora cuando la mesnada olfatee la peligrosa llegada del vampiro y, para intentar despistar, volverá el silencio

¿Por qué se duerme durante el día? Porque no vamos a perdernos el Nocturno, camaradas.

martes, 11 de agosto de 2015

Eximente de asesinato

No me entiendan mal: no soy partidario del asesinato. En esto, coincido con De Quincy: es una forma inapropiada de actuar. Comienza uno asesinando y acaba siendo negligente con sus modales y faltando a la buena educación. No; me cuesta justificarlo. Pero, permítanme que insista: seguro que algún eximente notable puede aducirse en el caso del jefe de cocina de Hospital.

Una gente extraordinariamente capacitada y un nivel tecnológico adecuado salvan vidas diariamente, a pesar de recortes, indecentes contrataciones y una ruinosa gestión de almacén. Frente a todos ellos y ellas, se alza una figura enorme, eso si anónima, que arruina la sonrisa, el gusto y las papilas que todos los profesionales tratan de lograr en enfermos y enfermas: el innombrable jefe de cocina del Hospital.

A medida que uno profundiza en sus menús no solo se descubre el existencial vacío de sabor que alumbra la cocina de este hombre sino, probablemente una maldad congénita, un odio profundo a los sabores naturales o a la fruta madura, por un poner.

En una película de Coppola, un militar americano anima a sus soldados a familiarizarse con el horror. Eso, exactamente, es lo que deben hacer quienes caen en las fauces de este cocinero.

La sopa de agua, la tortilla en modo momia, la fruta inmadura son productos típicos de su cocina, como la pasta reciclada o las inefables sopas calientes de zanahoria en pleno bochorno catalán (me refiero al metereológico, claro). Miren que es difícil no encontrarle maridaje a la acelga. Pues bien, el tipo lo consigue.

Si usted no ha visto navegar un caracol de pasta en agua de grifo, pasada por microondas. Si no ha visto una aparente merluza retorcerse, seca cual mojama. Si no ha visto un cuscus seco adornar un plato de arroz más seco, no pueden entender la ira justiciera que me embarga.

El enfermo carece del derecho al sabor. Seguro que algún gestor público ha imaginado que concederlo provocaría una inevitable cola de gorrones en los hospitales. Permítanme que insista: debemos rebelarnos contra esta operación de castigo a nuestras papilas.

Acciones decisivas y transcendentales deben adoptarse. El despido no es suficiente por no ser suficientemente disuasorio. Notables investigaciones han revelado que esta especie de jefe de cocina de hospital, ladino y traicionero, está ampliamente extendida por la estructura hospitalaria española. Se requiere contundencia.

En un post anterior reflexioné con mi manzana Yorick sobre la gastronomía hospitalaria. Hoy debo, responsablemente, dar un paso más: convocar a mis conmilitones a una tarea revolucionaria que concluya con ominosas décadas de afrenta al sabor.

Debemos recurrir, enfermos y enfermas patrios, a una operación decisiva, sea de comando o una heróica acción individual, con dolor o sin él, pareciendo accidente o no. El hecho es el que debe ser: el asesinato es la única respuesta posible a la comida triste y vacía de sabor. Venguemos, definitivamente, a generaciones enteras de enfermos y enfermas.

Se contratan consultores que construyan eximentes adecuados...quizá Monedero, ahora sin mercado bolivariano se anime....

lunes, 10 de agosto de 2015

Vampiro

No desprecien el tráfico de la sangre; no ignoren esas evanescentes horas de los amaneceres hospitalarios; recelen de las viejas artes; sepan cuanta gente se postula para conocer los secretos de sus glóbulos; guarde la puerta de su habitación y, sobre todo, guárdese del vampiro. Va a visitarle, es inevitable, conozca sus trucos.

La vampiro, porque es ella, durante el día, existe. Se le puede observar en la sala, ocupando una discreta posición. Con un ojo vigila su caja de aperos, llena de hermosos instrumentos de tortura, con otro observa el ordenador, vigilando si los médicos introducen potenciales víctimas. Si se observa con detalle, puede verse que cada nominación médica, produce un ligero estremecimiento de su cuerpo.

La vampiro ayuda a sus compañeras, créanme. Puede perder horas buscando venas perdidas pero, créanme también, no será para otra cosa que no sea una inversión de futuro: ella, la vampiro, beberá de esa vena en cualquier amanecer próximo.

