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domingo, 15 de enero de 2017

El tiempo del tuit fatua

No nos engañemos, no hay diferencia entre el “así no”, con el que en Navidad castigaron a Errejón, y el “no way”, que el 5 de Enero espetó Trump a Toyota. Y no me refiero a la estructura lingüística.
Pueden Ustedes decirme que el primero parece una pelea de chavales malcriados y que el segundo hace bajar la bolsa. Pero, créanme, es una diferencia de tamaño, no de filosofía. Ambos tuit responden a lo que se considera, hoy por hoy, la esencia de la nueva política. 
El tuit esencial debe ser conminatorio y no tiene porque responder a la verdad, en estas fechas muy sobrevalorada. El “así no” castigaba a Errejón cuando, en realidad, él era el castigado por la purga de un afín; ciertamente, Toyota no pensaba construir una planta nueva en Mexico, ya la tiene.
La mentira funciona porque los agentes de los nuevo desprecian el dato y la verdad. para construir un relato que sintonice con la ira de quien le sigue. En realidad, este relato, al que llaman "posverdad", es la mentira que interesa a la ciudadanía gorrona. Buscar un enemigo, creer que todos y todas estamos contra ese enemigo y buscar vehículos de clientelismo es la clave del asunto.
Un buen tuit de la nueva política debe ser convenientemente amenazador, no tanto por quien lo recibe, sino por evitar que alguien se atreva a seguir la misma senda. El tuit debe sembrar miedo y animar el conflicto, ya se sabe que “el cielo no se asalta por consenso”, y que conviene hacer saber quien manda.
Y, finalmente, el tuit que arrumbará la vieja política debe dejar claro que entre el jefe y el pueblo no hay estructura alguna de mediación, sea institucional, administrativa o de partido. Esas estructuras son recovecos de engaño, matizaciones y concertaciones a espaldas del pueblo, como es sabido. La función de los que rodean al líder es trabajar, administrar y opinar poco.
El tuit de la muchachada de Podemos y el de Trump responden a lo mismo: son una muestra fatua en el doble sentido del término. Una expresión de presunción y vanidad y un edicto de obligado cumplimiento para el personal.
El tuit fatua es la herramienta de gobierno del liderazgo populista. De hecho, los líderes ya no se reúnen con el partido sino con los activistas en las redes que, todo el día en la máquina, difícilmente mantendrán contacto político alguno y no podrán contaminarse de reflexiones ajenas.
El tuit fatua impide que los distintos equipos, responsables, ministros, piensen por su cuenta, peligrosa cultura que siempre pone en peligro la autoridad del liderazgo. Ya se sabe que el pensamiento autónomo acaba produciendo convicciones.
Una herramienta de conversación se convierte en una afrenta a la democracia cuando su objetivo deja de ser la conversación.El grito de “así no”, el “no way”, no es una conversación: es una orden. Si esta es una orden de gobierno, sea de partido o de país, vulnera cualquier norma de respeto a las reglas, sean constitucionales, estatutarias o de derecho.

Cuando un tuit fatua persigue castigar en la bolsa a una empresa o sector económico, fuera de las normas de mercado, el político prevarica. Cuando un tuit fatua condena a una parte de la afiliación de un partido a ser castigado por las bases, el político prevarica. En ambos casos la democracia se ignora.

La reflexión del tuit suele ir acompañada por ejemplos de cultura fatua. Cuando un egomaníaco de estos habla con un tronco, por un poner, Usted ve madera, él ve a Dios.

lunes, 2 de enero de 2017

El año de ira, la posverdad y políticos bailarines.

Los efectos de la crisis financiera, de la crisis del euro o de la austeridad más letal no son comparables a lo que ocurrió en la Gran Depresión; tampoco 2016 ha sido el año más dramático; sin embargo, ha sido cuando casi todo ha estallado.

Puede reputarse como insuficiente la red de protección social europea, puede denunciarse el insaciable relato de codicia que los más poderosos han impreso a su comportamiento, pero el mundo ha vivido peores días. Esa tranquilidad teórica ha sido el gran fracaso de las élites en 2016.

Los conflictos entre economía globalizada y cohesión social no son una invención. Se ha abierto una brecha entre quienes pueden aprovechar la situación y los excluidos. Esta división ha abierto en este año dos fracturas: la nacional, religiosa (Trump, Brexit, Le Pen, nacionalistas) y la de las clases sociales (Sanders, Corbin, Iglesias)

Si no llegas a final de mes, culpa a los chinos. Si te molesta el crimen, serán los mexicanos los culpables. Si hay terrorismo, mira a los musulmanes. Un gran relato que da voz a la ira.

La historia sugiere que la ira tardó en llegar a la política española reciente. Probablemente, el tiempo que tardo la crisis en fumigar a los trabajadores y trabajadoras más precarios y afectar a los vástagos de la clase media. Entonces, con tres años de retraso, llegó la indignación que sustituyó al cabreo de la vieja cLa historia sugiere que la ira tardó en llegar a la política española reciente. Probablemente, el tiempo que tardo la crisis en fumigar a los trabajadores y trabajadoras más precarios y afectar a los vástagos de la clase media. 

