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viernes, 4 de septiembre de 2015

El Chute

Ustedes que han seguido mi trecho enfermo, deben saber, igualmente de mi terapia. Conozcan, pues, que anoche, y hoy viernes, me he pasado por mi hospital madrileño favorito: tocaba chute.

Se trata de añadir a mis células un fármaco que, al parecer, les obliga a tener un comportamiento decoroso y a dejar de atacar a mi propio cuerpo. Mis células, como su propietario, son un poco enredadoras y van a necesitar al menos seis meses de disciplina y chutes.

Deben, igualmente, conocer que los indicadores que emite mi sangre ya se aproximan a los humanos, progresando mi salud adecuadamente. La manada médica ha pasado puntualmente. Al parecer voy bien; cuánto y cómo es su secreto. Eso si, harán un informe, para el que, naturalmente, necesitaré traducción.

Les confesaré, puesto que ya conocen mi adicción a las vacaciones hospitalarias, que son estos días relevantes que requerían una visita de Hospital. Se inician las fiestas patronales de Arganda, ciudad que me acoge: días de toros y gachas, con prohibida harina de almorta preparadas, bajo advocación de la oportuna virgen.

Efeméride muy ponderada por las autoridades municipales, siempre dadas al exceso lírico, que solo con adecuado chute puede sobrellevarse. Irse a un hospital en vísperas patronales debiera ser de obligado cumplimiento, como me reconocerá cualquiera de quienes participan en tan afamados festejos.

Este chute no es apasionante. No hay máquinas estridentes, ruidos especiales, ni terapias modernísimas de la muerte. O sea, un aburrimiento. Horas amarrado a un gotero y a esperar.

Mi compañero de celda, un caballero a más de buen samaritano, ha asumido la tarea de vigilar el ritmo de la gota. La tarea parece innecesaria pero el hombre parece estar haciendo un master sobre la ley de la gravedad y los vasos comunicantes y no va uno a desanimarlo.

El chute este va por partes. Premedicación, medicación y un final. Casi 24 horitas, que si no se alarga la cosa parece como que no te curas. Qué es cada cosa. No pretendan Ustedes que me entere. Estoy rodeado de médicos. O sea, primero, no me lo van a contar y si me lo cuentan, no me voy a enterar, dado el lenguaje abstruso que utilizan

He vuelto, fugazmente, al hospital ¿con quién me he encontrado? Si; lo han adivinado: el jefe de cocina ha vuelto de nuevo a castigarme. Pero esta vez me pilla preparado: una banda profesional, que además cobra en B, se va a ocupar del asunto.

Ahora, les dejo. Voy a escribir un guasap a la nueva corporación de izquierda, apoyada por los alegres muchachos de las birras y el cambio, que nada cambian, proponiendo que ante tanto toro y gachas, con prohibida harina de almorta preparada, la ciudadanía, pase por hospital.

Ya que solo con un chute puede aguantarse, que sea controlado ¿no creen?