Durante el día, la vampiro puede desaparecer. Pero Usted y yo sabemos que no andará lejos de nuestra sangre, anhelando el fruto de nuestro doliente cuerpo. Podrá hacer cálculos de necesidades, densidades o mil cosas más, porque el vampiro ha refinado notablemente su técnica. Pero sepa Usted que le acecha.

Y, como es previsible, segundos antes de la aurora, el fenómeno acontece.

En el momento de la duermevela, cuando los sueños se mezclan con realidades, cuando el sol de verano juega todavía a ser luna, justo entonces, el viejo arte del vampiro viene a buscar su sacrificio.

Un transformado ser se ha introducido en la habitación. La parte bípeda hace que parezca humana. Pero deben fijarse en una cuadrada jiba con ruedas, depósito de todo tipo de refinados adminículos. De ahí extraerá inacabables instrumentos cuyo único objetivo sea desangrarles; la derrota es inevitable, amigo y amiga.

El paciente, somnoliento y en en ayunas, hambriento, que no deja de ser doble felonía, no le ha visto llegar. Cuando intente protegerse ya será tarde. Una cinta azul aprisiona tu brazo y la vampiro, sonriendo, friega con alcoholes tu vena condenada que se hincha ofrecida a la tortura.

La vampiro clava el diente afilado y empieza a llenar tubitos de sangre, rojo, rosado, azul, colores múltiples que se llevan tus glóbulos. Notas como cada gota de sangre que pierdes produce un notable relax en el cuerpo de la vampiro: una vez más lo ha logrado.

La vampiro limpia los restos de su robo. Presiona la vena con el pretexto de evitar la inflamación. No se lo crean, solo desea tener expedito el camino de mañana.

Los modernos vampiros no beben sangre hacen analíticas. No clavan sus dientes, ponen vías. No beben tu sangre, la custodian.

Cuídese del vampiro hospitalario, ese que todas las mañanas, en ayunas, saca glóbulos de su cuerpo para ofrecérselo en sacrificio a la manada de sanadores, que horas después le relatarán sus raros niveles de las más raras sustancias.

Queda dicho: antes de la aurora, decena de torturados, y en ayunas oiga, en ayunas, ofrecemos nuestro sacrificio en el altar de las viejas artes: es por salud, faltaría más.

domingo, 9 de agosto de 2015

Habitación: manual de huída

¿Creen Ustedes que, de verdad, la habitación es el castillo del enfermo? ¿Creen que se trata de un espacio sagrado donde solo los sumos sacerdotes de la salud operan? Para nada. Las habitaciones padecen, en ocasiones, más tráfico que plaza céntrica en hora punta y, en otras, es aconsejable que el paciente huya. Este es un manual básico de huída.

Preparar la estrategia es fundamental. Salvo en el caso de la visita médica en el que la huída, como aquí se ha escrito, es imposible, debe usted estar preparado. Procure, en primer lugar, que la puerta de la habitación este abierta y la cama a baja altura, facilita la huída fugaz.

Tenga preparada una estrategia extrema. Si, por un poner, una conversación de tres horas sobre la reparación de la dinamo de un automóvil le parece demasiado, llame de urgencia a la enfermera, pretexte un dolor agudo y pida medicamento. La enfermera vaciará la habitación y Usted ganará algo de silencio.

Detecte, amigo enfermo, las sillas más incómodas de las que rodean la maquina del café, esas que se mueven o son más estrechas y lleve allí a esa visita que no desea. No cometa el error de que se acomode en su cama, no se la quitará de encima en horas. Solo el cuñado esta autorizado a usar su cama (privilegio del cargo y es el único cómplice que Usted tendrá para adquirir bebidas prohibidas).

Definida la estrategia contemplemos los casos de huída indispensable.

Una de las razones serán, sin duda, esas intervenciones radiadas que algunas enfermeras gustan de hacer al vecino. Una de esas en las que se sienten obligadas a relatar las felonías a las que someten al torturado, en voz alta y para conocimiento del otro enfermo, una especie de amenaza, ahora iré a por ti, no te creas. La alternativa es retorcerte de pánico, esperando el turno del salvaje evento,

Nada más recomendable que la discreción en las visitas médicas de los otros. Es conveniente huir de la habitación cuando se produce la visita médica del vecino. Nunca sabes si por simpatía te va a caer una prueba más de las que tienes apuntadas, aprovecharán para revisar tu situación o, lo que es peor, recordarán alguna perrería que aún no te han hecho.

