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sábado, 26 de septiembre de 2009

La tarima de Sarcozy.

Pues nada; estaban esta semana refundando el capitalismo global por tercera o cuarta vez en lo que va de crisis. Pero no permitáis que la verdad os fastidie una buena noticia. ¿Y cuales han sido las noticias esenciales de esta semana que ha conmovido al mundo? : el taburete de Sarcozy y las niñas de José Luís, obviamente.

Podéis observar en el enlace cómo el Presidente francés quiso disimular su altura usando en su intervención ante las Naciones Unidas una tarima. Cosa que, como el mismo enlace aclara, ha provocado notables ironías en los comentaristas televisivos.

La primera cuestión a notar es la acidez de esos comentaristas que usan y contratan entrenadores personales que les enseñan a disimular sus carencias mediante ropas, peinados e, incluso, les ponen aderezos que disimulen su habitual presencia física. Naturalmente, lo que es bueno para el tertuliano, comentarista o periodista no lo es para el líder. Apuntadlo como ejemplo de embudo y su legislación.

Los que nos ocupamos de comunicación sabemos que la actitud respecto al propio físico es una de las torturas habituales. Cuando el protagonista ha asimilado que alguna de ellas, y muy especialmente la altura, constituye un demérito esto constituye, sin duda, un problema.

Son muchos los estudios que han determinado que las personas que están por debajo de la talla media creen que la sociedad les penalizará por esa carencia lo que genera frustración, falta de autoestima y dudas a la hora de tomar decisiones. En una época donde el contenido, o la idea, ha sido sustituido por la emoción (o la imagen), y este criterio se ha transmitido al liderazgo, viene a resultar que lo no verbal viene a ser fundamental para la reputación.

Cosa que Sarcozy practica asiduamente. La duda de que un líder no será ético si empieza por mentir sobre su apariencia esta servida y es el reto al que se enfrenta la comunicación.

Cuando se juega en casa no hay problema: el que monta el escenario es el dueño del espectáculo, como alguna vez os he dicho. Así que se recurre a la conocida técnica de cambiar el entorno o eliminar referencias. Cuando se juega fuera la cuestión es más ardua y debe primar otro criterio: no declarar la actitud hacia las propias carencias. Los franceses lo saben – y Sarcozy debía saberlo-: Napoleón inventó una definición para medir la altura de un hombre distinta a la conocida y se quedó tan ancho.

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