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miércoles, 25 de septiembre de 2013

La privatización del pipí

No es tema baladí sino una metáfora de lo que ocurre en la patria, antaño gloriosa. Si todo depende de lo que uno lleve en la cartera ¿Por qué no cobrar por tan elemental y natural asunto?

El Administrador de infraestructuras ferroviarias, o sea el Ministerio de Fomento, ha decidido cobrar por el uso de los baños de la estación de Atocha.

El ingeniero autor de la medida ha calculado, como debe ser, el ritmo prostático de los viajeros y visitantes, estimado el coste y calculado que con una privatización de 280.000 euros por siete años, por empresa holandesa pagados que al parecer no están las empresas patrias atentas a las oportunidades, vamos de cine.

Los expertos del sector que haylos, haylos, aseguran que el precio no será superior a un euro, lo que resulta tranquilizador. Un sencillo cálculo nos permite estimar que la empresa alcanzará su ROI (retorno de la inversión) con, aproximadamente 111 meaditas diarias.

Con esta indicación de precio, puede Usted, estimado lector, lectora, calcular el coste de su micción diaria e incorporarlo a sus decisiones estratégicas, cosa que le aconsejo, con objeto de rentabilizar mejor su coste vital. Por un poner, busco trabajo o meo, tipo de opción al que el capitalismo de casinos con humo nos ha llevado.

La micción es cosa de ricos. Y quien no tenga su eurito disponible y ahorrado no puede miccionar por encima de sus posibilidades; que quede claro. Quien tal intente quedará condenado a la multa de micción callejera lo que, para quien conozca Madrid, nos lleva a 1864, cuando el Alcalde Isidro Osorio estableció los urinarios públicos, privatizando su uso a precio desusado de veinte pesetas.

¿Cuatro duros por mear? ¡Caramba, qué caro es esto! ¿Cuánto cobra por cagar el señor duque de Sesto? Coplilla que los creativos madrileños de la época le cantaban,

No es la primera vez que me ocupo en este blog de tal asunto. Recuerden que Ryanair en discriminatoria medida, impuso tasa por el uso del lavabo haciendo que los viajeros de mayor rutina prostática pagaran parte del coste del viaje a quien menos uso hacía del servicio. (Corre el rumor de que los “free rider” - los gorrones - miccionaban en botellitas)

Efectivamente, nada tan próximo al principio fiscal del beneficio (quien lo use, lo pague) y nada tan lejano al principio de capacidad de pago. Les parecerá este asunto baladí o exagerado, pero cuando las necesidades fisiológicas, amigos y amigas, se estiman según precio de mercado se abre un campo inextinguible de tasas públicas.

Fenece, obviamente, el estado del bienestar y lo hace definitivamente por la gatera de las aguas fecales. 
Es nuestro sino ¿En cuánto estimará la troika nuestra cagadita?