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miércoles, 11 de noviembre de 2015

El proceso, la desconexión y el cadáver político.

No se engañen; nada fue un error:

El cadáver político, enlodazado en la colla del 3%, necesita una bandera que le proteja de la vergüenza y su funeral.

Un partido que siempre confundió el hacer patria con clientelismo y negocio, necesita digerir su desaparición y el fin del negocio en nuevas máscaras.

Una clase media crecida en la convicción de opulencia y modernidad, necesita ocultar su fracaso ante sus empobrecidos hijos, que no pueden ocuparse del postmaterialismo prometido sino de su propia pobreza.

Una sociedad antes moderna e industrializada, hoy convertida en provinciana, dependiente de la asistencia financiera y el parque temático del turismo, necesita culpar a otros y consolarse abrazando políticas extremas y tan lampedusianos como extremos representantes.

No se engañen. Nada fue un error. La desconexión es una estrategia. Será, seguro, una ruta hacia la nada; hacia la inversión en una sociedad frustrada. Pero, sobre todo, es la compulsiva búsqueda del cadáver político por convertirse mártir en vida; por encontrar un hueco en el panteón del que se habla en las noches de invierno, alrededor de la hoguera; por lograr que los mafiosos susurren su nombre en recónditos restaurantes.

Han decidido, en un día, desconectarse de España y del euro; no parece muy brillante. Han convertido a un partido del 8,2% en el eje de la política catalana; no parece muy democrático. Han triturado el democrático derecho a decidir, transmutado en antidemocrático proceso, olvidando que, en democracia, las reglas forman parte del contenido.

Han convertido en irrelevante a la izquierda de la razón, nacional pero no nacionalista que históricamente moderó excesos. Han convertido en inútil al proyecto de las derechas, a pesar de tener más representantes parlamentarios de los que nunca tuvo.

Para que su nombre se cite en los fuegos de campamento en los que se han convertido los plenos de las instituciones, el cadáver político necesita duras respuestas más allá del Ebro que adornen su martirologio. Probablemente, las obtenga.

Sefarad es orgullosa, casi nunca escucha. Sus fuerzas patrióticas tienen su propia bandera. Sus fuerzas democráticas no pueden jugar al juego de romper las reglas. También aquí, más allá del Ebro, la fuerzas de la razón nacional pero no nacionalista han sido cambiadas por el cambio que nada cambia.

No se engañen; no cabe la equidistancia que pregonan los que nada cambian; o los que juegan a las casitas de los principios inaplicables o los teatreros que teatralizan con banderas. Todos y todas estamos atrapados en este juego de patriotas.

No se engañen. Todo proceso remite a algo absurdo y angustioso. Toda desconexión remite a abandono de la realidad. El cadáver político, los abanderados de todas las patrias y las ausentes fuerzas de la razón nos han dejado solos. Todos y todas seremos patriotas y lo pagaremos los de siempre: aquellos y aquellas que somos más de constituciones que de banderas.

La risa del cadáver político y sus monaguillos se oyen en el fuego de campamento, donde la bandera ondea al vent , pero no buscant la llum.