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miércoles, 10 de septiembre de 2014

La muerte del banquero

Hoy, se inflamará el cielo: sopla una tibia y tierna brisa de muerto grande. Media España glosará la grandeza del prócer; la otra media recordará la podrida grandeza que se construye sobre el sufrimiento de desahuciados. Unos cuantos recordarán que la biografía se construyó sobre herencia y no sobre el mérito; otros elogiarán el fervor patrio de infartado.
Monedero, que ya se atribuyó la abdicación del Rey, someterá a referéndum en el Twitter si es responsable del infarto del poderoso. González, Aznar, Zapatero y todos los ex, presidirán, junto al ejecutante actual, procesión de elogios y bienvenidas a la heredera. Se podrá decir, de unos y otros, como en el Hamlet: canta(n) mientras abre(n) una fosa.
En lo que a mi respecta, no me gusta la muerte de nadie, compinche o adversario: cada muerte ajena me roba un pedazo de identidad. Entiéndanme, es como un escrache perdido o un cocido no compartido. Sólo reclamo, eso si, que las estrellas también se enciendan por el suicidio del desahuciado, que sus fotos presidan primeras páginas y su vida sea recordada. Si; una especie de socialismo de féretro: uno aspira a no tener que llevarse a la tumba un carné del sindicato.
No les quepa duda: en el almanaque de los banqueros muertos esta no será una fecha menor. Muere el tercer banquero del mundo, en beneficios, que poca cosa no es. Muere, probablemente, el último de los viejos banqueros: el que, contra todos los manuales del capitalismo contemporáneo, fue a la vez presidente, primer ejecutivo y máximo accionista de su banco; el último de la estirpe de banqueros españoles que ponía y quitaba mandamases.
Muere el que transformo una colla de ahorro cántabro en banco universal. Lo que quiere decir que pasó de financiar a la burguesía compradora de la comarca a la modernísima financiarización de la economía.
Asunto este para el que debe uno ser avispado. Habrá que ejercer de grupo de presión para que los gobiernos no enreden y, naturalmente, comprarle activos a escandaloso sobreprecio a un ex ministro de economía (Rato) o perdonar deudas a algunos partidos en el gobierno (Felipe González)
Habrá que colocar siete mil millones a octogenarios pero que el marrón de las preferentes se lo coman las Cajas. Habrá que dar ilegales jubilaciones y remuneraciones a directivos pero lograr que la Agencia Tributaria mire a otro lado. Habrá que quedarse con el Banesto o el Hispano, a precio de ganga, pero decirle al gobierno de turno que es por hacerle un favor a la patria.
Prácticas de buen gobierno, como todo el mundo sabe, a la que se suma una absoluta falta de empatía con los que sufren porque las mejores políticas son las que nos permiten alicatar de oro las cuevas de alibaba y los cuarenta banqueros.
Se ha muerto el banquero, el poderoso, el influyente y los que mandan en la economía española han perdido al mejor de sus representantes. Y uno, al que le puede el materialismo dialéctico, y prefiere la burguesía modernizadora a la de siempre, reconoce que Botín puso una pátina de modernidad a la cutre estrategia de acumulación y endeudamiento de los financieros españoles, hoy salvados por nuestros impuestos o las maniobras de Draghi (no se sabe si a causa de la presión de Monedero)
No encontrarán versiones laicas del fenecido banquero en los medios. Donde no era accionista, condonó o prorrogó infames créditos, o ambas cosas a la vez. Unos y otros, eso sí, en línea editorial, seguirán reclamando que los pobres paguen sus deudas para no pagar ellos las suyas. Mientras el banquero salvaba medios, llevaba al juzgado a unas cuantas pymes y autónomos por algún ICO, con dinero público pagado.
La muerte del banquero no me agrada. Solo confirma lo que ya sabía: todos acabamos en el mismo sitio. Eso si, difiere el tránsito, difiere el tránsito.