Cinco horas continuadas de conversación, cinco, sin pausa, entre vecino y acompañante disuaden a cualquiera sobre permanecer en la habitación, especialmente si los acompañantes se han convertido en cuatro o cinco, te han rodeado, incluido en el círculo mágico de sus secretos y te obligan a opinar sobre el descoque, mire Usted, de la prima Margarita.

La huída está especialmente recomendada cuando la señora del vecino ha decidido hacer balance de los días de asueto que el enfermo se ha tomado, que vaya morro que tiene el caballero, hacerse quitar una piedra y no esperar un par de semanas a que mi madre viniera a ayudarme. Huida necesaria porque Usted será, no le quepa duda, igual de culpable.

Los niños y niñas, tan encantadores son motivo adicional de huida no les quepa duda. Con pantallita, o sin pantallita, los infantes tocarán todos los artilugios, moverán la cama, tocarán su medicina, se apoderarán de sus cosas, le sacaran de quicio. Huyan en cuanto vean un tierno infante o sagaz nieta o llamen a la policía, por su seguridad.

Pero, amigas y amigos, hay un momento huida imprescindible. No solo deberá huir Usted de la habitación, sino tomar monedero, libro, tableta o cualquier otro artilugio periférico que le distraiga.

Hay un momento en que le tendrán fuera de su reino por tiempo: es cuando a su vecino le hacen la lavativa. Tiene una ventaja, no crean, permanecerá callado por horas, humillado y silente, sin acompañante que también habrá huido. Lástima que Usted no disfrutará el silencio porque habrá sido expulsado del reino de los efluvios.

sábado, 8 de agosto de 2015

El vecindario

La policía hospitalaria no gusta de la soledad de la persona enferma, que puede ser fuente de peores males. Sabido es que la guardia civil o los montaraces bandidos no caminan solos. Los gestores públicos, no sin ayuda de arquitectos diseñadores de apretados cubículos, han inventado una institución sin la que la terapia hospitalaria sería imposible: el vecindario de habitación.

Un mecanismo por el que dos desconocidos pasan a ser entrañables conmilitones. Apenas un biombo, una cortina, separa dos mundos antes ajenos y hoy cómplices.

Existen múltiples tipos de vecindario. El primero de ellos, ciertamente escasea, es del tipo discreto. Este personaje es cortés, no interrumpe las conversaciones, no osaría ponerse a discutir sobre la paz en el mundo o sobre el bochorno catalán (al térmico, me refiero) si no le das pie.

Siempre dispuesto a cuidarte y llamar a la enfermera, aunque no haga falta. Es un auténtico Samaritano, faltaría más. No es que no sea cotilla, de hecho lo sabe todo sobre tu flaqueza pero, es de agradecer, solo pregona discretamente a su familia.

El otro tipo es el que afirma su personalidad con decibelios, Ustedes me entienden. Lo que molesta a este camarada no son sus inusuales niveles de creatinina o sus afecciones.

Debe opinar sobre todo y todo el tiempo. En general, el problema lo tiene con la sanidad pública, con la enfermera, con los auxiliares, con el que limpia, con todo aquel o aquella que le lleve la contraria. Obviamente, debe insultar a los auxiliares que se retrasan, te explica como es la vida, y lo imbécil que eres, eso si gratis, aunque podría cobrarte por el consejo, porque es muy sabio.

Este tipo suele ir en pareja con otra venerable institución sanitaria: el acompañante. El acompañante es ese personaje, cuya función es absolutamente inútil, y se empeña en pasar la noche con su doliente, en una silla ergonómicamente imposible.

El acompañante, para cumplir su papel, deberá despertar a su enfermo con frecuencia para comprobar que le duele; si no duele, no sana, es conocido. Saldrá a la máquina del café, a fumar, a pasear, establecerá conversaciones divertidas en la madrugada con otros acompañantes. Naturalmente, cuando haya que trabajar con el enfermo el acompañante siente una imperiosa necesidad de abandonar la habitación, que para eso ya están las enfermeras y auxiliares.

