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sábado, 18 de febrero de 2017

Ellos son imbéciles pero el dinero era nuestro



MAFO imputado. Se veía venir; cuando alguien convierte su nombre en una marca, se expone a la vanidad y la exuberancia de opiniones que, tarde o temprano pasan factura. Arrastra con él a la cúpula del Banco de España y ahonda la crisis en la que lo dejó. No es pequeña noticia: Rato ríe; Iberdorla , OHL y Meliá se carcajean. Y los demás vemos el estrépito con que cae el muro que protegió a reguladores y economistas de la élite bancaria.

Escribo de memoria, pero creo que fue por los noventa cuando Galbraith escribió un libro donde acababa diciendo que “todos los imbéciles son separados, tarde o temprano, de su dinero”. Lo que el bueno de Kenneth no dejó escrito es que el dinero era nuestro.

Las entidades financieras se fueron de burbujas y se dedicaron a pasar nuestros ahorros a la especulación. Nada que Ustedes no sepan.  No fue suficiente con arrebatarnos un tercio de nuestra riqueza o desahuciar a cientos de miles de clientes, el sector financiero español nos ha obligado a
financiar un costoso rescate.

Un esfuerzo que, en su mayor parte, no se ha trasmitido a al economía real: la financiación a los hogares era a finales de 2016 inferior a la que era en 2013. A cambio, ni la capitalización, ni la solvencia, ni la rentabilidad bancaria han mejorado, en un tiempo en el que el dinero no vale nada.

Y la cosa es que seguimos sin saber por qué. No solo la investigación parlamentaria es insoslayable sino que el cambio ético en las prácticas bancarias es ineludible.

Cierto populismo judicial, cabe aceptar el reproche, nos ha traído algo que ya sabíamos: la responsabilidad de los supervisores. Lo irracional de las estrategias de Ordoñez, Salgado y Zapatero, que nos llevaron a un rescate aún no bien conocido y permitieron prácticas corruptas dirigidas por Rato.

No es tan importante la solvencia de los “indicios criminales” – que a ratos suenan a chisme- como la necesidad de someter a escrutinio prácticas supervisoras que nunca fueron transparentes.

Un muro ha protegido a los supervisores y los economistas de élite que gestionaron la crisis. Todo el equipo que dirigió, con una opinión u otra, el desastre de Bankia permanecían en su responsabilidad en el Banco de España.

Mientras, los exreguladores predicaban la bondad de sus decisiones y, como consecuencia, la responsabilidad del nivel político, a decir de Ordoñez, una parte de las “herramientas obsoletas” con las que el pobre debió trabajar.

El papelón de los economistas de élite del Banco recogiendo estos días firmas de apoyo, un afán corporativo de defensa digno de mejor causa, no es sino muestra de resistencia a reconocer que supervisores y economistas de élite fracasaron y son responsables del deterioro de la cosa pública. 

Una responsabilidad que en otras partes del mundo se ha reconocido, ha impulsado cambios en los programas de estudio, en los métodos selectivos y en la organización de los sistemas de supervisión.

Aquí, unos meses antes de la crisis, el Gobernador del Banco de España – Miguel Angel Fernández Ordoñez antes de ser conocido como MAFO- afirmaba que el español era el sector financiero mejor regulado de Europa, en coherencia con la “Champion League” de la economía en la que vivían Salgado y Zapatero.

El actual gobernador del Banco de España, consciente de lo que se le venía encima, en un artículo aparentemente exculpatorio,  aceptaba algún error. Pero, en previsión de que ocurriera lo que ha ocurrido, insistía mucho en que se distinguiera entre “insuficiencias y actuaciones susceptibles de reproche legal”.

Por mucho que los intereses corporativos insistan, la investigación de su responsabilidad expondrá sus miserias a nuestros ojos. Entonces, podremos decir: “ellos son imbéciles, pero el dinero era nuestro”

domingo, 29 de enero de 2017

La falacia de la Virgen de la Cueva


Rajoy es persona reflexiva y, como se sabe, cuidadosa del modo científico de análisis, según el primo que tenga más a mano.

