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martes, 25 de septiembre de 2012

El cuaderno del arquitecto

Lo malo de un ministro no es haber sido tertuliano; es continuar siéndolo. Sus argumentos tienen la levedad de lo efímero, se niegan al día siguiente y se expresan con la actitud del botarate histrión que corresponde al tertuliano de este siglo.

El Señor Wert resumió tal circunstancia en su apreciación del IVA escolar: “nadie puede decir si un cuaderno lo usa un niño o un arquitecto”. 

“Ahí nos han dao” . La culpa de que los padres anden de librerías de viejo y saldo buscando libros y cuadernos la tienen los arquitectos. Esos mismos a los que la ex – lideresa condenó a muerte no por encarecer los cuadernos sino por estética, que los liberales tienen, ya se sabe, más gusto que empatía con los que sufren. Profesión maldita, responsable de la burbuja junto a los inmigrantes demandantes de vivienda.

No veo yo, lo confesaré a estos señores tomando notas o dibujando en los cuadernos Rubio de caligrafía en lugar de los “moleskine” de oportuno gramaje ¿Merece la pena comentar la sandez del ministro ?

Pues si; no porque se trate de chascarrillo de tertuliano que solo busca ser el gracioso de la mañana. Debe comentarse por ser una expresión más de la política educativa del PP: cancelemos los malditos ochenta. La educación debe depender de la cartera, como siempre fue; no sea que cualquier hijo de vecino acabe de tertuliano en estos tiempos de escasez.

La contrarreforma educativa no solo lleva el marchamo de la segregación en cada una de sus medidas sino, fundamentalmente, el de la privatización. Si un padre no puede comprarle a su hijo un cuaderno de arquitecto debe ir al módulo de albañil, directamente. Por eso se acabará privatizando el bachillerato. Para que acaben estudios quienes deben y no cualquier bandarra.

Si, amigas y amigos: escriban los niños en papel de estraza; coman arenque seco a las puertas del comedor; usen libros reciclados; dejen la música para quienes la entienden; corran los desarrapados por los eriales y dejen las ciudades deportivas para los expertos en pádel; separemos a los niños de las niñas y dejemos que obispos bendigan a los pobres.

La vuelta a antaño es la venganza que la derecha, como alguna vez les he contado, esconde tras las neoliberales terapias de la crisis.

En cuadernos de arquitecto se escribirá un futuro que ha condenado a una generación; que borrará la ilusión de colegios e institutos; que derrotará a padres y familias enteras. A cambio eso si de que el IVA escolar ni siquiera sirva para que aumente la recaudación.

Pero eso es hablar de futuro y a un tertuliano solo le interesa los titulares de mañana.


miércoles, 19 de septiembre de 2012

Economistas: ¿Y si fuera la ética?

De vez en cuando, los economistas hablan de si mismos. Habida cuenta de los notables resultados de la “ciencia lúgubre” por excelencia, deberíamos hacerlo más a menudo. Hoy mismo, en Vox, Diane Coyle pretende abrir un debate sobre la cuestión. Aquí les dejo una traducción propia (en suma, mejorable) del texto.

El artículo es, en realidad, el sumario de un encuentro entre académicos y empleadores de economistas celebrado en Reino Unido. Básicamente, se cita el déficit en algunas habilidades, el programa de estudios, la orientación de los modelos macroeconómicos que los jóvenes aprenden y algunos perversos y corporativos incentivos del sistema académico como materias de reflexión. Me atrevo a reiterar una carencia en el listado de una cuestión que otras veces he señalado aquí: el autismo de los economistas sobre el imperativo ético y moral de la economía.

Quizá conozcan la película Wall Street. Se trata de un film de 1987, época yuppie, una anterior exuberancia irracional. Su protagonista Gordon Gekko, (Michael Douglas) declara: “La codicia es buena, ...., La codicia funciona. La codicia clarifica, atraviesa y captura la esencia del espíritu evolutivo ...”. Amigas y amigos, esta es la cuestión: los modelos económicos y las practicas derivadas han legitimado la codicia.

El objetivo es la maximización del beneficio a corto plazo. Ya saben, si un análisis coste beneficio elemental, decide que la seguridad de un vehículo es más cara que la no seguridad, deberá rechazarse la seguridad. Esta es el argumento que General Motors efectuó en una conocida defensa sobre un accidente mortal.

