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miércoles, 29 de mayo de 2013

El mercado es para malvados.

No lo digo yo, ni ninguno de esos comunistas irredentos tipo Keynes de los que les hablo a menudo. Lo han dejado escrito unos economista alemanes de las Universidades de Bonn y Bamberg. Ya se sabe que de esto de los mercados los alemanes saben un fascal. Y lo han averiguado matando ratoncitos, sin necesidad de burbujas ni tonterías de esas. Como es la ciencia, oigan.

“Los mercados erosionan los valores morales” han dicho. Inmediatamente Ferguson se ha puesto a investigar si los tales alemanes son gays; el ex - consejero de economía de Madrid se ha puesto a escribir un libro sobre el gulag comunista y Rouco ha puesto un anuncio para contratar exorcistas, porque esto debe ser cosa del diablo.

El experimento ha consistido en ofrecer al personal 10 euros: si renuncian a ellos el animalito vive; si se los quedan, el ratoncito muere. Hay más detalles, pero básteles saber que a los ratoncitos les ha ido fatal.

La ganancia ha reducido el estándar moral de los investigados a nivel de manager de empresa extranjera en Pakistán, por un poner; porque la vida de los irrelevantes bien puede ser sacrificada en aras de las ventajas del comercio.
 
En ese contexto, se extrañan Ustedes de los vendedores de referentes que estafaron a viejecitos o de los economistas que han gestionado burbujas, escándalos y falsas auditorias.

Podemos reprochar el asunto a los planes de estudio; podemos advertir que los modelos económicos se han alejado de los ratones, quiero decir la gente, para responder a los intereses de las corporaciones y tantas otras cosas. Pero lo que los ratoncitos alemanes han descubierto en su piel es que hay una restricción que ha desaparecido en los mercados: la restricción moral.

Siglos después de que el neolítico facilitara el intercambio, tenemos la evidencia: el mercado mata la ética. La esencia del asunto, al parecer, es que la presencia de numerosos agentes en el mercado disminuye la exigencia ética individual.

Será por eso que los gritos por el trabajo infantil, por la esclavitud en los mercados asiático o africano o por los logros de explotación obrera de trabajadores del comunismo chino sin sindicatos no obtienen demasiado éxito. Si los propietarios reparten el retorno de la inversión nos ponemos a mirar a otro lado. De hecho, me apuesto con Ustedes que habrá más griterío por el número de ratones muertos en Bonn que por los seres humanos aplastados bajo las en las naves desplomadas en Dhaka.

El mercado es para malvados. “La codicia es buena”, decía Gordon Gekko en la película “Wall Street”. “Les quitaré el dinero a los pobres para dárselo a Ustedes”, asegura Marc Tourneuil en  Capital, de Costa Gavras, a los accionistas del banco.

Nosotros y nosotras somos los ratoncitos, no se me quejen.