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viernes, 6 de agosto de 2010

Vacaciones; días 6 y 7: Michelle no ha estado aquí.

Deprimido; deprimido estoy. Lo de Michelle es como lo de Hemingway: no hay taberna que se precie que no recibiera la visita del ilustre. Ahí estamos: cualquier gitano del Albaicín podrá presumir de haber sido visto con la primera dama.

La Noche de Michelle han pasado a ser tan profusa en encuentros, palmeos y coplas como las borracheras del Ernest en el Chicote. Eso sí, el escritor se rodeaba de la “créme de la intelectualité” y la señora del Premio Nobel preventivo se codea con el pueblo llano y la “créme de la televisión” que viene a ser más importante que la "intelectualidá".

Obviamente, no hay informativo, programa, comentarista de la cosa que no haya llenado una decena de minutos con exclusiva información del evento. La noticia es la noticia: que la Señora de “Mojama” (el pueblo llano ya ha bautizado al lider) haya pasado por hispánicas tierras debe llenar la televisión como el Señor Marshall llenó la pantalla cinematográfica. No puede reputarse de machismo, amarillismo, insustancialidad a tales medios porque como se sabe es información de servicio público.

Efectivamente, esperaba yo en la finca de mi asueto vacacional la visita de Michelle. Una vez privado de la compañía del GPS de mi detergente, y confinado en la finca veraniega estaba preparando yo un menú especial para Michelle, convencido de que las televisiones y José Luís habían decidido que todos los españoles tuviéramos un encuentro con Michelle.

Falsa idea. Ella se ha quedado en el Sur, centro de las esencias hispánicas, dispuesta a visitar Ronda, en lo que constituye un evidente mensaje del Premio Nobel preventivo y la Señora a Cataluña. Ronda: museo del bandidaje del XVIII y emblemática plaza donde Ordoñez y Paquirri compartieron cartel. Por cierto que mi hija me envía una hoja, que suscribo, para apoyar a una plataforma que pretende la prohibición de los “cargols a la llauna” debido al sufrimiento de tales bichitos, que saben incluso mejor que el rabo de toro.

Pues nada. Michelle no ha estado aquí, así que paso mi día arrastrándome entre la cocina y la lectura de Paul Auster y lo último de Camila Läkberg que, en realidad, trata del impacto de la más miserable televisión en la vida de la gente. Más o menos como me he sentido yo viendo la información sobre le periplo de Michelle, a modo de Gran Hermano, viendo como gente que se dice periodista reclama datos sobre la noche de la Michelle, cuyos méritos se desconocen.

O sea que sin Michelle, soy un español, perdido, sin mérito, casi como el tal Gómez , a la espera de ser convencido para suicidarse. Es que hay días que no está uno pa ná.

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