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lunes, 24 de octubre de 2016

Sobre pieles de oso, mareas de sandeces y la batalla por el relato

“Régimen del 78 o democracia” dicen Las Mareas, en voz de portavocía cualificada cuyo nombre ni conozco ni me importa, despreciando a quienes dieron vida y libertad por una Constitución que permitió, a golpe de impuestos y subvenciones, dar formación, escaño y partidos a quienes se sientan en los escaños de Las Mareas.

Naturalmente, si fueran coherentes habrían de renunciar a colaborar, como hicieron los veteranos luchadores y luchadoras, con tan dictatorial régimen y renunciar a sus escaños y arrostrar sacrificio. Pero de lo que se trata para Podemos y sus respectivas marcas es de ganar la batalla del relato.

Porque esto fue lo que los expertos de la Sexta recomendaron a Podemos y estos, muy atentos siempre a las secretarías de prensa, se han puesto a la tarea. Dos relatos deben ganarse de forma inmediata: lo de justificar la presión sobre el Congreso en la investidura y lo de denunciar la gran coalición.

Para que no se confunda a sus tropas con Pavía o Tejero, debe justificarse lo de rodear el Congreso en sesión de investidura, cosa ignota en democracia. Y solo hay un camino: la sandez señalada con notable cinismo por la cualificada portavocía de Las Mareas sobre el “régimen”.

Lo de la gran coalición es solo uno de los elementos del relato, que será seguido por otros igual de rigurosos, junto a la moda de despreciar el voto de la ciudadanía en Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, vinculando su gobierno al del estado. Comedia a la que, sorprendentemente, se suma Llamazares desmintiendo todo su discurso desde hace un año y medio.

La cosa consiste, al parecer, no en ofrecer alternativas distintas a las nuevas elecciones sino en repartirse la piel del aparentemente suicidado Partido Socialista. No recuerdo muy bien si el PSOE se suicidó cuando nos metió en la OTAN, cuando el hermano de Guerra metió la mano en la caja, cuando Boyer y Solchaga desindustrializaron el país o, quizá, cuando, sin que Pedro Sánchez reclamara voto de conciencia, se reformó la Constitución por la vía de la nocturnidad.

Lo sorprendente, me parece, no es que el PSOE decida ser de centro izquierda, como siempre lo fue; razón por la que muchos de quienes salieron de la izquierda de verdad verdadera no fueron allí. Cierto, una parte de sus electores están cabreados, muchos de ellos y ellas procedentes del viejo voto de IU. Pero no es menos cierto, si se leen todas las encuestas y no solo las que interesan al relato de cada cual, que se coloca – recuperando simpatía- en disposición de capturar votante de Ciudadanos y hasta del PP-

Lo sorprendente es que el PSOE se hubiera lanzado al extremo del espectro político. Los socialistas se han enredado, a golpe de crisis política e ideológica de la socialdemocracia, en un lío descomunal del que solo saldrán siendo útiles a la ciudadanía.

También el PSOE debe ganar la batalla del relato. Es cierto que, a diferencia de la marea de sandeces que se nos vienen encima, el PSOE deberá exprimir su talento político – si es que queda- en una política parlamentaria que vaya más allá del “no es no”, lema de notable fantasía creativa, que solo les ha llevado al desastre, si es que quiere ser instrumento de la izquierda española.

Si no, otros espacios se fortalecerán y no serán las mareas de intolerancia que creen ser tsunami.

jueves, 20 de octubre de 2016

Cuando la ira se convierte en matonismo

La historia sugiere que la ira tardó en llegar a la política española reciente. Probablemente, el tiempo que tardo la crisis en fumigar a los trabajadores y trabajadoras más precarios  y afectar a los vástagos de la clase media. Entonces, con tres años de retraso, llegó la indignación que sustituyó al cabreo de la vieja clase obrera, de la que todo el mundo renegó.

La chavalería de la clase media se vuelve airada cuando los impuestos no pueden financiar su modo de vida o cuando la distancia con los más ricos le impiden compartir formación, espacios de ocio o trabajos de élite.

La historia europea conoce de siempre a este personal. Con camisas negras desfilando por Roma o rompiendo cristales en la noche berlinesa, les ha visto producir horror. Esta ira es más radical cuando las crisis más que económicas son financieras, por dos razones: producen más desigualdad y reducen más el clientelismo fiscal.

Que las reacciones más notables sean de extrema derecha, no excluye que los diversos populismos adopten estéticas y contenidos izquierdistas. Unos y otros irán viendo reducida su influencia a medida que el tiempo transcurra, como dice la historia económica y social, lean esto, pero permanecerán, acostúmbrense a la ira.

