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domingo, 27 de septiembre de 2009

Me nombran rico y no se donde apuntarme.

Llevo dos días tratando de convencer a Liber y las chicas: somos ricos. Lo dice José Luis y lo dice Pepiño. Mi intento de irme a vaciar la estantería de cualquier almacén de cosas inútiles pero caras, carísimas, no ha dado resultado. Pero aún así, soy rico: gracias al Gobierno que me ha dado tanto.

Y lo dice Leire que, mientras habla con mamá de sus cosas y arregla el cambio planetario, ha dicho que si no apoyo al gobierno soy un cobarde. Y de eso nada; digámoslo con valentía: que se sepa que vosotros, vosotras y yo somos ricos, pero ricos, ricos. Y si habéis torcido el morro por la subida de impuestos es porque no sois solidarios con los pobres.

Por ejemplo con los pobres de la SICAV. Ellos en los últimos cinco años han obtenido ocho mil millones de beneficios y han pagado 56 millones de euros, un 0,7%. Una tasa fiscal acorde con la escasez de rentas de esta gente que lo tiene todo invertido, como se sabe, en la economía real y sostenible y no como vosotros que sólo invertís en la burbuja de ladrillo de vuestra casa .

No sólo el gobierno ha sido solidario con estos pobres si no que ha evitado, loado sea José Luís, que se lleven la pela a algún país extranjero, imaginad que atentado a los derechos humanos sería que estos pobres hubieran de navegar con sus millones en patera hacia un banco luxemburgués.

Solidario ha sido este gobierno no sólo con las grandes fortunas sino con las rentas del capital. Estaba ese rojazo de Cayo proponiendo que se subiera el impuesto seis puntos (un tercio, que barbaridad); algunos medios apuntando a los impuestos ya suprimidos como el patrimonio u otros como las plusvalías. Se ha dejado ir un poco Zapatero: los que ganen capital por intereses tendrán que quitarle las galletas al perrito que hay que ahorrar.

Cualquiera que estime ácida ironía en mis palabras anteriores se equivoca. Soy, de siempre, progre y si ahora es progre aumentar los impuestos indirectos (lo que siempre le reprochamos a la derecha) aplaudiré. Negaré que Pepiño y José Luis mintieran en el verano cuando amenazaron a los ricos. Rechazaré mi inclusión en las clases medias o entre los trabajadores.

No; no. Entendedlo bien. Los cambios de impuestos supondrán en mi casa y la vuestra una pérdida de capacidad de consumo; pero eso no es malo para una economía en depresión, en absoluto.

Daos cuenta de la filosofía que subyace en esta maravillosa decisión: los que más consumen son los ricos; si drenan tu capacidad de consumo serás menos rico y te gastaras menos en impuestos. Dad las gracias en lugar de torcer el morro y entended la estrategia: que sólo vayan al mercado los ricos y así sólo ellos pagarán impuestos.

Ha llegado el glorioso momento que esperábamos. Las clases altas tiemblan; esconden su patrimonio; los poderosos lloran por las esquinas (que sea de risa os lo aparece a vosotros y vosotras, malvados).

Que pandilla, chicos, que pandilla…

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