Hasta que no se produzca cierto regreso a la ética no habrá regreso a una ciencia útil. Los departamentos de economía critica suelen excitarse mucho cuando leen estas cosas como ya he dicho en otra ocasión. No les falta alguna razón, aunque los papeles prometiendo el final definitivo del capitalismo tampoco es que previeran lo que la economía ortodoxa no previó.

Cuando pateaba, en todos los sentidos que se les ocurra, la facultad donde me formé no solo recibí el aprecio de mis profesores y el afecto de mis compañeros, unos y otros compasivos con mis convicciones políticas. Me concedieron la oportunidad todos ellos y ellas de compartir un modo de pensar que enfatizaba los límites morales de los mercados, que aseguraba que la atención sanitaria o el mercado de trabajo no solo requerían eficiencia sino equidad; no sabíamos, claro, que se llamaba responsabilidad social de las empresas pero se subrayaba el compromiso con nuestra gente y nuestra tierra.

Podemos reprochar el abandono a los planes de estudio; podemos advertir que los modelos construidos se han alejado de la gente para aproximarse a los intereses de las corporaciones; podemos considerar que la Universidad y la investigación incentivan malas prácticas en el profesorado. Pero, al final, amigas y amigos, se trata de que entre todas las restricciones que llenan nuestros modelos ha desaparecido una: la restricción moral.

En más de una ocasión he hablado en estas páginas de esos “imbéciles especializados” que mueven dinero, inversiones, fondos y calificaciones de agencia sin el menor compromiso con el contexto. No les pido, ni a ellos y ellas, ni a sus profesores, que abracen ningún precepto ideológico radical.

Pido, exijo, por última vez, faltaría más, que se universalice el marco moral de los análisis que se efectúan, se faciliten herramientas que permitan pensamientos críticos, que se refuercen los valores normativos de la buena ciencia económica.

Pido que se construya un relato que asegure que personas éticas generan un capital social que lubrica las ruedas del comercio y la sociedad y elimina el vacío moral en el que se asienta el principio de la maximización del beneficio a corto plazo.

El artículo de Diane Coyle no incluye el factor ético pero añade un amplio abanico de cuestiones. Una de ellas, relevante por lo que es mi profesión actual, es la ausencia de habilidades de los economistas para comunicar. De ello les hablaré otro día (ofreciéndoles por poco precio, faltaría más, un cursito de comunicación para economistas, los consultores somos muy éticos pero no desaprovechamos ocasión).

Para acabar, me citaré a mi mismo: ”No pido que los economistas sean todos heterodoxos dispuestos a cambiar el mundo. Me basta con reparar la fibra moral de esta profesión porque es el único modo de superar la irredimible tristeza que producen las practicas que ya han arrasado el futuro de una generación”.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Pues me entierren con el Ipod.

Creía yo que la banca, ZP y Rajoy. a más de un montón de alemanes, habían destrozado mi herencia y resulta que olvidé añadir a lista a los de Apple. 
 
Nada, mi gozo en un pozo: todo lo que guardo en mis faltriqueras digitales no me pertenece.

Esto de internet y las nuevas tecnologías no sólo nos ha cambiado la vida sino también, como ya os avisé, la muerte. De hecho, yo os había nombrado, estimados lectores y lectoras, herederos de mi memoria y patrimonio digital, por fastidiar más que nada como os expliqué en su momento.

Lamentablemente, Apple se ha enterado y nos informa a quienes habíamos previsto este asunto que de pasaros las cancioncitas del Ipod, para vuestro disfrute, nada de nada. O sea que, desde el Cármina Burana a Bohemian Rapsody, toda mi música desaparecerá con mis huesos y los disfrutará la pálida compañera y no vosotros o vosotras, condenados a vuestras prácticas ilegales, como bien saben los del iTunes.

Para que veáis, lo de los derechos funciona al revés que las hipotecas. Una deuda bancaria deben asumirla mis hijas y nietos (potenciales, que no veo yo a las chicas animadas) pero los derechos de mis compras en iTunes acaban conmigo. Tamaño y desigual desatino puede haceros reflexionar sobre lo impropio de los derechos de propiedad.