El acompañante modelo desaparece puntualmente a las ocho de la mañana, cuando será sustituido no por uno sino por varios acompañantes que dedicaran el día a ocupar la habitación, centímetro a centímetro, a hablar de las múltiples enfermedades que nos aquejan a todos y todas, y nos quejamos menos que el quejica del doliente de turno.

Pero esto no es suficiente para el buen solaz de la persona enferma, ha decretado el gestor público: los sábados y domingos se organiza el happening hospitalario.

Las familias vacían bocas de metro, autobuses y aparcamientos. Los niños corren por las escaleras y organizan juegos, las pandillas de amigotes cuentan chistes y anécdotas, se ven viejas películas de televisión en familia y las mamás, para pasmo de auxiliares y enfermeras, reparten meriendas y viandas como en una pradera en tarde de verano.

Que hermosa es la vecindad hospitalaria, que gloriosa la ausencia de silencio, que sacrificado el acompañante innececesario, que hermosas meriendas de hospital. Debieran ser incluidos en múltiples copagos, como imprescindible y necesaria terapia.

 

viernes, 7 de agosto de 2015

La visita médica

Se mueven sigilosamente en pequeñas manadas. El líder elige con signos leves la próxima pieza. Mimetizados entre los aparatos, camuflados en los colores oscuros del mobiliario, se aprestan al ataque con suma elegancia. Caminan erguidos, con la mirada fija en el horizonte, poseedores de un secreto que la víctima inútilmente espera compartir.

Las víctimas potenciales los vigilamos de reojo ¿queremos o no ser elegidas? La víctima siempre opera entre el masoquismo y el síndrome de Estocolmo. Y justo cuando creemos haber evadido el riesgo, la manada asalta la habitación, te rodea, impide cualquier punto de fuga. La amenaza se ha consumado: la visita medica ha llegado.

El líder se separa unos centímetros y permite que el resto de la manada ausculte, toque. El líder responde a cada uno de los movimientos de su manada con monosílabos, si, ni, uhmm,.. realiza breves indicaciones, se le ocurre algo que su subalterno ha olvidado y que hace que la víctima se pregunte: ¿será importante?

Las víctimas, sabedoras del imposible escape, tratamos de averiguar en el pétreo rostro de la manada algún signo de entendimiento que nos indique como marcha hoy nuestro cuerpo, inútil propósito.

La manada es hermética, va a lo suyo, habla un lenguaje propio. Concluye el análisis, la víctima se pregunta si será ahora informado. El líder de la manada extiende la mano sobre su pecho en un gesto universal de empatía: parece que va a pronunciarse, segundos de tensión...falsa alarma...será un miembro de la manada el que relate, una vez más, la afección que padeces.

No, amigo, amiga, no sabrás exactamente si estas mejor que ayer, simplemente estás. Las raras palabras de la afección que padeces brotan del portavoz de la manada mientras el líder asiente concentrado y conspicuo.

Pero cómo narices estoy, te preguntas, pero no te atreves a preguntar. El líder de la manada parece percibir la inquietud pero calla, Su silencio esta lleno se sabiduría, se nota que reflexiona sobre la afección que maltrata tu cuerpo. Sufre contigo, lo sientes, sientes su sufrimiento, pero el cabrón no suelta prenda y tu sigues sin tener ni puta idea de cómo estás.

Y cuando estás apunto de atreverte a preguntar, otro miembro de la manada te pilla y relata las pruebas pendientes. Placas, cultivos, terapias se ponen súbitamente encima de la mesa. La víctima recibe la orden como un colegial los deberes escolares. Hay que hacer pruebas, ¿qué como coño estoy? Curándome, faltaría más, la manada ha venido, me dedica su tiempo, hace pruebas, luego esto marcha. La víctima quiere conocer detalles; en vano, los detalles pertenecen a la manada.

Al fin, el líder de la manada habla: " es tiempo de curarse. Le veré mañana". Y uno colige: pues si me ve mañana es que mañana estaremos vivos, respira tranquilo, y la manada, circunspecta, sigilosa, abandona la habitación en búsqueda de una nueva víctima a la que estresar.

