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viernes, 3 de julio de 2009

El periodismo de calidad se quita la careta: ahora influye pero cobrando.

“Asegúrese su oportunidad: una noche con la gente adecuada puede cambiar el debate”. Y sólo por 25.000 dólares. ¿Con quién puedes querido lector ejecutar esta indecente proposición? Respuesta: con Obama, funcionarios y miembros del gobierno y algún que otro periodista.


¿Quién te ofrece tamaño servicio? ¿Es algún empresario influyente; es algún señor o señora bien relacionada; es algún ex ministro o ex - presidente de Gobierno? No: es el editor del Washington Post y la frase se corresponde con un folleto en el que se anuncia una cena para influir en el debate sobre la sanidad en Estados Unidos.


Sin complejos. La cena es en casa del máximo ejecutivo del periódico que anuncia la creación de los Salones Washington Post, a modo de salón de boda pero en plan grupo de presión.


Las cenas en casa de los ejecutivos y directores de los medios donde se intercambian relaciones, consideraciones e influencias han existido siempre y forman parte de la más oscura tradición editorial. Lo novedoso, lo original, es que, hasta hoy, ningún medio se había atrevido a cobrar en moneda por el asunto (intangibles como fusiones de cadenas televisivas, renovaciones de créditos, reparto de partidos de fútbol, tdts ilegales y cosas parecidas siempre se han obtenido por los éticos propietarios editoriales por ese intercambio de agendas).


La oferta, en esencia, transforma una organización productora de noticias en una empresa facilitadora de encuentros y cabildeo. Pues nada; he aquí que en un ataque de capitalismo moral la máxima dirección del afamado periódico ha decidido cobrar por montarte una cenita que altere el debate de la sanidad norteamericana. La pela es la pela y la crisis publicitaria ha puesto muy malita la cosa para los periódicos.


Y no vayáis a creer que lo ha hecho discretamente; para nada: un folleto dirigido a los grupos de presión en la capital de los USA anuncia la ganga: entre 25.000 y 250.000 dólares según el salón que uno se pida. También se ofrece, por otro lado, la influencia de sus periodistas en las relevantes personalidades del capitolio. No sabemos cuanto cuesta el kilo de plumilla pero imagino que tirando a poco.


Por supuesto si algún político, profesional, financiero o muñidor de intereses lo hubiera hecho, el periodismo de calidad hubiera alzado el grito en el cielo por inmoral. Pero, claro, si es el medio quien organiza la agenda de la cena de los conspiradores se tratará de una preocupación por el contenido del debate, un servicio al público y a la libertad de expresión.


Agradezcamos a estos editores que se quiten la careta y se pasen al mundo de los grupos de presión. Al fin y al cabo, hace tiempo que a los editores dejó de interesarles hacer periódicos.

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