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sábado, 21 de abril de 2012

No es la economía

Quien nos está destruyendo es la venganza ideológica de los antaño derrotados por el estado del bienestar.

No niego la gravedad de la crisis; al contrario. Reprocho a quienes la negaron y a quienes abrieron el camino a los ajustes, sin marcar límites y ocultando datos, que dejaran campo libre a los insaciables apasionados por los recortes. Les reprocho que pusieran candidatos imposibles o que mantuvieran  reguladores mentirosos e ineficaces trituradoras de dinero público durante años.

Entre ellos, sumo editores periodísticos ahora escandalizados que nos reprocharon vivir por encima de nuestras posibilidades mientras cobraban de la burbuja o los amigos de las burbujas y ahora buscan periodistas a duro, espacio en las televisiones a privatizar o que un fondo americano les compre el periódico.

No niego la crisis de crédito, ni excesos públicos. Lo que reprocho es que se nos ofrezcan como alternativas improbables construcciones mientras cosas sencillitas, como poner barreras a los especuladores sacándoles de las bolsas o los mercados, arreglarían algún asunto. Cosas de esas que no cambian el mundo pero mantienen escuelas.

Lo que niego es que los que votaron lo que votaron no supieran lo que pasaría. Lo que niego es la moda tertuliana  que reprocha a la derecha la existencia de una agenda oculta. Razonamiento muy del gusto de quienes siempre supieron cual es la alternativa al déficit excesivo sin romper con las reglas de Merkel, vieron caer entre chirigotas a Grecia, afirmando que eran unos corrutos mentirosos, y ahora se escandalizan.

No os engañéis: los que les votaron si lo sabían; no le demos vueltas. Lo que no imaginábamos era la magnitud de nuestra derrota.

Algunos aún creen que las líneas rojas antaño construidas con partidos, sindicatos, consensos y convenciones democráticas resistirían el ataque. Algunos aún creen que se puede jugar con primarias, con balances apañados en los bancos y en las instituciones, con cartas secretas del Banco Central Europeo. Algunos aún creen que con llenar plazas, llamar a la resistencia o formular alternativas de salón se conmoverá el mundo

Mientras el poder se ríe de esas convicciones, se acaba la libertad de circulación de personas; el derecho a lo público en España, el estado de bienestar en Europa y todo lo que formaba parte de nuestro paisaje vital. Y tenemos la convicción de que queda más por venir.

Quienes no permitieron a nuestros bisabuelos modernizar España, no nos han permitido dejarles a nuestros hijos un estado de bienestar al viejo modo europeo.

Tras el griterío del dolor pueden escucharse las risas de una venganza histórica de magnitud sin precedentes. Llamadme a la manifestación que mientras acudo, que remedio, os diré unas cositas, así como de soslayo.