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lunes, 26 de noviembre de 2012

Ocurrencias.

Cuando los políticos (y las políticas) no tienen ideas, tienen ocurrencias. Esto es especialmente cierto en los momentos más constitutivos de la democracia; florecen las ocurrencias en las crisis más profundas, las convocatorias electorales o los cónclaves corporativos (congresos, solemnes reuniones, etcétera).

“Vivimos tiempos oscuros, eso es innegable” declaró el Ministro de Magia, como informa la asesora de magia de este blog. Y para alumbrarnos, los diversos líderes han inaugurado los tiempos de las mil ocurrencias.

Un patriota nacionalista convocó elecciones que nadie pedía, para cambiar el mundo y la patria, y perderlas. Un socialista derrotado se manifiesta satisfecho porque las encuestas no tenían razón y solo ha perdido 8 escaños, porque ahora lo fetén no es comparar con lo que tenías sino con las encuestas. Entre tanto, los vencedores políticos de las elecciones se disponen a financiar unas estatuas de Más y de Rubalcaba que, naturalmente, no son responsables de nada.

Mientras, los líderes europeos siguen enredando con Grecia para beneficio de los especuladores; los ministros españoles siguen enredando con la Banca y alargando cada día más “las facilidades financieras” (o sea, el rescate) que deben pedir para alicatar hasta el techo las cuevas de Alibabá y los cuarenta banqueros.

Si; son tiempos de ocurrencias. Resultando que, aún habiendo abandonado el socialismo el campo de la socialdemocracia, no sabemos que decir, tengamos una ocurrencia, se piensa en los cuarteles donde, al parecer, se diseña el fin último del capitalismo.

Por ejemplo, nada mejor que un proceso constituyente.  Ahora que los mapas políticos se resquebrajan y la desconfianza afecta a todas las formaciones políticas, excepto a las más reaccionarias. Ahora que saltan por los aires los mapas políticos. Ahora que, a pesar de la crisis, las derechas son hegemónicas. Justo ahora, se convoca a empezar de cero, a reinventar hasta nuestro pasado, en lugar de ofrecer una salida creativa y solvente a lo que tanto nos costó construir.

Nada mejor, para por si acaso, que un poco de refundación. La refundación, como sabe todo el mundo, es traer gente de fuera para poder ganar a los de dentro, que son muchos y no se dejan.

Acrisolada práctica política que debe aplicarse una vez agotados los pertinentes ritos cuatrianuales y ancestrales: apartar a los líderes más reconocidos; provocar conflictos regionales y encargar del asunto a algún sátrapa, que se considere el heredero de la tienda.

No es sencillo, no crean, ser un líder ocurrente. Como hace más de tres años, y en circunstancias similares ya les escribí aquí, la inteligencia de las Corporaciones es inversamente proporcional a su longevidad y, por ello, la tendencia a la eternidad se apodera de sus líderes más ocurrentes. Es agotador, hay que reconocerlo, pasarse siglos siendo líder del cambio y la ocurrencia.

El líder corporativo ocurrente debe acrisolar reconocida pereza; es decir, ser capaz de sustituir cualquier idea política por la convicción de que el cuadro directivo es fundamental dado que se aproxima, una vez más, un reto definitivo.

Naturalmente, solo el líder ocurrente conoce tamaño asunto, solo él entiende la magnitud y contenido del reto y, puesto que está en el secreto, solo él puede decidir quien debe afrontarlo.

El líder ocurrente, como Sancho Panza en la Barataria, dispondrá de algún secretario vizcaíno que elabore las adecuadas listas de selección de personal. Selección que habrá de ser tan renovadora como ocurrente para tener, como corresponde, al personal en ascuas.

La selección de personal debe constituir un erial alrededor del lider ocurrente, no sea que una adecuada y nueva élite le prive de su condición de inmortal líder ocurrente; deberá, naturalmente, ofrecer la cabeza de un propio al enemigo como gesto de acuerdo y, a cambio, lograr que el enemigo incluya en sus jefes corporativos algún satrapilla, ya que el líder ocurrente, siendo líder eterno, no debe dar la cara pero si poner huevos en diferentes cestas.

Amigos, amigas, vivimos tiempos de vampiros, muertos vivientes y magia y no hablo del moderno cine, sino de banqueros, desahuciados y líderes ocurrentes...la cosa, faltaría más, es que los humildes paguen las ocurrencias...de eso se ocupan las diversas satrapías realmente existentes encargadas de gestionar las ocurrencias, a toque de pito.