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martes, 7 de julio de 2009

Quien pone el escenario es dueño del espectáculo.

O el evento es el concepto. Los acontecimientos del verano ya son el concierto de U2 y las presentaciones de Kaká y Cristiano Ronaldo.

Acostumbrados a analizar la comunicación persuasiva (política) deberíamos echarle un vistazo a cómo se comunica el espectáculo o, mejor dicho, analizar esta nueva forma de comunicación vacía que consiste en que el evento es el concepto.

Una cosa tienen en común concierto y presentaciones: la influencia del escenario en su desarrollo. En la comunicación política se conoce el asunto, sin embargo en la persuasión política (electoral) el escenario es, sobretodo, un elemento televisivo mientras en esta comunicación, además de eso, han incorporado dos objetivos evidentes: una plataforma destinada a los clientes publicitarios y un elemento teatralizador destinado a su público objetivo.

Han debido conjugar la comunicación horizontal con el evidente deseo de los organizadores y actores de controlar el espectáculo. Los asistentes al concierto de U2 contaban en “facebook” su tensión preconcierto, se organizaban en la red y los fans de Kaka o Ranaldo “tuiteaban” sus citas, sus convocatorias y sus mensajes a los astros: los organizadores debían controlar el mensaje y el compromiso de su público mediante la posesión del espectáculo. ¿Cómo? Fácil: poniendo el escenario.

Hubo unos días en que el tiempo de un artista lo manejaba el público con su opinión, sus pateos, sus bises. A pesar de la cosa interactiva, el espectáculo ha generado diversas formas de sustraer ese control: una, introducir al público como parte del espectáculo; otra, sustituir el origen y el fin del evento, por la cosa en si, buscando un elemento de identificación tribal.

No importaban tanto las nuevas canciones de U2 como el mítico escenario que cambiará la forma de concebir la interpretación musical y nosotros estábamos allí, según acuerdo de los enfervorizados asistentes. No importa el porqué o para qué llegaron Kaka o Ronaldo sino que están aquí y son de los nuestros.

El escenario tiene un origen religioso; ahora no es el cántico a los dioses lo que reúne al personal sino la incorporación a la identidad de la tribu de valores de emotividad que refuerzan sus vínculos. En esto si se parecen estos eventos a los mítines políticos, como también se parece en que estos eventos son plataformas para clientes.

Una diferencia notable. Mientras en el mitin la eficacia es inversamente proporcional al tamaño de la población donde se realiza y depende de su incorporación a la imagen televisiva, en el caso del espectáculo es un plataforma destinada a los patrocinadores publicitarios: “esta es mi tribu, por esto tienes que pagar, y pagar más de lo que pagas”. Así, se es más eficaz cuanto más grande es la población donde se realiza y la gestión televisiva no se analiza como medio sino como parte del interesado patrocinio, necesitado de retornos de sus inversiones deportivas.

Los gestores lo saben; permiten la comunicación horizontal pero ponen el escenario: o sea, el espectáculo es suyo no de las masas aunque estas no lo perciban; estuvimos allí, con nuestra tribu: Bono y Florentino, forever.

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