Entonces, con tres años de retraso, llegó la indignación que sustituyó al cabreo de la vieja clase obrera, de la que todo el mundo renegó.

La posverdad es un invento americano, para describir como una buena parte de la ciudadanía percibe la realidad de forma distinta a lo que indican las cifras y los datos reales. Es decir, define a una ciudadanía que compra las mentiras construidas por los relatos políticos de ira construidos a lo largo del año.

En realidad, la posverdad es la mentira que interesa a la ciudadanía gorrona. Buscar un enemigo, creer que todos y todas estamos contra ese enemigo y buscar vehículos de clientelismo es la esencia de la posverdad.

De una forma u otra, el 2016 ha construido una posverdad “antiglobalización”: los refugiados como fuente de toda maldad; el terrorismo alentado por la permisividad cultural; las migraciones que arrasan empleos, el libre comercio que, ahora, parece beneficiar a países atrasados, la terrorífica presencia del euro, la amenaza china, el nuevo expansionismo ruso.

Estrategias de discurso que casi nunca se justifican con datos pero que prometen, a quien compre la nueva verdad, obtener ventajas que la historia parece haber suprimido injustamente.

Los trabajadores blancos de los viejos sectores económicos, los hijos e hijas formados de los ricos, los conocedores de las viejas tecnologías en desuso, las zonas urbanas en declive han sido más determinantes en este año que la real evolución de la economía. La rebelión de los llamados trabajadores pobres ha sido más importante que las acciones de los verdaderos excluidos y excluidas del mercado de trabajo.

Una año de campaña electoral en España nos ha ofrecido nuestra castiza ración de posverdad. El desprecio a la Constitución del 78, en lo institucional, el llamado “procés” (el independentismo catalán) en lo territorial y los efectos de la austeridad en lo social han impugnado, desde distintas orillas políticas y con la misma falta de rigor, el precario modelo de bienestar español.

Fue en 2005, antes de todo, cuando Kundera en “La Lentitud” definió al político bailarín. "El bailarín se distingue del político corriente en que no desea el poder, sino la gloria; no desea imponer al mundo una u otra organización social (eso no le quita el sueño en absoluto), sino ocupar el escenario desde donde poder irradiar su yo"

Si un bailarín tiene la posibilidad de entrar en el juego político, rechazará ostensiblemente toda negociación y convocará a los demás por su nombre a que le sigan en su acción; no discretamente (para dejarle al otro el tiempo de pensarlo) , sino públicamente.

Si están pensando Ustedes que Trump, Beppe Grillo, Iglesias o Boris Jhonson cumplen perfectamente el papel de político bailarín es que han llegado a la esencia del año que se marcha.

Deterioradas por el insoportable alargamiento de la crisis, la lacerante austeridad y la mencionada ira de la clase media, las instituciones democráticas han sufrido una erosión de su base social sin precedentes. La institución más afectada, sin duda, es la del partido político.

Los nuevos políticos han prescindido de sus formaciones, incluso gestionado en contra de sus partidos (Trump o Boris Jhonson, por ejemplo). Han evadido,  mientras han podido, el control de sus órganos de dirección (Pedro Sánchez o Pablo Iglesias), han creado formaciones tradicionales a las que llaman “movimientos” (Beppe Grillo o Errejón). Las distintas extremas derechas europeas, desde Francia a Hungría, no dudan en reclamarse como movimientos populares antes que partidos.


Concluye un año de ira, posverdad y políticos bailarines. Bien ido sea.

lunes, 24 de octubre de 2016

Sobre pieles de oso, mareas de sandeces y la batalla por el relato

“Régimen del 78 o democracia” dicen Las Mareas, en voz de portavocía cualificada cuyo nombre ni conozco ni me importa, despreciando a quienes dieron vida y libertad por una Constitución que permitió, a golpe de impuestos y subvenciones, dar formación, escaño y partidos a quienes se sientan en los escaños de Las Mareas.

Naturalmente, si fueran coherentes habrían de renunciar a colaborar, como hicieron los veteranos luchadores y luchadoras, con tan dictatorial régimen y renunciar a sus escaños y arrostrar sacrificio. Pero de lo que se trata para Podemos y sus respectivas marcas es de ganar la batalla del relato.

Porque esto fue lo que los expertos de la Sexta recomendaron a Podemos y estos, muy atentos siempre a las secretarías de prensa, se han puesto a la tarea. Dos relatos deben ganarse de forma inmediata: lo de justificar la presión sobre el Congreso en la investidura y lo de denunciar la gran coalición.

Para que no se confunda a sus tropas con Pavía o Tejero, debe justificarse lo de rodear el Congreso en sesión de investidura, cosa ignota en democracia. Y solo hay un camino: la sandez señalada con notable cinismo por la cualificada portavocía de Las Mareas sobre el “régimen”.

