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sábado, 26 de octubre de 2013

Albada del que va a ser suegro

                                                                                         Palabras en la boda de mi hija. 26 de Octubre de 2013

 
Las albadas de mi tierra se cantan por la mañana para animar a las gentes a comenzar la jornada. Será esta, pues, la albada del que va a ser suegro.

Mi hija me prometió, siendo adolescente, no casarse nunca, cuidar gatos y vivir en la buhardilla del padre de su amiga Paloma. Yo era un padre tranquilo. Pero un poco antes del verano, un wasap me ha venido a reclamar: “Papa, me caso”. Lejos los días en los que uno se presentaba al futuro suegro y aguantaba un par de impertinencias. Así pues, privado de la dulce venganza y sin tiempo a considerar, ven Ustedes de suegro a Juan.

En su infancia, yo recogía en la guardería a Elena y comíamos mis afamados macarrones con tomate. Entretanto, veíamos algún episodio televisivo. Uno nos gustaba especialmente: el que concluía con el conocido “me encanta que los planes salgan bien”. Pues eso: creo que su madre y yo compartimos que la niña nos salió bien.

De lo que se deducen, yerno inminente, dos cosas. La primera, que debes ser gran persona si la chica te ha elegido, ya que la niña no se equivoca nunca. Se que le haces reír, que le ayudas a ser mejor persona de lo que ya es, a ser feliz. Y te lo agradeceré infinitamente.

La segunda debes tomártela como lo que es: una amenaza. Siendo, como soy. persona comedida, si la niña sufriera, solo encargaría a un par de sicarios que te dieran una buena paliza. Pero su madre, debes saberlo, arrastrará tu cuerpo maltrecho por era recién trillada a yegua suelta, llenará tus heridas de sal y lanzará tus restos al mar más profundo y salado que encuentre. Bienvenido, pues a “la familia”.

Debéis saber que Elena y yo nacimos el mismo día. Ella a vivir su vida, yo a empezar mi primera vida profesional. Ya voy por la segunda y, como nos quitarán la jubilación, pronto tendré que aprender mi tercer “perfil de competencias”, como lo llaman ahora. Quizás por eso ha sido una excelente compañera de viaje, a mi lado en los buenos ratos y malos momentos.

Empezó muy niña, porfiando con su abuelo Gonzalo a causa de mis ideas; escuchando que el abuelo Juan le explicara porque mis ideas eran las que eran, mientras las abuelas Charo y Nati esperaban que dejaran a la niña en paz. Los dos abuelos, cada uno a su manera, te quisieron. De hecho, desde que se marchó tu abuelo Juan no hemos vuelto a saber cuando es tu santo.

Es verdad que Elena iba interpretando lo que veía a su modo. Aún se recuerda aquella mañana en una Fiesta del PCE, en que acompañados por Oscar, después de que un veterano se despidiera diciendo “salud”, Elena preguntó: “papá, por qué se despiden como Asterix”. Años después, cuando comparé al imperecedero con la aldea gala a algunos no les hizo gracia.

Así que fuimos creciendo juntos. Pudimos ser héroes, de los que luchan a todas horas, la mitad del tiempo contra los malos y la otra mitad contra los buenos. Pudimos ser magos, de esos que tienen una ocurrencia para cambiar el mundo todas las mañanas. Simplemente, decidimos ser sabios, tener ideas, dedicarnos a formar y aconsejar.

Adquirimos juntos nuestras muchas habilidades. Especialmente, la que mejor se nos da. Aunque aquí habrá que reconocer que nos ayudó Itziar: lo que mejor se nos da es hacer “shopping”, la adquisición de cosas innecesarias, para cabreo de Cuqui o de Liber. Se Ángel tu pasión por el ahorro; estás condenado al más melancólico de los fracasos.

Elena ha aprendido de mucha gente y quizá sea hoy tiempo de reconocerlo. En su infancia fue cuidada por su tía Rosario que ha permanecido toda su vida vigilante; por su tía Pilar, cuidadora de todos. También venía por casa una chica rubia, porque ni trabajaba, ni estudiaba, ni íbamos hacer carrera de ella. Solo ha llegado a Jueza, vaya tontería pudiendo ser parada como todo el mundo. Por cierto, feliz cumpleaños Concha.

Ha sido protegida siempre por Nati y Charo, sus abuelas.

Ha aprendido de los muchos consejos, casi nunca solicitados, de su tío Alberto; de las risas y bromas de sus tíos Carlos y Pilar. Ha aprendido de su tío Gonzalo que se puede ser un tipo divertido y un gran trabajador. Ha aprendido de Liber, de Cesar, de Itziar, hasta de Javi o de los primos más jóvenes.

Solo espero, querida Elena, que cuando hagas balance creas que algo debes a tu padre, que esta orgulloso de que seas como eres; y agradecido por haberme acompañado este tiempo.

Todos los padres estamos sometidos al hecho biológico de que siembre vendrá un imbécil a robarnos a nuestra hija. Esta es la condición de suegro a la que ahora nazco.

Antaño, lo padres podrían prometer a sus hijos que vivirían mejor; esa era la función de la dote. Ahora, no es posible: la dote esta destinada hoy a alicatar de oro las cuevas de Alibaba y los cuarenta banqueros,

Si puedo desearos un viaje sin monstruos. Sabes Elena que es costumbre de la tierra que nos vio nacer poner un “ramico de tomillo en el zaguán” para espantar brujas y trasgos.
 
Aquí está tu ramico, para que el camino sea largo, sean muchas las mañanas de verano y muchos los puertos nunca vistos antes. No apresuréis el viaje porque es hermoso; no busquéis riqueza sino sabiduría.
 