¿Cuándo la ira se convierte en matonismo? Básicamente, cuando la ira no reúne votos para ser relevante. Todos los populistas – de derecha o izquierda – pasan por una fase moderada hasta que devienen en antisistema. Como habrán observado, por poner un ejemplo,  el debate en Podemos no trata sobre la calidad de la democracia: trata sobre si pueden ser moderados más tiempo (Errejón) o se acabó el plazo (Iglesias). 

La ira se convierte en matonismo cuando no gana elecciones. Trump anuncia que no reconocerá el resultado electoral igual que circularon miles de tuits sugiriendo fraude electoral en España; A Farage le repugna el euro, a Garzón también; Le Pen abomina de la democracia y Carmena anuncia el fin de la democracia representativa, esto es del constitucionalismo. No cabe sorprenderse, antes que Trump y Le Pen lo hicieron Perot y Buchanan. Y otros transitaron desde la violencia roja de los setenta al extremismo más reaccionario

El matonismo puede un día ser universitario y al otro ejercerse en el Congreso. Si no se cree posible reinventar el estado de bienestar, solo la bronca vale y “el que más chifle capador”.

Quienes lean es este blog saben que no se ejerce aquí mucha simpatía por Felipe González o por el pianista del burdel. Pero qué quieren que les diga: uno creció odiando a los matones que rodeaban en 1973, fíjense Ustedes, el campus de Somosaguas para impedir la libertad en las aulas. Aquellos también iban enmascarados. 

No cabe duda, tampoco, de que la ira se convierte en matonismo cuando la izquierda desaparece por la gatera o se contamina de ira.

martes, 4 de octubre de 2016

El concejal ocurrente, La Sagrada Familia y la Ciudad.

Un tal Daniel Modol, muy ilustre Concejal de Barcelona, representante del socialismo catalán en fase concursal y en competencia superviviente con el más guay y pijo de los “anticapis” mundiales, ha tildado la Basílica de la Sagrada Familia de “Mona de Pascua Gigante” y “gran farsa”.

Las ciudades han sido siempre el testigo más insobornable de la historia. Vista por estratos o en horizontal, nos cuentan las alegrías y sufrimiento de los pueblos. Las ciudades son memoria de júbilo y de horrores.

Puede Usted caminar junto a las casas de malicia de los rancios Austrias o donde los pretenciosos Borbones. Puede, sin duda, irse por la ruta nacionalcatólica, mientras acude al mejor fútbol. También, recorrer la carrera del 1 de Mayo, por donde anduvieron Pasionaria y Pestaña; puede beber donde el Labra de Pablo Iglesias o, desde Atocha al Calderón, seguir el camino que en el 38 corriera la XI Brigada Internacional.

Puede, en mi Zaragoza natal, comprobar que más de dos mil años de murallas cerraron al ciudad al progreso o saber que, donde hubo polvorín y explanada, hoy reluce Aljafería mora y puertas donde un juglar hizo nacer una ópera, recordado por callejuela algo penosa. También, puede encontrar la esquina donde el más terrorista de los Austrias ajustició nuestros derechos mientras compra en mercado modernista.

El error de los que olvidan es creer que los olvidados harán lo mismo. Por eso, muchas esquinas urbanas guardan el recuerdo de lo que se quiso cercenar y claman, también, por lo que se ocultó. Al final, se trata de llenar las ciudades de información que se pueda interpretar. Construir ciudades trata más de sumar memorias que de destruir vestigios, sean de horror o júbilo.

Los que habíamos aprendido de los mejores arquitectos progresistas que el adobe nace para convertirse en piedra en manos de gente como Gaudí, observamos con pavor como los muñidores de la ciudad nueva han comprado la idea de los hijos airados de la pequeña burguesía cabreada: “La rabia puede más”.

Conocemos, de siempre, nuestro derecho a la belleza. A toda, no a la del canon de turno. Cabe entender al edil. Primero, porque todos los “ismos” conocidos han pretendido iniciar nuevos ciclos con viejos destrozos. Segundo, porque se necesita menos reflexión, esfuerzo y recursos para eliminar vestigios y alentar “turismofobia” que para gestionar el derecho a la belleza y promover el turismo sostenible.

Así, preparémonos más para airados desiertos de canela que se venguen de las almas de charol que antaño persiguieron a los nuestros, que para espacios de encuentro y dicha.  Si se preguntan porque al PSOE le pasa lo que le pasa, llamen al tal Modol pero, sobre todo, si rechazan esa enloquecida opción entre poner "calatravas" o derruir estatuas, quizá sea mejor empujar la vieja idea democrática de que el respeto puede más que la rabia.

domingo, 2 de octubre de 2016

!Oh, cielos, qué escándalo...!

