La salvaje y delgada línea de playa


La playa es un bien escaso. Como Ustedes saben, la escasez natural puede producir dos fenómenos económicos: o la competencia más salvaje o el monopolio natural. Dicho de otra manera: o pelea Usted cada metro de arena o se la alquila, con sombra y a desmedido precio, al chiringuito.
Usted acaba de empezar sus vacaciones y es el héroe familiar. Así que, generoso e irresponsable, se ofrece a madrugar para proceder a “okupar” un metro de arena en línea de playa. Su familia ignora que su valentía esconde alguna utilidad marginal: un desayuno prohibido o, mejor aún, la lectura sin avergonzarse de un periódico deportivo en un local climatizado, el mejor momento del día sin duda.
Su gozo siempre concluye en depresión: descubre que, como era esperable, siempre hay alguien que madruga más que Usted – especialmente los nórdicos-. Así, la hilera de toallas y sombrillas vacías le van desplazando a esa esquina de playa marginal que nadie desea, pero que se le ofrece como alternativa.
La playa no es el idílico paisaje que nos cuentan; esconde un mundo salvaje, desregulado y dolorosamente competitivo.
“En esta playa hay dos clases de hombres: los que han muerto y los que van a morir”. Frase que Usted y medio mundo atribuye a un tal coronel Taylor, en el desembarco de Normandía. Pero eso es solo un adorno de la “Wikiquote”; la frase se la espetó un vasco, blandiendo una pica de sombrilla, a un extremeño en pelea por un palmo de tierra, mientras un catalán colocaba una estelada en la disputada arena. Ustedes me entienden.
Al fin, coloca Usted su pica, allí, en tierra más húmeda de lo esperado, cerca de infecta escollera, sabedor de los improperios que, desde suegras a cuñados y demás familia, le dedicaran por su incompetencia como “okupa” playero.
Así es el capitalismo y la competencia estimado y estimada lectora: el bien escaso es para el que más chifla. No; la playa no escapa a las leyes de mercado. La playa no es el idílico paisaje que nos cuentan; esconde un mundo salvaje, desregulado y dolorosamente competitivo.

No crean que el doloroso mercadeo concluye aquí. Ante el pavor del monopolista que regenta el chiringuito, toda una disruptiva economía irregular se extiende, desde el primer momento, en la delgada línea de playa.
A modo de colas en economías de estraperlo, ocupan la primera línea de playa, tirando los precios y en negro, quienes venden bebidas, anuncian esotéricos masajes, danzan imposibles terapias o, más aún, llevan la venta de pareos a línea de playa, le ofrecen poemas e incluso reflexiones religiosas, todo a módico precio, ajustable incluso mediante el regateo.
El concesionario del chiringuito, antaño rey de los contratos de concesión, recuerda un viejo verso de su época de estudiante: “primero fueron a por los taxistas (uber), después a por los hoteles (Airbnb), luego más tarde a por los viejos bancos (fintech), ahora vienen a por mi, pero ya es demasiado tarde.
La playa se llena de chanchulleo colaborativo, piensa Usted, mientras  a modo de perdón compra unos pareos para las señoras de la familia. Ni son bonitos, ni son baratos, pero la finlandesa de la sombrilla de al lado, malditos madrugadores nórdicos, le ha pagado el doble a la vendedora, que parece haber hecho un master sobre segmentación de precios.
Deprime, deprime el asunto. Pero queda lo peor. Ese momento en el que Usted se rinde ante el monopolio y acude al chiringuito a por ese vino blanco frío y mediterráneo que le reconciliará con el mundo y, de paso y en secreto, observar lo único que en la playa no parece escaso: abundantes y bronceados cuerpos de jóvenes en forma.
Si; es justo en ese momento, tras saborear el primer trago y organizar su primera mirada panorámica, cuando descubre que una horda camina obsesionada hacia el chiringuito, mirando a sus móviles
La propiedad ha realizado un rápido proceso de modernización: siguiendo el modelo de McDonald´s, ha pagado a Nintendo para que el chiringuito sea una “pokeparada” (una parada Pokémon). Éramos pocos y llegó Pikachu. No hay espetos, hay pokemones. La playa es un mercado salvaje. Se lo advertí.