Es bastante probable que ante la escalada de precios de la energía le haya dirigido, según las normas de la lógica básica, la pregunta adecuada al correspondiente primo que ha canturreado: “que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva” y, sin más, el prócer se ha ido a la radio a anunciar la buena nueva: la luz bajará con la lluvia.

He aquí donde concluyen siglos del proceso tecnológico de los seres humanos y décadas regulando los mercados: en una procesión rogativa, pidiéndole a la Virgen de la Cueva un poco de agua en los pantanos.

A Ustedes igual les hace gracia, pero ya verán cuando les llegue una facturita en que por mismo servicio que el pasado año, 58 euros de factura media en 2016, paguemos un veinte por ciento más, cerca de 70.

La sugerencia implícita en la rogativa del Presidente, es que el agua permite la tecnología más barata y eso permitirá bajar el precio. Pero la cosa, la cosa de verdad seria que el Presidente oculta, es que la lluvia no arreglará el desastre. A corto plazo, la luz bajará si baja la demanda; y a medio solo si aumentan las renovables (incluida el agua, naturalmente). El nuevo tinglado que dejó organizado el expresidente Soria tiene dos características: es marginal y permite no usar el agua.

Es lo que tiene la economía: los términos no suelen significar lo mismo que en la vida. Así que marginal no significa lo que Usted está pensando sino que es la última unidad la determinante. Es decir, si la última unidad que se usa para satisfacer la demanda es de gas o carbón, toda la energía se paga al precio de gas y carbón. Un incentivo para usar las tecnologías caras 

En estos días de record diarios no toda la energía que se ha usado es gas. De hecho, mientras el día 20, se usaba un 14% de energía hidroeléctrica, el precio máximo estaba a 95 euros. Hoy, con el precio máximo tres euros más baratos, se usa menos energía hidroeléctrica, tan solo el 12%. Es decir, no existe la directísima relación que Rajoy establece entre lluvia y precio

Lo que si significa  - y la Virgen de la Cueva no debe saber, no cabe felonía entre las divinidades- es que una energía hidroeléctrica tiene un coste cerca de diez veces por debajo de la más cara. Es decir que, cobrado al precio de la energía más cara, las compañías están obteniendo un margen obsceno.

A pesar de que el temporal ha dejado nieve de sobra para abastecer a las centrales hidroeléctricas  y el viento ha soplado a favor de la eólica, los precios no han dejado de subir. Las reglas de juego del agua, implican su almacenamiento y permite a las empresas ofertar al coste de oportunidad. Es decir, al precio de otras tecnología menos eficientes.

"Lo que ha revelado la crisis de los precios de la electricidad no es otra cosa que la debilidad reguladora y la pasividad ante los mercados más oligopólicos. Mientras danzamos pidiendo lluvia, los oligopolios ríen.

No es la lluvia; es el mercado. Puede Rajoy encabezar procesiones al modo castellano o encabezar cualquier danza de la lluvia de las que se bailan en medio mundo; entretanto el oligopolio eléctrico reirá, viendo el espectáculo.

Los operadores fundamentales del mercado, las grandes compañías, ganaban cuando amañaban las subastas y ganan cuando aparentemente es imposible hacerlo con mercados horarios.

La invocación de la lluvia cuando se preside un Gobierno produce un grosero pecado de ignorancia: la de las necesidades sociales asociadas al coste de la energía. Un grado de empatía parece exigible.

Pero no; lo nuestro es la Virgen de la Cueva, que llueva, que llueva.

sábado, 21 de enero de 2017

Trump y la lengua populista

Un nuevo lenguaje recorre el mundo. Todas las viejas jergas infames, incluida la suya y la mía, se han unido para acosar a Trump y todas las nuevas políticas O eso dicen los populistas, expertos en buscar enemigos.