En el asunto socialista he observado notable cinismo. Puede ser normal que en un oficio que se ejerce con más pasión que precisión abunden la hipérbole y el oximorón.

¡Oh, cielos, El País interviene! Ese gran periódico, de mesilla de noche y desayuno de la progresía occidental, le ha dedicado a Sánchez lo que otros, también de izquierda, padecieron. Resulta, rían conmigo, que es de ayer mismo que el Ferreras retuerza la información hasta convertirla en show.

¡Oh, cielos, se rebelan contra el elegido por las bases! El elegido por las bases solo contaba con el 40% del órgano de dirección. El discurso de sillones contra militancia corresponde a la retórica de los secretarios de organización pero no describe, casi nunca, la verdad. Eran elegidos por las bases la masacrada dirección madrileña de Tomás Gómez o las candidaturas pontevedresas de Abel Caballero.

¡Oh, cielos, la oligarquía y el IBEX han intervenido! Argumento de quienes aspiran a ser socialdemócratas en lugar de los socialdemócratas. No se conoce oligarquía que haya temido alguna vez a un partido socialista pero aquellos que, al parecer, aspiran a dar miedo debieran saber que, en realidad, los partidos entran en crisis cuando han dejado de ser útiles a la ciudadanía. Y esas crisis parecen terminales cuando los votos condenan a la irrelevancia. Este era evidentemente, el problema de Pedro Sánchez: no había camino para que los socialistas intervinieran en el mapa político.

¡Oh, cielos, han sido los barones y las baronesas traidores! Seamos sinceros; con Sánchez acabó Iglesias, cuando en Marzo le negó el gobierno de la salvación y le llevó a nuevas elecciones. Se condenó a sí mismo buscando alternativas, ignoro si buenas o malas, pero desde luego opacas, al menos para la ciudadanía. Cavó su tumba un gestor organizativo que en los buenos tiempos no hubiera sido ni secretario de agrupación.

¡Oh, cielos, ha ganado Rajoy y tendremos que asumir las obligaciones del PSOE! Dicen los que aspiran a quedarse con el electorado a golpe de “sorpasiños”. En realidad, ha sido toda la izquierda la derrotada, no por las cuitas socialistas sino por los resultados de Junio, las elecciones gallegas o Vascas. Y por mucho que los buitres ofrezcan súbitas afiliaciones a izquierdas de verdad verdadera, lo más probable es que toda la izquierda, incluida la versión populista si es que es de izquierda, pague la hegemonía conservadora.

La cultura socialista se recompondrá si sabe reflexionar con tiempo sobre un nuevo programa. Mi reproche a las baronías es que no facilitan esa reflexión. También, que su compulsiva reacción, aunque evidentemente disponían de mayoría, no se ha basado en transparencia política. Mi reproche al partido es que todos se enfrentan a amenazas del mismo tipo y todos han condenado a su partido a un largo tránsito de recuperación.

Tras la fumigación de las alternativas, el PSOE es la poca izquierda realmente existente que queda. Lo que se necesita es algo que Sánchez no tenía y sus críticos aún no han ofrecido: diálogo, consenso y programa de acción política, que sitúe al partido al lado del electorado perdido.


Lo que no es tan evidente que el Comité Federal socialista esté en condiciones de hacer política para la formación de gobierno, de gestionar la pluralidad política existente en el mapa político español o de salir del no. Así, de entrada, no veo que el riesgo de nuevas elecciones esté mas lejos que ayer, a pesar del mantra de que la operación conduce a investir a Rajoy.

jueves, 29 de septiembre de 2016

La izquierda en funciones

Vuelvo en Octubre me dije, tras mi última ponderada opinión veraniega. Contaba con un gobierno. Mi gozo en un pozo: el Gobierno sigue en funciones y la izquierda se pone. No voy a echarle la culpa a los electorados, a mayores o a gente de las aldeas, eso se lo dejo a los muy solventes análisis de los “preparaos y preparás”.

Tiene su cosa lo de las baronías pero comprenderán que, habiendo conocido “liderísimos” que se entendían con la militancia y con Dios sin intermediario, no me crea mucho el asunto de sillones contra militancia. 

No nos liemos. Con Sánchez acabó Iglesias, negándole el gobierno del cambio y abocándole a elecciones para que ganara la derecha. Sánchez pudo impulsar el cambio. Podemos lo impidió, a cambio de algún “sorpasiño”. Así que menos rollito solidario que huele a cinismo populista. El cambio, listos y listas era en Marzo. 

