Statcounter

viernes, 1 de septiembre de 2017

El cabreo del taxista y la devaluación del trabajo

Los negocios basados en internet han dejado de ser simpáticos. Desde Airbnb a Uber, pasando por Cabify,  están generando tensiones urbanasTaxistas de toda la vida y conductores con nuevas licencias se apalean, insultan o se vigilan en las calles o aparcamientos de los aeropuertos.
Vecinos y vecinas de barriadas centrales de los puntos turísticos más relevantes delatan con marcas y señales a quienes alquilan su vivienda en la red a turistas, a través de Airbnb u otras plataformas.
Una parte de la reacción, sin duda, tiene que ver con el carácter disruptivo de las nuevas tecnologías y actividades económicas y su agresión comercial a viejos sectores, menos flexibles y acomodados a regulaciones tradicionalmente estrictas y basadas en licencia.
Hay razones, también,  para la ira en los mercados agredidos. Las licencias de toda la vida, sean de taxistas u hoteleras o de alquiler residencial, son en realidad patrimonio económico sometido a devaluación por las nuevas competencias, en no pocos casos basadas en economía irregular.

Hay algo de sorprendente en que la clase media y sus vástagos se irriten por la pérdida de valor de su patrimonio inmobiliario o su ahorro y consideren que las licencias de los taxistas sean un casposo privilegio de antaño.
Por el contrario, los profesionales del taxi consideran la licencia, devaluada por la competencia, como un fondo de pensiones, una jubilación de la que se les está privando. También es cierto que las licencias existen por fallos de mercado que hacen necesaria la regulación
Pero hay otras razones para que lo que hace unos años se veía con la simpatía de toda actividad nacida en internet sea hoy sospechosa. Ayer mismo, una directiva de comunicación de una compañía de taxis basada en las nuevas tecnologías  decía a este medio que su “modelo de negocio” era perjudicado por la información sobre las tensiones que se sufren en las calles de Madrid.
¿Hablamos de algún modelo de negocio innovador amenazado por la resistencia de lo viejo? En realidad, no. Uber o Cabify no han aportado tecnológicamente nada nuevo. Lo que han aportado es el mismo negocio de siempre pero externalizando costes al conductor.
El modelo de negocio de ambas es que el conductor se page la gasolina, los seguros, el mantenimiento, el coche y todos los gastos. En una palabra, los profetas de la nueva economía son comisionistas de los de toda la vida, eso sí, pasados por el glamur de internet. Naturalmente, devaluando las condiciones de vida del profesional se puede ser más barato y parecer que se ayuda al usuario.
Una redactora de Estrella estimó una reducción de un 30% el coste de viaje en un taxi bajo demanda de Cabify. La cuestión, sencillamente, es que la modernísima entidad no paga la seguridad social, el coche o el seguro del trabajador – que no es trabajador, sino autónomo-; autónomo que debiera ser dependiente (cobran más del 70% de sus ingresos por trabajar en la misma compañía) pero que está sujeto a contrato mercantil.
Uber o Cabify crean tensiones en los mercados tradicionales no solo porque devalúan los patrimonios de taxistas sino por que inducen una precarización agresiva de los mercados laborales.
No; no son simpáticos ni defienden modernísimos modelos de negocio de la muerte, es pura economía “gig”, basada en la devaluación del mercado de trabajo, por mucho que las dulces y simpáticas responsables de la comunicación corporativa de Cabify se empeñen.
Es lo mismo que, como desvelaba Estrella Digital, se llame economía colaborativa a una señora que administra, probablemente en economía sumergida, 700 viviendas en la Isla de Mallorca.
Este columnista ha preguntado a Uber cuantos impuestos paga en España, naturalmente sin respuesta. Y la semana que viene preguntará a la “multilisting” de Mallorca cuantos impuestos paga por alquilar setecientas viviendas, durante trescientos sesenta y cinco días al año.
Debemos estar a favor de toda flexibilidad que abarate los servicios. Pero modelos de negocio que alienten la economía sumergida y la devaluación o precarización laboral no deben seducirnos. Hay quien defiende, y uno se lo piensa, en poner impuestos a estos servicios destinados a compensar a los sectores agredidos.
No es nueva en la historia la reacción negativa a la tecnología. Lo que es nuevo es que el aumento de productividad de lo nuevo no se acompañe de mejoras económicas de aquellos y aquella que trabajan,
Entre Ustedes y yo, el inventor de Uber no es un genio, es un comisionista un poco cabroncete.