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martes, 5 de julio de 2016

Rajoy, pero que parezca un accidente

Nadie quiere unas terceras elecciones. Todos, menos el PP, se sienten convocados a la oposición. Todos alaban la pluralidad. Ninguno nos ha dicho como se conjuga pluralidad y pluripartidismo con gobernabilidad.

Que la gobernabilidad era un asunto clave, que preocupaba al electorado en mayor medida que los ajustes de cuentas en la izquierda o el pesebrismo garzoniano, es algo que ya parece evidente. Sin embargo, las formaciones convocadas a la oposición siguen en campaña o, mejor, preparando la siguiente campaña.

Ciudadanos sigue con el veto pero no veto, imaginando la recuperación de voto conservador que más parece irse que desear volver. Los de Podemos siguen soñando con el sorpasso mientras leen desesperadamente a Gramsci, sin entender otra cosa que el lenguaje bélico tan propio de la política de la ira. Los del PSOE son los líderes …de la oposición, faltaría más, y convocan a que los ideológicamente parejos se unan, olvidando sus históricos acuerdos con Convergencia o PNV.

En algún estudio sobre la historia de las crisis financieras que he recomendado aquí varias veces se señala que en ellas las mayorías gubernamentales se estrechan y los parlamentos tienden a fragmentarse lo que es, sin duda, una mala noticia para la gobernanza efectiva en el período posterior a la crisis. La buena, seguramente, es que la agitación parlamentaria es temporal

¿Cómo de persistentes son los efectos? La historia dice que los primeros cinco años son críticos y la mayoría de los mismos se reducen poco después. Una década después del punto álgido de crisis, la mayoría de las variables de resultados políticos ya no son significativamente diferentes de la media histórica.

Esto es cierto tanto para la presencia de formaciones emergentes como el voto de gobierno. Sólo el aumento en el número de partidos en el parlamento parece ser persistente. Algo así ha podido pasar: el “sorprendente” (por supuestamente escaso) voto de Podemos viene a ser, si se quitan las mareas que gobiernan otros, un 13%: es decir, estar, estás. pero en la senda del voto histórico de la izquierda no socialista.

En realidad a esta hipótesis se debe la renuncia a ofrecer una estrategia de gobierno. Todo el mundo espera que el coste de retorno a la media histórica lo pague otro. Invirtiendo en una legislatura corta, en nuevos postureos y en discursos sobre los demás igual, a las próximas, son califas en lugar del califa o, igual, le dan la mayoría absoluta al PP.

En fin, todos quieren a Rajoy, pero que parezca un accidente, mientras reflexionan los unos contra los otros. La pluralidad implica, también, una nueva cultura del compromiso: el conflicto persistente opera en contra de las necesidades del mapa político, una variable que los estrategas aun no han incluido en su forma de hacer política.

viernes, 1 de julio de 2016

¿Y si no son los viejos y cobardes?

La ira vuelve necia a la persona más ilustrada. Una periodista y escritora de Podemos ha escrito: "11 millones de viejos. Y obstaculizando el voto de los jóvenes inmigrantes". De la edad de la ilustre señora se deduce que la vejez que molesta no es la de Podemos sino la que osa, qué escándalo, no votar a Podemos

Menos sutil que la fallida candidata, la muchachada, una vez que el ambiente electoral permite el retorno de la ira, ha añadido notables discursos sobre la vejez y el pueblo. Desde asertos filonazis a la recuperación de la palabra "subnormal" para referirse al pueblo. Vienes a ser que los viejos son imbéciles, desinformados y cobardes cómplices de las cloacas del estado. Manada que no se cree las televisiones que la muchachada ocupa.

¿Y si no fueran los viejos? ( Las viejas han desaparecido del relato, o lo del lenguaje de igualdad se nos da mal o todas votan Podemos). La clave de estas elecciones no han sido los que han votado sino quienes no han concurrido. No son los viejos y las viejas, por mucho que la estupidez airada insista. El voto determinante, el volatilizado, es el voto de IU y del propio Podemos.

La clave de estas elecciones es un electorado menor de 45 años, formado, de renta media o alta, ideologizado, con más experiencia de lucha social y sindical que cualquiera de los modernos y modernas jabatos de catálogo.

El relato de lo ocurrido puede apoyarse en algo de historia reciente. Cosa que ignora la nueva política, que tiende a creer que nada ocurrió antes de ayer. En 1996, IU obtuvo 2,6 millones de votos; en la investidura de Aznar, Anguita se nombró única izquierda y profetizó el "sorpasso". En 1997, incorporó la República a la agenda política. En 1998, apoyó el Pacto de Liarra y defendió la autodeterminación. En 1999, IU perdió un millón cien mil votos.

Quiere esto decir que cualquier viejo lerdo sabe que el votante de IU rechaza el conflicto de izquierda que da paso a la derecha, las agendas que ignoran la cuestión social y los nacionalismos radicales. Rechaza el desprecio a la socialdemocracia y, desde luego, él pesebrismo del que ha hecho gala Garzón.

Si no se cuentan las confluencias ( Galicia, Catalunya y Valencia), Podemos obtiene votos en el entorno del 13%, menos que Anguita en el 96 y lo que IU obtenía en situaciones normales.

Si uno quiere ser socialdemócrata en lugar de los socialdemócratas, debiera aprender dos cosas. Una, que lo que define a esa corriente ideológica es la búsqueda del acuerdo social destrozado por la austeridad y no el conflicto como gestión de la crisis. Otra, que los votantes de izquierda aman la revuelta pero quieren un gobierno al que combatir, no la ausencia de gobierno,

La ira siempre es extrema, y lo extremo no da para más, si se hace desde la izquierda, como ya advirtió Errejón, El problema es que cosas como Nueva España, Patria y movimiento, en lugar de partido, igual suena tan rancio que vale para la irá pequeño burguesa pero no para hacer mayorías.

La ruptura demográfica ha sido invocada en todo el reciente ciclo electoral europeo. Pero no está tan claro si el asunto es de edad o de expectativas, es decir de rentas. No; no han sido los viejos y cobardes. El error es de quienes soñaron ira, pastorear formaciones ajenas o alimentar pesebres.