En venganza, la víctima se aleja de la manada, la rodea, se va a la máquina del café y saca una bebida prohibida. Al fin, habrá algo que la manada ignore, qué se han creído, piensa la víctima en un pequeño gesto de victoria.

jueves, 6 de agosto de 2015

El enjundioso caso del pañal prestado

A grandes males, grande remedios se dice la intrépida enfermera jefe, siempre dispuesta a ir más allá del deber..."Baja a la cuarta y que te presten uno", ordena resuelta a un auxiliar ...¿un anticipo de nómina? ¿Un especialista? ¿Un recurso de última necesidad? No; un pañal.

Pedir prestado un pañal es cosa de enjundia pues, aún teniendo razón la voz popular y siendo mejor pedir que robar, asuntos técnicos no menores como la textura, el grosor o el tamaño pueden poner en riesgo la operación. Pero la enfermera jefe no vacila, tiene expertos en sus filas. Una especialista sale rauda de la sala y retorna, no con uno sino con dos ejemplares. La sala aplaude la acción de comando y la enfermera jefe respira aliviada la superación de la crisis.

La gestión hospitalaria es tan just on time, just on time, que como Ustedes comprenderán nunca esta on time. Así, la economía de trueque entre plantas se ha adueñado del hospital.

Hay emparina en crónicos, se sugiere al oído de la enfermera jefe y una especialista se desplaza rauda para luego esconder unos misteriosos tubitos en sus cajones. Hay vías y sondas en la tercera, advierten a la jefa de los vampiros que corre para rellenar su caja de tortura. Se ha avistado paquete de yogures en oncología y, al poco, unos pocos ejemplares han sido eficazmente distraídos.

Y así hasta que llegan los portadores y se restaura el equilibrio. Son estos, ciudadanos y ciudadanas que transportan paquetes y piden códigos. No se les recibe con ansiedad, conviene no mostrar nervios, como si no existieran. Cuando el portador desaparece, la enfermera jefe se lanza sobre el paquete, se esconde a si misma una parte de su contenido y devuelve lo que recibió en préstamo.

Así queda cerrado el modelo de circulación de mercancías sin excesivos costes de transacción. Bien es cierto que, como en toda economía irregular y de trueque alguna ineficacia se produce: por ejemplo, se ha detectado una sospechosa e irregular línea de tráfico de pijamas.

Pero nos queda el enjundioso caso del pañal prestado.

A quien debe pedirse tan relevante instrumento: a jefe experto o a auxiliar. Como efectuar, en su momento, el canje ¿por unidades o por paquetes? ¿Debemos llevar contabilidad separada de las unidades? ¿Puede anotarse en el programa de gestión un consumo impropio? Decisiones que la enfermera jefe decide con la intrepidez que caracteriza al cuerpo.

Pero no es esto lo más difícil de dilucidar, amigas y amigos.

Todo préstamo debe pagar interés. En este caso, ¿será al tanto por uno o según carga? No es cosa baladí. Ustedes saben que el rédito es el valor que se le concede al tiempo, y cuando uno esta enfermo el tiempo es oro. Así pues, ¿habrá habido usura en el préstamo del pañal? ¿A qué compromisos inconfesables habrá llegado el prestatario?

La sala no ignora la enjundiosa cuestión pero guardia silencio. Mejor no saber. Semper fidelis, susurra la enfermera jefe, mientras calcula el suero que debe pedir en préstamo.

miércoles, 5 de agosto de 2015

La batidora

Plasmaféresis se llama el siguiente paso de mi terapia. Las asesoras de este blog, o sea Armonía y Blanca, podrán darles detalles del asunto ( y les aseguro que les gusta darlos).

Yo se lo explico sencillo: el asunto consiste en batir mis glóbulos rojos y blancos en una máquina, hasta que queden limpios de toda impureza, inflamación o suciedad. Es como cuando ustedes olvidan escaldar el tomate y tienen que pasar la salsa por el chino seis o siete veces hasta que esté líquida.

Déjenme presentarles a la batidora en cuestión. Es una máquina color verde pistacho, tipo camión Barreiros de los sesenta. Es del género presuntuoso y gritón, ya saben, traqueteos, ruiditos, alarmas sonoras de todo tipo, y, eso si, pantalla táctil, o sea como lo de Monedero, antes de que le pillaran con el asunto de Hacienda.

En un primer momento, la batidora se queda con la sangre de uno. Esto no es especialmente grave, ya Platón y Aristóteles estudiaron la separación de cuerpo y sustancia, a través de una membrana. Se ignora con que utilidad pero lo estudiaron. Así que cuando empieza el proceso uno se siente como caminando por la Academia, reflexionando sobre lo que hace virtuosos a los seres humanos.

