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martes, 2 de septiembre de 2014

Un poeta cántabro me ha vendido un verso

Hace años, en mi regreso al Madrid de los 80, me molestaban aquellos poetas que se acercaban a mi mesa a declamar un verso. Incluso, al postre, intentaban la venta del poema al precio de la escasa voluntad del violentado comensal. Aquella impertinencia, ajena a la virtud de la tertulia y la discreción, era solo un síntoma de mala educación.

Hoy, empero, camino del Arenal, un poeta me ha vendido unos versos. A precio de un euro. Por supuesto por B, sin IVA para Montoro ni canon para la cueva de los Alibaba y los 40 autores. Un poema pirata, un poema manta como quien dice, robado a la administración de la academia y a la ordenanza municipal.

El poeta no pedía, en realidad, por su poema; tan solo ansiaba adquirir un billete de tren a Santander donde, al parecer, hay familia pensionista que podría patrocinar futuros áureos poemas.

Y no; no lo he visto impertinente, lo confieso: entre espantosas figuras inmóviles, restaurantes robando a turistas foráneos en nombre de la marca España y cantantes examinados por la Botella, el desvalido poeta me ha parecido lo más madrileño del entorno.

Un espécimen a proteger como el ciego Estrella, resumen del mejor Madrid, oscuro, turbio, opaco y esperpéntico, en casi todas las épocas, donde la taberna suministra riego al infausto poeta y el ciudadano o ciudadana se conmueve por su depresiva decadencia.

No era el poema bueno. No sabiendo si hablaba de gaviota marinera o dama rubia, no se sabe, en lógica consecuencia, como afirma Laura, asesora de feminismo de este blog, si es sexismo o cántabra fantasía. Pero, amigos y amigas, expropiado por décadas por prosaicos banqueros quien no entenderá que abone módico euro por un poema.

La cultura en la calle del dorado bienestar de antaño, financiado por Corporación de izquierda naturalmente, ha devenido en esto: en cultura de esquina buscando mercado; en verso vendido como polvo que se trafica acechando al potencial comprador; como susurro de procaz provocación.

Mi poeta agradecido ha vuelto al Arenal, camino de Preciados y pasando por delante de la Casa de Correos, donde anidan los agentes de los que expropian los versos de las bibliotecas. Allí, me dice, buscará "gusanos de mayami" que castellano hablen para vender poemas, compitiendo con la blusa de marca, el reparador bacalao o el billete de ONG vendido a comisión.

Un poeta me ha vendido un verso, editado en octavilla panfletaria, depresivo y añorando sueños eternos. Pero, amigo y amiga, cuando un poeta no sufrió o nos prometió sufrimiento.

No despreciéis estas odas urbanas, aunque malas y deprimentes sean: quien mendiga por versos hoy, mendigará por pan mañana y cuando nosotros vayamos a mendigar no habrá euro que pedir.

Es malo vender versos pero peor, ustedes me entienden, es robar.