Sánchez ha contribuido a su propio ocaso. Su partido requería una gestión basada en consenso, alta participación y trasparencia. La ciudadanía exigía una propuesta creíble de estabilidad. La impresión de que el cálculo orgánico ha primado sobre la gestión política, de entendimientos opacos con alianzas imposibles, de cúpulas que ponen por delante lo orgánico frente al electorado o de que cualquier rufián que sumara valía no es una invención mediática. 

El problema de fondo, no atribuible a Sánchez, es que una crisis recorre al conjunto de la izquierda europea. La crisis financiera y las políticas de austeridad han generado un populismo que ha contaminado a la izquierda y ha fracturado las bases sociales de su cultura democrática.  Un nuevo proyecto de izquierda requiere tiempo y reflexión. Necesitamos principios, ideales, propósitos y programas y, mientras tanto, hacer política.

La izquierda ha sustituido contenidos por confrontación o por lógicas territoriales antes que sociales. Aspira a dar miedo o se anida en la irrelevancia. 

Lo que puede reprocharse a las baronías no es que carezcan de militancia, la tienen seguro, o se opongan a ella. Más que la demagogia de secretario de organización conviene reconocer que su error es que limitan el repensar del proyecto y su apertura. Las artimañas estatutarias son probablemente recurso innecesario. Su acierto consiste en afirmar que la gente también quiere estabilidad y gobierno.

La posibilidad de influir en un gobierno en minoría despreciada por la cúpula socialista y animada por grititos histéricos de resistencia ha fortalecido a la derecha. Tras los golpes de barones izquierdistas y líderes del populismo que fumigaron a IU, el PSOE es una izquierda necesaria pero que, visto lo visto, está en funciones. 

Yo ya se que no soy tan listo como quienes empatan con Dios todas las mañanas pero, créanme, ni el numantinismo de Sánchez ni las firmas críticas resuelven el problema clave: queremos, necesitamos, un gobierno.



martes, 5 de julio de 2016

Rajoy, pero que parezca un accidente

Nadie quiere unas terceras elecciones. Todos, menos el PP, se sienten convocados a la oposición. Todos alaban la pluralidad. Ninguno nos ha dicho como se conjuga pluralidad y pluripartidismo con gobernabilidad.

Que la gobernabilidad era un asunto clave, que preocupaba al electorado en mayor medida que los ajustes de cuentas en la izquierda o el pesebrismo garzoniano, es algo que ya parece evidente. Sin embargo, las formaciones convocadas a la oposición siguen en campaña o, mejor, preparando la siguiente campaña.

Ciudadanos sigue con el veto pero no veto, imaginando la recuperación de voto conservador que más parece irse que desear volver. Los de Podemos siguen soñando con el sorpasso mientras leen desesperadamente a Gramsci, sin entender otra cosa que el lenguaje bélico tan propio de la política de la ira. Los del PSOE son los líderes …de la oposición, faltaría más, y convocan a que los ideológicamente parejos se unan, olvidando sus históricos acuerdos con Convergencia o PNV.

En algún estudio sobre la historia de las crisis financieras que he recomendado aquí varias veces se señala que en ellas las mayorías gubernamentales se estrechan y los parlamentos tienden a fragmentarse lo que es, sin duda, una mala noticia para la gobernanza efectiva en el período posterior a la crisis. La buena, seguramente, es que la agitación parlamentaria es temporal

¿Cómo de persistentes son los efectos? La historia dice que los primeros cinco años son críticos y la mayoría de los mismos se reducen poco después. Una década después del punto álgido de crisis, la mayoría de las variables de resultados políticos ya no son significativamente diferentes de la media histórica.

Esto es cierto tanto para la presencia de formaciones emergentes como el voto de gobierno. Sólo el aumento en el número de partidos en el parlamento parece ser persistente. Algo así ha podido pasar: el “sorprendente” (por supuestamente escaso) voto de Podemos viene a ser, si se quitan las mareas que gobiernan otros, un 13%: es decir, estar, estás. pero en la senda del voto histórico de la izquierda no socialista.

En realidad a esta hipótesis se debe la renuncia a ofrecer una estrategia de gobierno. Todo el mundo espera que el coste de retorno a la media histórica lo pague otro. Invirtiendo en una legislatura corta, en nuevos postureos y en discursos sobre los demás igual, a las próximas, son califas en lugar del califa o, igual, le dan la mayoría absoluta al PP.

En fin, todos quieren a Rajoy, pero que parezca un accidente, mientras reflexionan los unos contra los otros. La pluralidad implica, también, una nueva cultura del compromiso: el conflicto persistente opera en contra de las necesidades del mapa político, una variable que los estrategas aun no han incluido en su forma de hacer política.