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viernes, 7 de agosto de 2015

La visita médica

Se mueven sigilosamente en pequeñas manadas. El líder elige con signos leves la próxima pieza. Mimetizados entre los aparatos, camuflados en los colores oscuros del mobiliario, se aprestan al ataque con suma elegancia. Caminan erguidos, con la mirada fija en el horizonte, poseedores de un secreto que la víctima inútilmente espera compartir.

Las víctimas potenciales los vigilamos de reojo ¿queremos o no ser elegidas? La víctima siempre opera entre el masoquismo y el síndrome de Estocolmo. Y justo cuando creemos haber evadido el riesgo, la manada asalta la habitación, te rodea, impide cualquier punto de fuga. La amenaza se ha consumado: la visita medica ha llegado.

El líder se separa unos centímetros y permite que el resto de la manada ausculte, toque. El líder responde a cada uno de los movimientos de su manada con monosílabos, si, ni, uhmm,.. realiza breves indicaciones, se le ocurre algo que su subalterno ha olvidado y que hace que la víctima se pregunte: ¿será importante?

Las víctimas, sabedoras del imposible escape, tratamos de averiguar en el pétreo rostro de la manada algún signo de entendimiento que nos indique como marcha hoy nuestro cuerpo, inútil propósito.

La manada es hermética, va a lo suyo, habla un lenguaje propio. Concluye el análisis, la víctima se pregunta si será ahora informado. El líder de la manada extiende la mano sobre su pecho en un gesto universal de empatía: parece que va a pronunciarse, segundos de tensión...falsa alarma...será un miembro de la manada el que relate, una vez más, la afección que padeces.

No, amigo, amiga, no sabrás exactamente si estas mejor que ayer, simplemente estás. Las raras palabras de la afección que padeces brotan del portavoz de la manada mientras el líder asiente concentrado y conspicuo.

Pero cómo narices estoy, te preguntas, pero no te atreves a preguntar. El líder de la manada parece percibir la inquietud pero calla, Su silencio esta lleno se sabiduría, se nota que reflexiona sobre la afección que maltrata tu cuerpo. Sufre contigo, lo sientes, sientes su sufrimiento, pero el cabrón no suelta prenda y tu sigues sin tener ni puta idea de cómo estás.

Y cuando estás apunto de atreverte a preguntar, otro miembro de la manada te pilla y relata las pruebas pendientes. Placas, cultivos, terapias se ponen súbitamente encima de la mesa. La víctima recibe la orden como un colegial los deberes escolares. Hay que hacer pruebas, ¿qué como coño estoy? Curándome, faltaría más, la manada ha venido, me dedica su tiempo, hace pruebas, luego esto marcha. La víctima quiere conocer detalles; en vano, los detalles pertenecen a la manada.

Al fin, el líder de la manada habla: " es tiempo de curarse. Le veré mañana". Y uno colige: pues si me ve mañana es que mañana estaremos vivos, respira tranquilo, y la manada, circunspecta, sigilosa, abandona la habitación en búsqueda de una nueva víctima a la que estresar.

En venganza, la víctima se aleja de la manada, la rodea, se va a la máquina del café y saca una bebida prohibida. Al fin, habrá algo que la manada ignore, qué se han creído, piensa la víctima en un pequeño gesto de victoria.