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martes, 3 de agosto de 2010

Vacaciones; día 4: El GPS de mi detergente intenta una de crowdsourcing

Nada; que no hay manera. Mi nuevo argumento de que labores patriótico progresistas como apoyar banqueros dan derecho a restaurante vacacional no ha dado resultado. La Señora no se ha conmovido y yo sigo atado a la cocina. Afortunadamente mis comensales habituales se han ido a uno de esos sitios donde nacen ríos, lugares nunca ollados por pie humano que se llenan de paellas y chiringuitos. A su vez, la Señora anuncia una siesta el carnero.

En consecuencia comeré yo sólo: vacío de ternera con chimichurri, que ya tengo preparado. Dispongo de tiempo por lo que me traslado a la piscina con la última de Paul Auster (en inglés, disculpen mi pedantería veraniega) y la intención de iniciar una de esas profundas reflexiones que cambien el canon del pensamiento occidental.

Justo cuando llego recibo un SMS de Unilever. El equipo técnico que vigila el GPS de mi detergente me conmina a resolver de una vez por todas lo de ir al restaurante; llevan cuatro días de acecho, se les acaba el presupuesto de vigilancia de estudios de mercado y mi actitud no ayuda a los especialistas que necesitan la dirección de ese restaurante para vender sus productos.

El tono es conminatorio y lo estoy achacando a el anonimato de los analistas cuando recibo un segundo SMS: me piden la receta del chimichurri para hacerse una barbacoa mientras esperan si voy o no al restaurante; me piden que se comprensivo y ofrezca mi sabiduría a la comunidad de consumidores de Unilever. O sea, que además de vigilancia tipo Gran Hermano estos se apuntan a la cosa esta del Crowdsourcing, el aprovechamiento por las empresas del ingenio de aficionados a los que no se paga para generar contenidos. O sea que el tal Crowdsourcing vendría a ser el “morro creativo”

Hasta aquí hemos llegado. Me voy a buscar a mi detergente, para poner el GPS al ladito de la piscina e irritar a los analistas como venganza de tamaño y burdo intento de aprovechar mi sabiduría culinaria e iniciar mi anunciada y sesuda reflexión.

Ni por esas. Nuevo SMS; esta vez, es un controlador aéreo que se dispone a votar una huelga por primera vez, a sus cincuenta años. Me inquiere, me conoce de mis rebeldes años juveniles, sobre las secuelas físicas o médicas de tal decisión. Le tranquilizo sobre el hecho de que la comparación de salir del armario que le ha hecho un socialista amigo de Pepiño es incorrecta y le animo a probar, asegurándole, por otra parte, que el color de la pancarta no tiene porqué hacer juego con el polo de verano, lo que evitará gastos adicionales en estos días de agobio.

Resuelto este asunto, considero fríamente que ayudar a un huelguista forma parte del decálogo de toda persona de izquierda que se precie, cosa que deberá ser valorada por la Señora, afamada militante de la causa de la libertad, y da derecho a un restaurante. Si cuela, cuela.

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