Si Usted cree que Trump comunica como un “gritón de taberna”, probablemente tiene razón. Pero ni es el único ni debemos dejarlo ahí. 

Siempre atento al servicio público, este columnista viene a descifrar la técnica populista del lenguaje de Trump, para que engañarse, muy compartida. No digan luego que no tuvieron advertencia.

Cuídense, de entrada, de la "luz de gas". Esta es una maniobra clave en la metodología populista. El objetivo es presentar información falsa o medias verdades, para hacernos dudar de nuestra propia memoria. Puede tratarse de declarar que la Unión Europea se “planeó para destruir el comercio” o de una versión de la transición protagonizada por una “izquierda domesticada”. No es ignorancia histórica, es un truco.

La mentira tiene que ser intimidatoria, contener una amenaza que sea entendida no tanto por quien la recibe sino por quienes osen emprender caminos similares. Se puede calificar como un “noticias falsas" a quien interroga o desacreditar a una periodista por su abrigo de piel. Puede sugerirse que las redes, poseedoras de la verdad ciudadana, freirán con un “así no” o un “no way”  a cualquier opositor.

Porque no nos engañemos, en el manual populista, la brutal intimidación se acompaña de la desacreditación. El truco es simple: destruir la credibilidad de cualquier persona o cualquier cosa que no se ajuste a las propuestas fetén. Se pone en duda las elecciones legítimas, la información estadística, las reglas en las que la democracia se sostiene.

La sobreactuación y el espectáculo  son el contenedor más conveniente para la mentira, la llamada posverdad, y la intimidación. Ya se sabe que quien pone el escenario es el dueño del espectáculo. Los líderes populistas, al igual que Trump, siempre se rodean de amiguetes que apoyen sus afirmaciones, aunque los amiguetes digan cosa distinta y nunca se pueda acceder a las bases de su argumentación.

En la última conferencia de prensa de Trump, una pila de carpetas representaban “documentos" en los que había firmado el control de su compañía con sus hijos. Sus ayudantes, sin embargo, se negaron a permitir que nadie viera los documentos. Del mismo modo, las modernas presencias corales de colegas al lado del líder avalan planes de los que, luego, se desdicen. Pero la imagen será la foto coral como sustitución del argumentario.

Pero si vacío es el espectáculo, más lo son las palabras a usar. Adjetivos, muchos adjetivos, y pocos sustantivos; adjetivos inflados, gramática confusa y cláusulas de digresión. Las palabras populistas no deben decir nada sino que deben interpretarse, así podrá decirse lo contrario si es necesario.

Los portavoces populistas, con Trump como modelo más relevante, desprecian la producción de noticias y adoran el ruido, platós televisivos, las redes o blogs. Las redacciones carecen de personal y recursos para investigar y documentar los argumentarios,  que nunca se sostienen en cifras oficiales y, también, de fuerza para influir. 

Un diputado español puede hablar de “millones” de emigrantes sin que casi nadie lo contradiga con cifras. 

No se trata de un grito tabernario, insisto, sino de una técnica cuya eficacia depende de coincidir, básicamente, con creencias o prejuicios existentes, fundamentalmente de clase media. No importa que se sostengan en la verdad.  

Soberbios y gritones, si. Pero, también, maestros de manipulación y el doble lenguaje con 
un triple objetivo: dominar los medios de comunicación, ganar debates políticos e intimidar al enemigo, o sea a casi todo el mundo.



