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viernes, 1 de septiembre de 2017

Vacances Catalanes


Corría el verano del 78. Este columnista caminaba entre Broto – mi pueblo de vacaciones durante años, un municipio del pirineo aragonés- y el cercano Oto, con un único propósito: dar cuenta de una gloriosa cecina de jabalí que atesoraban en el municipio de llegada. Sostengo la tesis de que el senderismo sin propósito carece de sentido.
A mitad de camino, me cruce con Teresa Pàmies y Gregorio López Raimundo, nombres míticos asociados a la legitimidad republicana y a la lucha antifranquista. Nos reconocimos, charlamos y, como corresponde, quedamos en reencontrarnos en un bar de Broto que a la Pàmies no le agradaba mucho: los jóvenes pasábamos mucho tiempo en él, sin aprovechar el entorno.
De aquella presencia pirenaica de Teresa Pámies ha quedado un hermoso librito, “Vacances aragoneses” (Destino, 1979), que además de literatura de viajes reúne alguna opinión de la autora que conviene en estas fechas recordar.
Entre excursión y excursión, la autora dice: “Castilla, a la que los catalanes no podemos tildar de opresora sin tergiversar la historia”. También, afirma que “es esto conocer la tierra en la que has nacido,…, porque además de catalanes, somos españoles”.
Releer el librito llevará a reflexionar sobre lo que pensarían aquellos héroes, personas que se jugaron la vida y los patrimonios de verdad, de los que hoy presumen de sufrir sus partidas de monopoly y postureo. Sin duda, añorarían a su viejo y estimado PSUC (partido nacional, más no nacionalista), hoy desaparecido y sin herederos. Pero, también, rechazarían el odio institucional a España del que trufan los actuales responsables políticos su encendido verbo.
Pensarían, sin duda, como este "veraneante" que se acrecienta el foso entre ciudadanía y portavoces de la encendida causa nacionalista, en una sociedad que más parece de mixtura y convivencia que de fractura convulsiva.

Disfruto estos días de mis “vacances catalanes”. Mi vida transita de modo similar al del resto del universo vacacional: entre chiringuito y supermercado, entre tapas y baño. Y créanme, en esas rutas nadie habla de las cosas en las que se habla en los periódicos.

Uno ve gente que descansa en playas, fincas o albergues, por cierto muchos ilegales. Y, también, gente que con alguna desgana concluye sus tareas pendientes, preparándose para sustituir a quienes andan en playas, fincas y albergues.

Aquí te hablan en castellano, nigeriano o lo que pueden para hacerse entender. Gritan los obreros de la construcción en similar modo al que lo hacen en Madrid y no se aprecia nada que uno no pueda apreciar unos cientos de kilómetros hacia el Ebro. El personal hace su faena sin prestar demasiada atención, parece, a lo que se dice en los periódicos.

Hoy, se trata de que los funcionarios presten juramento al nuevo régimen que vendrá, al parecer, portando abundancia de bienes y condonación de deuda pública. Juramento, por cierto, desechado en las democracias donde las constituciones presiden los comportamientos funcionariales, preservando su derecho de opinión, como a cualquiera.
 Ayer, se trató de expropiar al conjunto de la policía para ponerla al servicio de una única idea. Lo que les gusta la policía a los alternativos de todo tipo, mire Usted.
Advierto que, como Pàmies, debemos abstenernos del odio o de incompatibilizar identidades. Abundan tanto las mezclas, una vez que se sale de la plaza de Sant Jaume, que la bandera se quedó vieja, por más que la porten escuadras desconcertadas.

Mientras les escribo – y disfruto de mis “vacances catalanes”-, un nigeriano compite con una señora gitana en venderme un pareo; me sirve un vinito una persona venida de Sudamérica, mientras un inglés contrata una paella con alguien que parece rumano. Díganles a estos que juren un nuevo régimen…”amos anda”, que diríamos en mi tierra.