El problema, pónganse en mi lugar, es que al final del proceso la batidora debe devolver la sangre a su dueño. Y aquí está el quid del asunto. Desde que la eficaz operaria anuncia la última bolsa, uno empieza a mirar de reojo a la maquinita y susurra: como no me devuelvas la sangre la vamos a joder, como no me devuelvas la sangre la vamos a joder...cosa que se dice sutilmente para no herir la sensibilidad de la batidora.

La batidora tiene una poco sutil forma de venganza: cuando se cabrea, coagula el asunto y hay que volver a empezar el procedimiento que de dos horas y media se pone en siete, en un pispàs; así, que bromas pocas.

Porque claro, imaginen Ustedes mi papel con cuerpo pero sin sustancia. No me cabe duda de que será un momento muy aristotélico pero jodido de narices. Yo ya se que a ustedes les incomodaría el asunto, incluso que se enojarían con la batidora y su propietario institucional pero, que quieren que les diga, no me veo yo de zombie y con mi sustancia en la batidora.

Vale, es cierto, no se conoce ninguna batidora que se haya apropiado de sangre ajena. ¿Pero quién garantiza que la rebelión de las máquinas, en lugar de por su coche robotizado no empieza por las batidoras de plasma?

Más aún, he descubierto que no existe protección del usuario contra la batidora. Debemos adoptar medidas urgentes. Un 15 M de las batidoras para hacerles saber quien es el pueblo empoderado frente a su prepotencia...incluso estoy por pedirle a Alberto Garzón una confluencia popular contra las batidoras...no sirve para nada, pero al chico le gusta pedirlo.

Mientras tanto, traten bien a sus minipimer, nunca se sabe si las batidoras grandes son sensibles con sus vástagos y mi sangre debe ser devuelta.

No me veo aristotélico, que quieren que les diga.

martes, 4 de agosto de 2015

Sonidos inquietantes

Si, si, ya se que Ustedes lo saben todo de ruidos hospitalarios. Esos quejíos inexplicables, apariciones susurrantes y todas esas cosas que Ustedes han aprendido de las series americanas. Tontadicas, se lo digo yo.

Los sonidos forman parte, Ustedes lo saben, de las emociones. El acorde de Fidelio o el himno de Nabucco solo pueden sonar a libertad, solo a horror sonará el obús y la risa de un niño, los cantos de los pajaritos y todas esas cosas que los poetas cantan les remitirán a emociones que aprendieron de pequeños.

Es por eso de prever que una botella descorchada en la sidrería del barrio no puede sonar igual que en la decadente glorieta del Palace. Si en una habitación del Ritz suena la misma persiana de lamas que suena en su casa es bastante probable que Usted abandone el hotel sin consideración alguna.

Es por eso, también, de prever que si uno vive en un entorno altamente tecnológico espere glamurosos sonidos, ráfagas sugerentes que sustituyan los ruidos siderúrgicos de otras épocas.

Como saben peno vacaciones sanitarias en un hospital cuyos ruidos contradicen, sin duda, la elevada competencia profesional y sus niveles tecnológicos.

Entiéndanme, si el aire acondicionado de la habitación suena como en el Motel de Norman Bates, uno se preocupa. Si la máquina que bate mi plasma sanguíneo se para con una alarma que remeda un camión de gasoil de los sesenta, uno se pregunta por su porvenir. Si la llamada a urgencia a la enfermera suena como las sirenas de los barcos que abandonan el puerto en Kushadasi, en la lejana Anatolia, uno deberá preguntarse si será un fakir quien acudirá en su auxilio.

Pero, les aseguro, que puede ser peor. Imaginen que una competente doctora ha anestesiado su riñón y se dispone a la biopsia. Imagine que la pistolita con la que arrancará sus fibras suena igual, pero igual, se lo juro, que la pistola de grapas con la que Ruben machaca de vez en cuando la madera de mi garaje.

Imaginen que eternos se hacen esos quince minutos en los que no tienes más remedio que imaginar que la máquina de grapa de carpintero de Ruben filetea tu riñón en lugar de un sutil ruido que aísle tus maltrechas fibras. Inevitablemente sube la tensión, fuente de notables males, se acobarda al enfermo y se producen fijaciones de exigencia psiquiátricas inevitables.