domingo, 15 de enero de 2017

El tiempo del tuit fatua

No nos engañemos, no hay diferencia entre el “así no”, con el que en Navidad castigaron a Errejón, y el “no way”, que el 5 de Enero espetó Trump a Toyota. Y no me refiero a la estructura lingüística.
Pueden Ustedes decirme que el primero parece una pelea de chavales malcriados y que el segundo hace bajar la bolsa. Pero, créanme, es una diferencia de tamaño, no de filosofía. Ambos tuit responden a lo que se considera, hoy por hoy, la esencia de la nueva política. 
El tuit esencial debe ser conminatorio y no tiene porque responder a la verdad, en estas fechas muy sobrevalorada. El “así no” castigaba a Errejón cuando, en realidad, él era el castigado por la purga de un afín; ciertamente, Toyota no pensaba construir una planta nueva en Mexico, ya la tiene.
La mentira funciona porque los agentes de los nuevo desprecian el dato y la verdad. para construir un relato que sintonice con la ira de quien le sigue. En realidad, este relato, al que llaman "posverdad", es la mentira que interesa a la ciudadanía gorrona. Buscar un enemigo, creer que todos y todas estamos contra ese enemigo y buscar vehículos de clientelismo es la clave del asunto.
Un buen tuit de la nueva política debe ser convenientemente amenazador, no tanto por quien lo recibe, sino por evitar que alguien se atreva a seguir la misma senda. El tuit debe sembrar miedo y animar el conflicto, ya se sabe que “el cielo no se asalta por consenso”, y que conviene hacer saber quien manda.
Y, finalmente, el tuit que arrumbará la vieja política debe dejar claro que entre el jefe y el pueblo no hay estructura alguna de mediación, sea institucional, administrativa o de partido. Esas estructuras son recovecos de engaño, matizaciones y concertaciones a espaldas del pueblo, como es sabido. La función de los que rodean al líder es trabajar, administrar y opinar poco.
El tuit de la muchachada de Podemos y el de Trump responden a lo mismo: son una muestra fatua en el doble sentido del término. Una expresión de presunción y vanidad y un edicto de obligado cumplimiento para el personal.
El tuit fatua es la herramienta de gobierno del liderazgo populista. De hecho, los líderes ya no se reúnen con el partido sino con los activistas en las redes que, todo el día en la máquina, difícilmente mantendrán contacto político alguno y no podrán contaminarse de reflexiones ajenas.
El tuit fatua impide que los distintos equipos, responsables, ministros, piensen por su cuenta, peligrosa cultura que siempre pone en peligro la autoridad del liderazgo. Ya se sabe que el pensamiento autónomo acaba produciendo convicciones.
Una herramienta de conversación se convierte en una afrenta a la democracia cuando su objetivo deja de ser la conversación.El grito de “así no”, el “no way”, no es una conversación: es una orden. Si esta es una orden de gobierno, sea de partido o de país, vulnera cualquier norma de respeto a las reglas, sean constitucionales, estatutarias o de derecho.

Cuando un tuit fatua persigue castigar en la bolsa a una empresa o sector económico, fuera de las normas de mercado, el político prevarica. Cuando un tuit fatua condena a una parte de la afiliación de un partido a ser castigado por las bases, el político prevarica. En ambos casos la democracia se ignora.

La reflexión del tuit suele ir acompañada por ejemplos de cultura fatua. Cuando un egomaníaco de estos habla con un tronco, por un poner, Usted ve madera, él ve a Dios.

lunes, 2 de enero de 2017

El año de ira, la posverdad y políticos bailarines.

Los efectos de la crisis financiera, de la crisis del euro o de la austeridad más letal no son comparables a lo que ocurrió en la Gran Depresión; tampoco 2016 ha sido el año más dramático; sin embargo, ha sido cuando casi todo ha estallado.

Puede reputarse como insuficiente la red de protección social europea, puede denunciarse el insaciable relato de codicia que los más poderosos han impreso a su comportamiento, pero el mundo ha vivido peores días. Esa tranquilidad teórica ha sido el gran fracaso de las élites en 2016.

