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miércoles, 7 de enero de 2009

El Regreso o la esperanza no es el opio del pueblo

Mientras las chicas esquiaban, yo me he dedicado a coleccionar algún nuevo marco incomparable entre la nieve pirenaica y a leer. Aunque Mankel ha cambiado el lado oscuro del estado del bienestar por la no menos oscura controversia de los chinos consigo mismos, su última novela es francamente buena. También, la segunda parte de Millenium, aunque menos sorprendente que la primera. Desde luego, viajar con salomón (en minúscula) y Saramago es un placer que no debiera perderse nadie.

La cosa que tiene irse es que vuelves y el peregrino mundo sigue girando por donde solía. O sea, los trajes de los cancilleres siguen manchados de sangre palestina; los maltratadores se han cobrado la vida de siete mujeres en Navidad; la Unión Europea está ausente tanto si se trata de Palestina como de gas ruso. Como ya no es pecado tener déficit, Zapatero anda remendando una financiación autonómica que permita que los pobres de Catalunya no se preocupen más por los impuestos de los ricos de catalunya; en la derecha son más de derechas y, en fin, Obama, el esperado, sigue meditando…

Y al regreso, uno percibe que los pronosticadores han reconocido que, como siempre, no acertaron ni una y aceptan, con falsa humildad, que la prospectiva no resuelve la incertidumbre. Fina forma de decir que sus pronósticos no sirven para nada, aunque no se han abstenido de formularlos de nuevo: y la cosa es que cada uno de los que leo empeora al anterior.
Y digo yo: ahora que no hay lideres que la pinten; pensamientos únicos que rijan el mundo, ni recetas mágicas que nos prometan enormes futuros, quizá podríamos quitarnos de encima tanto pesimismo prospectivo que nos rodea.
Estos días suenan a finales de los setenta. Sólo falta que, en cualquier momento, se derrumben los “poperos”, con el mismo estrépito que los banqueros, y aparezcan punks o cosas equivalentes (claro que a lo mejor nos subía el canon la SGAE para nacionalizar pérdidas).
En fin, que os invito lectores y lectoras a que hagamos lo contrario de lo que se hizo en aquellos tiempos: en lugar de dejarle el campo a la Thatcher, podríamos convencernos de que la esperanza no es el opio del pueblo y de que sería posible que en el 2009 tampoco acertaran los de los pronósticos y nos fuera mejor. Feliz periplo.

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