Lo de la gran coalición es solo uno de los elementos del relato, que será seguido por otros igual de rigurosos, junto a la moda de despreciar el voto de la ciudadanía en Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, vinculando su gobierno al del estado. Comedia a la que, sorprendentemente, se suma Llamazares desmintiendo todo su discurso desde hace un año y medio.

La cosa consiste, al parecer, no en ofrecer alternativas distintas a las nuevas elecciones sino en repartirse la piel del aparentemente suicidado Partido Socialista. No recuerdo muy bien si el PSOE se suicidó cuando nos metió en la OTAN, cuando el hermano de Guerra metió la mano en la caja, cuando Boyer y Solchaga desindustrializaron el país o, quizá, cuando, sin que Pedro Sánchez reclamara voto de conciencia, se reformó la Constitución por la vía de la nocturnidad.

Lo sorprendente, me parece, no es que el PSOE decida ser de centro izquierda, como siempre lo fue; razón por la que muchos de quienes salieron de la izquierda de verdad verdadera no fueron allí. Cierto, una parte de sus electores están cabreados, muchos de ellos y ellas procedentes del viejo voto de IU. Pero no es menos cierto, si se leen todas las encuestas y no solo las que interesan al relato de cada cual, que se coloca – recuperando simpatía- en disposición de capturar votante de Ciudadanos y hasta del PP-

Lo sorprendente es que el PSOE se hubiera lanzado al extremo del espectro político. Los socialistas se han enredado, a golpe de crisis política e ideológica de la socialdemocracia, en un lío descomunal del que solo saldrán siendo útiles a la ciudadanía.

También el PSOE debe ganar la batalla del relato. Es cierto que, a diferencia de la marea de sandeces que se nos vienen encima, el PSOE deberá exprimir su talento político – si es que queda- en una política parlamentaria que vaya más allá del “no es no”, lema de notable fantasía creativa, que solo les ha llevado al desastre, si es que quiere ser instrumento de la izquierda española.

Si no, otros espacios se fortalecerán y no serán las mareas de intolerancia que creen ser tsunami.

jueves, 20 de octubre de 2016

Cuando la ira se convierte en matonismo

La historia sugiere que la ira tardó en llegar a la política española reciente. Probablemente, el tiempo que tardo la crisis en fumigar a los trabajadores y trabajadoras más precarios  y afectar a los vástagos de la clase media. Entonces, con tres años de retraso, llegó la indignación que sustituyó al cabreo de la vieja clase obrera, de la que todo el mundo renegó.

La chavalería de la clase media se vuelve airada cuando los impuestos no pueden financiar su modo de vida o cuando la distancia con los más ricos le impiden compartir formación, espacios de ocio o trabajos de élite.

La historia europea conoce de siempre a este personal. Con camisas negras desfilando por Roma o rompiendo cristales en la noche berlinesa, les ha visto producir horror. Esta ira es más radical cuando las crisis más que económicas son financieras, por dos razones: producen más desigualdad y reducen más el clientelismo fiscal.

Que las reacciones más notables sean de extrema derecha, no excluye que los diversos populismos adopten estéticas y contenidos izquierdistas. Unos y otros irán viendo reducida su influencia a medida que el tiempo transcurra, como dice la historia económica y social, lean esto, pero permanecerán, acostúmbrense a la ira.

¿Cuándo la ira se convierte en matonismo? Básicamente, cuando la ira no reúne votos para ser relevante. Todos los populistas – de derecha o izquierda – pasan por una fase moderada hasta que devienen en antisistema. Como habrán observado, por poner un ejemplo,  el debate en Podemos no trata sobre la calidad de la democracia: trata sobre si pueden ser moderados más tiempo (Errejón) o se acabó el plazo (Iglesias). 

La ira se convierte en matonismo cuando no gana elecciones. Trump anuncia que no reconocerá el resultado electoral igual que circularon miles de tuits sugiriendo fraude electoral en España; A Farage le repugna el euro, a Garzón también; Le Pen abomina de la democracia y Carmena anuncia el fin de la democracia representativa, esto es del constitucionalismo. No cabe sorprenderse, antes que Trump y Le Pen lo hicieron Perot y Buchanan. Y otros transitaron desde la violencia roja de los setenta al extremismo más reaccionario

El matonismo puede un día ser universitario y al otro ejercerse en el Congreso. Si no se cree posible reinventar el estado de bienestar, solo la bronca vale y “el que más chifle capador”.

Quienes lean es este blog saben que no se ejerce aquí mucha simpatía por Felipe González o por el pianista del burdel. Pero qué quieren que les diga: uno creció odiando a los matones que rodeaban en 1973, fíjense Ustedes, el campus de Somosaguas para impedir la libertad en las aulas. Aquellos también iban enmascarados. 

No cabe duda, tampoco, de que la ira se convierte en matonismo cuando la izquierda desaparece por la gatera o se contamina de ira.