Puedo imaginar ruidos perversos: la carcajada del jefe de cocina, cuando hace el menú diario; la cínica risa del que reparte los supositorios e, incluso, el lento arrastrar de pies de los vampiros que vienen a analizarte a las seis de la mañana.

Pero, por un segundo, solo por un segundo, imaginen la máquina grapadora de Ruben fileteando su riñón.

Exijo, reclamó, solicitó que cambien el inquietante sonido de la pistola de las biopsias.

Por lo que más quieran que no suene a pistola de carpintero.

 

lunes, 3 de agosto de 2015

¿Quién ha escondido la Pomada?

Hay frases míticas que definen épocas. Por ejemplo, si Ustedes escuchan a alguien tararear "Quien ha puesto el CD de Mozart en la caja de galletas" podrá asegurar que se trata de un antiguo estudiante de EGB. Única formación histórica en España en la que coincidieron estudiantes de música, CDs y cajas de galletas María. Es improbable que el cantante de turno sepa que se trata de las nueve notas de la pequeña serenata nocturna, pero era la EGB.

Pues bien, cuando dentro de unos años Usted escuche la frase ¿Quién ha escondido la pomada? Sabrá que, irremediablemente, se refiere a la época de los recortes sanitarios.

A Ustedes les parecerá broma, siempre preocupados por la superestructura. Ya se, ya se de la importancia del copago y de la reducción de la farmacia; no ignoro la gravedad de los recortes de personal ni las exclusiones del sistema. Pero, amigas y amigos, hablamos de la Pomada,

No de una pomada cualquiera, tipo culito sano. No; hablamos de la ultímate, la high class. Esa que convierte la llaga que lacera sin conmiseración tus más infames pliegues e impide tu dignidad sedente en un suave reclinatorio. Si; es esa pomada cuyo leve toque convierte tu piel en terso doncel, culito de bebe o suave mano de madre. Esa Pomada existe: quién lo probó lo sabe.

La desaparición de la Pomada nos remite a profundos problemas democráticos que a Ustedes, atrapados en la reflexión global se les escapan.

¿Qué culos tienen derecho a ser elegidos para el ungüento? ¿Con qué baremo puede excluirse un culo del tratamiento high class? Pero, sobretodo, amigos y amigas, ¿Quién se ha apropiado de la llave del calabozo? ¿Quién ha sido la taimada, porque de taimada hablamos, que sin oficio por triplicado ni información al tribunal de cuentas ha decidido ser la guardiana de la Pomada?

En entornos cerrados, donde la administración de la Pomada es fundamental, estas son preguntas transcendentales que deben ser respondidas. En estos tiempos donde los gestores se esconden a si mismos los recursos no se sabe si por gestionar su ahorro o repartir el sol a posibles clientelas estas cuestiones deben analizarse con suma cautela.

¿Debe haber un culo casta, usuario de la gran Pomada, o todos los culos deben sufrir por igual la mácula del dolor, la llaga y la ignominia " igualdad, gritaba el Jorobado Torroba: ¿nos quería con joroba o nos quería jorobar?

No rían, no solo es pertinente la investigación sobre la Pomada y su secuestradora. Es necesario el comando que recupere su uso. Expropiación de las Pomadas ya, reclamo.

Probablemente opinen que mis vacaciones sanitarias afectan mi juicio. No; es precisamente cuando uno valora el peso de la lacerante llaga que tortura y la ausencia de la gran Pomada.

 

 

domingo, 2 de agosto de 2015

Conversaciones con mi manzana: gastronomía hospitalaria

Tras cinco comidas hospitalarias, he identificado un ingrediente: una manzana. Emocionado, no me la he comido. Vale, lo han adivinado: estaba verde.

No obstante, mientras la escondo esperando su madurez, pienso en convertirla en mi Yorick, sobre el que derramar mi reflexión sobre la gastronomía hospitalaria.

Ser o no ser, he aquí la cuestión. ¿Qué es más digno para el espíritu sufrir los golpes de la fortuna, aceptar que los guisantes hervidos con jamón no sepan ni a guisantes, ni a jamón, y así desear el pronto abandono de los servicios del estado del bienestar, o tomar armas contra los océanos de calamidades y reclamar que el pollo sepa a pollo y el pescado a pescado, aun a riesgo de alimentar gorrones que quieran comer en los hospitales.