Al parecer, la música o cualquier otra cosa que compramos en iTunes no es nuestra. No; solo nos la prestan para nuestro solaz, por módico alquiler, bajo una licencia muy específica, de esas de a pie de página que nunca leemos, lo que significa que sólo puede pertenecernos a quienes compramos y no a nuestros herederos.

Entiendo que la cosa les desanime ya que sin mi música y mis libros electrónicos, mis posesiones se reducen notablemente. Tengan en cuenta que las plumas ya se las han pedido mis hijas, con lo que mi herencia pierde notable atractivo.

Así que deberéis enterradme con mis cachivaches digitales. Cuando futuros arqueólogos remuevan los huesos de mi tumba se preguntarán por los aparatos. Imagino que en ese momento en que pretenderán conocer el carácter y vida del propietario, analizando su contenido, alarmas de iTunes, Amazon y mil etcéteras sonaran en el FBI y los arqueólogos vendrán conminados a devolver canciones y libros o a pagar una nueva licencia.

O sea, que el de la propiedad digital será el derecho que perviva mientras los patrimonios se disuelvan, los capitales se malgasten y las herencias terrenales se desvanezcan. Es como si cuando alguien descubre un códice medieval, un monje de Cluny viniera a reclamar una pelilla por las cuartetas. Ya ven, el capitalismo y sus derechos siempre encuentran un recoveco para pervivir.

Ustedes me entierren con el Ipod y si quieren mí música, yo les paso la lista y ustedes se la van descargando en esos sitios que ustedes conocen; yo no, por supuesto. Será mi venganza desde el averno.


lunes, 10 de septiembre de 2012

Qué se jodan! Manual de ética. (IV) Las mamandurrias son para los nuestros.

Ustedes han entendido mal. A la derecha no le molestan las mamandurrias; lo que le molesta es que se socialicen. Los niños y las niñas están en edad de merecer asesorías ministeriales o escaños de diputadas donde pronunciar frases célebres. No puede ser que los hijos de los obreros alcancen cotas similares.

Puede, naturalmente, la Presidenta tener un amiguete jubileta que, como viejo liberal, merezca oportuna mamandurria en forma de sinecura con dos coches oficiales. Pero faltaría más que un sindicalista alcanzara similares beneficios.

En entradas anteriores de nuestro manual de moderna moralidad hemos contado como la ética del ¡Qué se jodan! define el nuevo imperativo moral de la codicia, legitima a los ganadores y restablece el perdido paradigma de la disciplina social. Hoy hemos de ilustrarles sobre el concepto de solidaridad con los propios.

Los tiempos han cambiado y lo construido no es suficiente.  Mientras la situación era de bonanza la estrategia adecuada de la derecha para enriquecer a los propios era la transferencia de renta del sector público al privado: concesiones, regalos fiscales, privatizaciones, pillajes sombra, perdón, quise decir peajes. 

Ahora que no es que las vacas enflaquecieran sino que no hay vacas, la estrategia es la simple y directa apropiación de lo público. Entiendan: las mamandurrias, en tiempos de escasez, son para los nuestros y qué se jodan los demás.

La democracia del corrupto estado del bienestar permitió la escalada social también en política. Desarrapados sin negocios, sin prosapia familiar y, sobre todo, sin clase  accedieron no solo a puestos de relevancia social sino a puestos de responsabilidad política. Esto se tiene que acabar 

Es insostenible ha gritado Aznar y Cospedal se ha puesto a la obra. Ni diputados, ni salarios. La política han de hacerla en el casino, cuando acaban de administrar su renta, el señorito, el sacristán y el Guardia Civil, así se lo enseñaron sus abuelos y así lo aprendieron los cachorros de la derecha, hoy preocupados porque sus niños, con la cosa del mérito y de los títulos regalados en las universidades, privadísimas y que no conoce nadie, no se ganan la vida.

Se acabó cualquier camino de progreso social; terminó la época en que cualquiera accede a la función de representante público o de esas instituciones como partidos políticos o sindicatos que legitimaban la presencia y la participación social o política. Hasta ahí podíamos llegar. En realidad con un político es suficiente, decían los abuelos de este personal y a ello se han puesto.

Sinecuras, beneficios, mamandurrias son para los hijos y amigos de la lideresa; los demás confórmense con la tartera y como toquen las narices me los convierto en criminales como si fueran arquitectos.