En mis tiempos y los de tu madre, decía la Bullonera que frente a brujas y monstruos lo mejor son “dos guitarras y un cantar”.
 
Así pues, que todas las lunas sean lunas de miel; que el fin del mundo os pille bailando… y si hay que rematar siempre estará La Canastera. 
Os condeno a ser felices.

viernes, 18 de octubre de 2013

Sin el centinela de la memoria.

Manolo Vázquez Montalbán murió, hace hoy diez años, entre las golondrinas de Bangkok, justo ahora que hace treinta años que Carvalho acudió a los mares del sur llamado por Teresa Marsé (ahora que cumple ochenta años Juan Marsé).

Hay, en mi biblioteca, una dedicatoria de Manolo en el Asesinato: “para Juan que sabe de que va”. Tenía razón porque, en realidad, de eso iba su trabajo: recordarnos que entre los cascajos de las derrotas cosechadas y las banderas rotas, vive siempre el anhelo de justicia que mueve a los que alguna vez fuimos sus conmilitones.

Hoy, hace una década que nos quedamos sin el centinela de la memoria. Tiene su lógica que los vencedores arrojen la historia a la basura. Es, igualmente, razonable que las víctimas insistan en rescatar la historia de los profesionales del olvido. En realidad, todas las pesquisas de Carvalho responden a esa inacabable tarea.

Manolo no se llamaba Manel, quizá porque los que nacen a cien metros de El Raval de la posguerra se llaman como le sale de los cojones del alma. O porque, como buen psuquero, era de la nación sin olvidarse de los suyos. Si las golondrinas de Bangkok no se lo hubieran quedado, hubiéramos entendido como el pujolismo devenido en independentismo no era precisamente un camino que recorrer frente a la resurrección de la unidad de destino en lo universal.

Con él hubiéramos entendido cómo la exuberante irracionalidad de los últimos años de la burbuja convirtió la astracanada de Roldan en el patético fin de fiesta de Bárcenas o Fabra.

Sin duda alguna, él, que pidió ser quien apagara la luz en el extenuado comunismo occidental, hubiera encontrado la manera de hacernos saber como ser de izquierdas en estos días de irredimible tristeza.

Ahora que algunos concejales rojos arremeten contra sus alcaldes por aquello de ser como los políticos bailarines de los que habló Kundera, “que no desean una organización social sino ocupar el escenario". Ahora que una parte de la izquierda verdadera se obstina en negar los derechos conquistados tras la dictadura. Ahora que el populismo vence a una progresía incapaz de defender la política. Ahora, justo ahora, nos vendría bien una frase de aquellas de Carvalho que desnudaban a todos y todas los bailarines

Aunque quizá si lo hizo cuando en la cita que abre Milenio, el último viaje de Carvalho, se lee a Flaubert afirmar: “Y al tener más ideas sufrieron más”.

Sufran, pero tengan ideas y dejen las ocurrencias para los bailarines que aspiran al TDT en lugar de salir en la 1. El centinela lo hubiera hecho.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Populismo o memoria

Un tipo habitualmente razonable puede, en estos días confusos, tener un momento populista, faltaría más. Eso le ha debido pasar a @FjavierLopezM esta mañana cuando nos ha deseado buenos días con la foto combativa de un lema: “Tu y yo aprendimos a leer gracias a un maestro no gracias a un Diputado”.

Lo que tienen los lemas creativos, incluso si suenan reaccionarios, es que son buenos. Tiene razón @FjavierlopezM: yo no aprendí a leer gracias a un Diputado porque, cuando yo aprendí a leer, no había diputados.

Como no me cabe la menor duda que el desafortunado caballero no quiere el regreso de aquellos a los que ha combatido y combate cada minuto, solo puedo recordar la mala suerte que suele acompañar al escritor de textos cortos. Lo tiene escrito Mark Twain: si vas rápido, escribe largo para que se te entienda bien.

El combativo y populista lema me ha recordado a los diputados de la República, de la izquierda y de buena parte de la derecha, que asumieron como reto la alfabetización del país.

Me ha recordado, porque a esos si los conocí, a los concejales del 79 que asumieron, de forma impropia como los de UPyD dicen, la tarea de convertir las ciudades en educadoras.

Me ha recordado a los diputados y diputadas de las primeras legislaturas que asumieron que el cambio de España era un cambio educativo.

Podría yo haber escrito que aprendí a leer con un maestro y no con un sindicalista. Pero hubiera sido falso: vengo de un tiempo donde un sindicalista (clandestino y con años de cárcel, eso si) me enseñó a leer el mundo. Quizá por eso no suelo solicitar que supriman subvenciones o demás apoyos a los sindicatos.

Los portavoces oficiales de la izquierda mediática se apuntaron antes de ayer al populismo antipolítico. El mundo sextero dedicó horas a recordar que, fíjese usted que escándalo, aumentaban las subvenciones a los partidos políticos. Naturalmente se olvidaron de decir que hay elecciones. Quizá porque al arbitrismo ilustrado también le sobran las elecciones.

Y las elecciones, señoras y señores que me leen, cuestan pasta. Quizá prefieran que volvamos a aquellos días donde solo hacían política los ricos, donde no se pagaba a los presidentes de mesa o secretarios, para que el pucherazo fuera más fácil.

Pero, donde va a parar: lo bien que queda meterse con los diputados. No dejemos que la memoria nos estropee un lema creativo. Lo cierto es que cuando no hay diputados tampoco suele haber maestros pero esa es una idea demasiado larga para estos tiempos.

No cabe en un twitter populista: muerte a los diputados, pero escrito sin falta de ortografía gracias a los maestros. Yo no les aocnsejaré que sus hijos aprendan a leer como yo: sin diputados.