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viernes, 1 de septiembre de 2017

Europa, ciudad común, guste o no guste

Quizá nadie recuerde cuando Europa solo era un mercado común, donde no había nadie y todos querían estar. En realidad, demasiada gente está interesada en falsear la historia, a causa de la incapacidad europea de cumplir las promesas de su proyecto político.
Mientras en el este de Europa sufrían las duras condiciones de la adhesión, que alentaron no pocas migraciones, o mientras eran los trabajadoras y trabajadores inmigrantes o poco cualificados los que sufrían los golpes de la crisis, las banderas europeas presidían las reuniones de todo el personal.
No fue hasta que la miopía de la austeridad alargó la crisis y la extendió a los vástagos de la clase media, que hasta entonces navegaban por Europa, Erasmus va, Erasmus viene, cuando el antieuropeismo no se convirtió en bandera.
La decepción es, sin embargo, muy superior a los datos objetivos de la derrota del proyecto político. Señal inequívoca de la contaminación que las ideas colectivas han sufrido tras el derrumbe del capitalismo de burbujas y amiguetes.
El euroescepticismo alimenta la impotencia europea. El Brexit, el aumento de las fuerzas centrífugas, las demandas de “desglobalización”, la imposibilidad de contar con Trump para un proyecto democrático, contradicen los propósitos de la Unión Europea. Expresiones como federalización, integración, parecen pertenecer al pasado.
Un par de generaciones españolas hemos crecido convencidos de que España estaba en Europa por la misma razón que las ciudades estaban en Grecia: un espacio democrático común. Y no creo, a pesar del relato en marcha, que erráramos.
Ahora que las banderas europeas han abandonado las reuniones de los partidos, convendría a la izquierda democrática, de cualquiera de las familias ideológicas que impulsaron el cambio democrático y europeísta en España, hacer bien las cuentas y, sobre todo, no tener miedo de presentarlas: ni Europa, ni sus políticas de cohesión, ni el euro fueron el desastre oportunista que se predica.
La Unión Europea, dice la historia, siempre salió de sus crisis. Si esta vez la salida parece más lejana, lo es, entre otras cosas, por ausencia de liderazgo. Estamos en manos de bocazas imbéciles, tipo Dijsselbloem, de eurócratas espesos, tipo Moscovici, y de portavoces del capitalismo renano que no salen de los manuales.
Hay una Europa necesaria, que no puede construirse arrasando lo que existe. Debe reconstruirse sobre bases más equilibradas, reforzando la dimensión social que siempre le fue propia y corrigiendo, dentro del euro, los defectos de la moneda única, singularmente los fiscales.
Esa Europa necesaria debe recuperar cierta idea mediterránea. Ese“Mare Nostrum”  que históricamente, de Algeciras a Estambul, era sinónimo de libre circulación y que hoy es pared, tumba de agua o muros para defensa de culturas ajenas.
Recuperar una ciudad libre, donde corran variadas palabras libres es un propósito. Pero no caben europas a la medida: no se puede reclamar libre flujo de personas y renunciar a compromisos económicos que hagan posible la tierra de asilo. El alma de Brexit, aunque se disfrace de vieja izquierda, no construye ciudades comunes.