Reflexiona la calavera de mi particular Yorick. Sabe que la gastronomía hospitalaria está diseñada para que el usuario abandone cuanto antes su espacio de bienestar clínico y alimente las arcas de la restauración local. Cuánto pincho de tortilla, cuanta tapa consumida tras una estancia hospitalaria.

Aquí, tierra de insanías sobrevenidas, no se viene a comer bien ha decidido el legislador, en alguna taberna de esas donde las viandas tienen sabor, las verduras no saben a pollo y la sopa no es de agua.

Es este el espacio de la ausencia del sabor. Platos que se acumulan, día a día, sin que uno pueda recordar ningún sabor. Tanta y tan abundante sabiduría sanitaria ha conducido a un absurdo: borrar de sabores nuestra memoria. Un indigno reseteo.

Mi particular Yorick sabe, empero, que debemos responder al agravio del opresor y enfrentarnos al soberbio chef de todos los hospitales.

Ahora que los astronautas han conseguido que la sobrasada sepa a sobrasada en la estación espacial internacional. Ahora que cualquier lata de atún sabe a atún. Ahora que los potitos de los niños y niñas vienen con mil sabores identificables. Ahora cabe preguntarse: hasta cuando aguantaremos la insolencia de la gastronomía hospitalaria.

Pero, he aquí, de nuevo la cuestión. Que será más útil: convocar un masterchef hospitalario, una huelga de hambre en la la planta 7 del Bellvitge o reclamar a Errejón, mediante subvención pagada, naturalmente, que sin tardanza se elabore una ley de sabores en los hospitales.

Reclamo el viejo derecho a que el guisante sepa a guisante, la salsa de tomate a tomate. Reclamo el derecho a restaurar nuestra anatomía con pan que sabiendo a pan alimente nuestros hematíes y nuestras papilas.

Aguantemos, claro, los mil choques que por naturaleza son herencia de la carne pero no, mi querida manzana, el insulto que el gusto del paciente recibe del chef hospitalario.

 

 

 

sábado, 1 de agosto de 2015

Aire para Los Camilos

He pasado día y medio en Los Camilos, un modesto hospital en San Pere de Ribes. Hay que señalar que mi sobrevenida y urgente insanía, no percibió lo esencial: la ausencia de climatización, en pleno bochorno catalán ( me refiero al térmico).

Un box de urgencias, un hospital entero sin aire acondicionado, con humedad tropical, con sus moscas insidiosas que se cuelan por ventanas sin mosquitera, que se abrían para la propia supervivencia del personal.

Podrían pensar Ustedes que este ambiente subtropical conduce a un hospital misionero. En absoluto. Bajo el bochorno, una animosa y profesional muchachada se empeñaba en salvarme la vida, explicarme una rara enfermedad inexplicable y cosas propias de su función.

Pero no había aire acondicionado y, eso, amigos y amigas, cambia radicalmente los códigos de la lucha de clases.

Ya no se mira con ira al poderoso sino a quien, avispado, ha conseguido traerse el último ventilador del chino. Las enfermeras no se resisten en las trincheras de las mujeres dominadas, simplemente desplazan unos centímetros el ventilador. Doctores y doctoras se vengan enviando a las enfermeras a larguísimos y calurosos periplos.

Aire para los Camilos, reclamo; aire para el pueblo que cambie el aire del pueblo. Aire para médicos y doctoras; para enfermeros y enfermeras; aire para auxiliares y trajinantes.

Aire para los Camilos, aire para el pueblo, aire necesario como la poesía que necesitamos trece veces por minuto.

Parece que pasaré el resto de mi peripecia sanitaria en Bellvitge, que diré: en el balneario de todos los Bellvitges, donde ya he identificado cinco climatizaciones distintas, mientras la buena gente de los Camilos sufre el irredente bochorno catalán ( me refiero al térmico).

A mi amigo Daganzo pertenece el dolor y la experiencia del doliente, como atestiguan las repetidas ediciones de su poemario. Pero creo, amigo Antonio, que te confundes: nada más cruel con el dolor del insano que la ausencia de climatización.

Reivindico, postrado por rara enfermedad que será derrotada, aire para los Camilos, para el pueblo, para los listos, para las listas, para los tontos, para las tontas, para los que curan...para quien sea, coño, ..., llevan dos meses sin aire.