Los conflictos entre economía globalizada y cohesión social no son una invención. Se ha abierto una brecha entre quienes pueden aprovechar la situación y los excluidos. Esta división ha abierto en este año dos fracturas: la nacional, religiosa (Trump, Brexit, Le Pen, nacionalistas) y la de las clases sociales (Sanders, Corbin, Iglesias)

Si no llegas a final de mes, culpa a los chinos. Si te molesta el crimen, serán los mexicanos los culpables. Si hay terrorismo, mira a los musulmanes. Un gran relato que da voz a la ira.

La historia sugiere que la ira tardó en llegar a la política española reciente. Probablemente, el tiempo que tardo la crisis en fumigar a los trabajadores y trabajadoras más precarios y afectar a los vástagos de la clase media. Entonces, con tres años de retraso, llegó la indignación que sustituyó al cabreo de la vieja cLa historia sugiere que la ira tardó en llegar a la política española reciente. Probablemente, el tiempo que tardo la crisis en fumigar a los trabajadores y trabajadoras más precarios y afectar a los vástagos de la clase media. 

Entonces, con tres años de retraso, llegó la indignación que sustituyó al cabreo de la vieja clase obrera, de la que todo el mundo renegó.

La posverdad es un invento americano, para describir como una buena parte de la ciudadanía percibe la realidad de forma distinta a lo que indican las cifras y los datos reales. Es decir, define a una ciudadanía que compra las mentiras construidas por los relatos políticos de ira construidos a lo largo del año.

En realidad, la posverdad es la mentira que interesa a la ciudadanía gorrona. Buscar un enemigo, creer que todos y todas estamos contra ese enemigo y buscar vehículos de clientelismo es la esencia de la posverdad.

De una forma u otra, el 2016 ha construido una posverdad “antiglobalización”: los refugiados como fuente de toda maldad; el terrorismo alentado por la permisividad cultural; las migraciones que arrasan empleos, el libre comercio que, ahora, parece beneficiar a países atrasados, la terrorífica presencia del euro, la amenaza china, el nuevo expansionismo ruso.

Estrategias de discurso que casi nunca se justifican con datos pero que prometen, a quien compre la nueva verdad, obtener ventajas que la historia parece haber suprimido injustamente.

Los trabajadores blancos de los viejos sectores económicos, los hijos e hijas formados de los ricos, los conocedores de las viejas tecnologías en desuso, las zonas urbanas en declive han sido más determinantes en este año que la real evolución de la economía. La rebelión de los llamados trabajadores pobres ha sido más importante que las acciones de los verdaderos excluidos y excluidas del mercado de trabajo.

Una año de campaña electoral en España nos ha ofrecido nuestra castiza ración de posverdad. El desprecio a la Constitución del 78, en lo institucional, el llamado “procés” (el independentismo catalán) en lo territorial y los efectos de la austeridad en lo social han impugnado, desde distintas orillas políticas y con la misma falta de rigor, el precario modelo de bienestar español.

Fue en 2005, antes de todo, cuando Kundera en “La Lentitud” definió al político bailarín. "El bailarín se distingue del político corriente en que no desea el poder, sino la gloria; no desea imponer al mundo una u otra organización social (eso no le quita el sueño en absoluto), sino ocupar el escenario desde donde poder irradiar su yo"

Si un bailarín tiene la posibilidad de entrar en el juego político, rechazará ostensiblemente toda negociación y convocará a los demás por su nombre a que le sigan en su acción; no discretamente (para dejarle al otro el tiempo de pensarlo) , sino públicamente.

Si están pensando Ustedes que Trump, Beppe Grillo, Iglesias o Boris Jhonson cumplen perfectamente el papel de político bailarín es que han llegado a la esencia del año que se marcha.

Deterioradas por el insoportable alargamiento de la crisis, la lacerante austeridad y la mencionada ira de la clase media, las instituciones democráticas han sufrido una erosión de su base social sin precedentes. La institución más afectada, sin duda, es la del partido político.

