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martes, 4 de agosto de 2015

Sonidos inquietantes

Si, si, ya se que Ustedes lo saben todo de ruidos hospitalarios. Esos quejíos inexplicables, apariciones susurrantes y todas esas cosas que Ustedes han aprendido de las series americanas. Tontadicas, se lo digo yo.

Los sonidos forman parte, Ustedes lo saben, de las emociones. El acorde de Fidelio o el himno de Nabucco solo pueden sonar a libertad, solo a horror sonará el obús y la risa de un niño, los cantos de los pajaritos y todas esas cosas que los poetas cantan les remitirán a emociones que aprendieron de pequeños.

Es por eso de prever que una botella descorchada en la sidrería del barrio no puede sonar igual que en la decadente glorieta del Palace. Si en una habitación del Ritz suena la misma persiana de lamas que suena en su casa es bastante probable que Usted abandone el hotel sin consideración alguna.

Es por eso, también, de prever que si uno vive en un entorno altamente tecnológico espere glamurosos sonidos, ráfagas sugerentes que sustituyan los ruidos siderúrgicos de otras épocas.

Como saben peno vacaciones sanitarias en un hospital cuyos ruidos contradicen, sin duda, la elevada competencia profesional y sus niveles tecnológicos.

Entiéndanme, si el aire acondicionado de la habitación suena como en el Motel de Norman Bates, uno se preocupa. Si la máquina que bate mi plasma sanguíneo se para con una alarma que remeda un camión de gasoil de los sesenta, uno se pregunta por su porvenir. Si la llamada a urgencia a la enfermera suena como las sirenas de los barcos que abandonan el puerto en Kushadasi, en la lejana Anatolia, uno deberá preguntarse si será un fakir quien acudirá en su auxilio.

Pero, les aseguro, que puede ser peor. Imaginen que una competente doctora ha anestesiado su riñón y se dispone a la biopsia. Imagine que la pistolita con la que arrancará sus fibras suena igual, pero igual, se lo juro, que la pistola de grapas con la que Ruben machaca de vez en cuando la madera de mi garaje.

Imaginen que eternos se hacen esos quince minutos en los que no tienes más remedio que imaginar que la máquina de grapa de carpintero de Ruben filetea tu riñón en lugar de un sutil ruido que aísle tus maltrechas fibras. Inevitablemente sube la tensión, fuente de notables males, se acobarda al enfermo y se producen fijaciones de exigencia psiquiátricas inevitables.

Puedo imaginar ruidos perversos: la carcajada del jefe de cocina, cuando hace el menú diario; la cínica risa del que reparte los supositorios e, incluso, el lento arrastrar de pies de los vampiros que vienen a analizarte a las seis de la mañana.

Pero, por un segundo, solo por un segundo, imaginen la máquina grapadora de Ruben fileteando su riñón.

Exijo, reclamó, solicitó que cambien el inquietante sonido de la pistola de las biopsias.

Por lo que más quieran que no suene a pistola de carpintero.