Los nuevos políticos han prescindido de sus formaciones, incluso gestionado en contra de sus partidos (Trump o Boris Jhonson, por ejemplo). Han evadido,  mientras han podido, el control de sus órganos de dirección (Pedro Sánchez o Pablo Iglesias), han creado formaciones tradicionales a las que llaman “movimientos” (Beppe Grillo o Errejón). Las distintas extremas derechas europeas, desde Francia a Hungría, no dudan en reclamarse como movimientos populares antes que partidos.


Concluye un año de ira, posverdad y políticos bailarines. Bien ido sea.

lunes, 24 de octubre de 2016

Sobre pieles de oso, mareas de sandeces y la batalla por el relato

“Régimen del 78 o democracia” dicen Las Mareas, en voz de portavocía cualificada cuyo nombre ni conozco ni me importa, despreciando a quienes dieron vida y libertad por una Constitución que permitió, a golpe de impuestos y subvenciones, dar formación, escaño y partidos a quienes se sientan en los escaños de Las Mareas.

Naturalmente, si fueran coherentes habrían de renunciar a colaborar, como hicieron los veteranos luchadores y luchadoras, con tan dictatorial régimen y renunciar a sus escaños y arrostrar sacrificio. Pero de lo que se trata para Podemos y sus respectivas marcas es de ganar la batalla del relato.

Porque esto fue lo que los expertos de la Sexta recomendaron a Podemos y estos, muy atentos siempre a las secretarías de prensa, se han puesto a la tarea. Dos relatos deben ganarse de forma inmediata: lo de justificar la presión sobre el Congreso en la investidura y lo de denunciar la gran coalición.

Para que no se confunda a sus tropas con Pavía o Tejero, debe justificarse lo de rodear el Congreso en sesión de investidura, cosa ignota en democracia. Y solo hay un camino: la sandez señalada con notable cinismo por la cualificada portavocía de Las Mareas sobre el “régimen”.

Lo de la gran coalición es solo uno de los elementos del relato, que será seguido por otros igual de rigurosos, junto a la moda de despreciar el voto de la ciudadanía en Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, vinculando su gobierno al del estado. Comedia a la que, sorprendentemente, se suma Llamazares desmintiendo todo su discurso desde hace un año y medio.

La cosa consiste, al parecer, no en ofrecer alternativas distintas a las nuevas elecciones sino en repartirse la piel del aparentemente suicidado Partido Socialista. No recuerdo muy bien si el PSOE se suicidó cuando nos metió en la OTAN, cuando el hermano de Guerra metió la mano en la caja, cuando Boyer y Solchaga desindustrializaron el país o, quizá, cuando, sin que Pedro Sánchez reclamara voto de conciencia, se reformó la Constitución por la vía de la nocturnidad.

Lo sorprendente, me parece, no es que el PSOE decida ser de centro izquierda, como siempre lo fue; razón por la que muchos de quienes salieron de la izquierda de verdad verdadera no fueron allí. Cierto, una parte de sus electores están cabreados, muchos de ellos y ellas procedentes del viejo voto de IU. Pero no es menos cierto, si se leen todas las encuestas y no solo las que interesan al relato de cada cual, que se coloca – recuperando simpatía- en disposición de capturar votante de Ciudadanos y hasta del PP-

Lo sorprendente es que el PSOE se hubiera lanzado al extremo del espectro político. Los socialistas se han enredado, a golpe de crisis política e ideológica de la socialdemocracia, en un lío descomunal del que solo saldrán siendo útiles a la ciudadanía.

También el PSOE debe ganar la batalla del relato. Es cierto que, a diferencia de la marea de sandeces que se nos vienen encima, el PSOE deberá exprimir su talento político – si es que queda- en una política parlamentaria que vaya más allá del “no es no”, lema de notable fantasía creativa, que solo les ha llevado al desastre, si es que quiere ser instrumento de la izquierda española.

Si no, otros espacios se fortalecerán y no serán las mareas de intolerancia que creen ser tsunami.