Statcounter

viernes, 1 de septiembre de 2017

Cuando los accionistas piden socorro, el capital se carcajea


  “Los imbéciles son separados, tarde o temprano, de su dinero”. Con brillantez, pero también con cierto cinismo, Galbraith escribió su escepticismo en relación con el capitalismo popular y el modo en el que muchos desinformados caen en las redes de los especuladores o malos gestores.
En Marzo, el Popular tenía unos 305 mil accionistas que han sido separados abruptamente de su capital en el Banco Popular y buscan desesperadamente abogados. Cuando los accionistas piden socorro, el sistema se retuerce de risa hasta las costuras.
El pequeño accionista, el que en realidad más que inversor es un ahorrador, constituía la masa accionarial más relevante del Banco Popular. Los que tenían menos de mil acciones, suponen más del 60%, y llegaron a acumular un 2% del capital del banco, hoy volatilizado como el de los demás accionistas.
No me agrada que nadie pierda patrimonio. Pero molesta que quienes han sido determinantes para la pérdida de valor de la entidad hayan arrastrado, de nuevo, a pequeños ahorradores.
Pueden Ustedes creer, qué vamos a hacerle, que cierto odio de clase me lleva a conmoverme más por estos minoritarios que por saber que el Opus tendrá que quebrar, que algunos ricos intratables han perdido un fascal o que Allianz y Pimco se han dejado una pasta.
En realidad no me agrada que nadie pierda su patrimonio, lo que me molesta es que unos imbéciles que se han visto separados de su dinero por especular, maniobras torticeras, poder o, simplemente, por ver quien la tenía más grande, la cartera quiero decir, sean los que han arrastrado a modestos inversores a la pérdida de unos magros ahorros.
Es cierto que no puede llamarse a ignorancia. Se sabía que, desde el 2016, no habría rescates con dinero público y serían accionistas, bonistas y acreedores quienes primero pagarían el pato. No ha sido la ignorancia lo que ha llevado a estos modestos accionistas a perder sus ahorros, sino la confianza en gestores venales, que no han dicho la verdad sobre la entidad ni en caso de emergencia.
No deja de formar parte del asombro que los reguladores, una vez más, hayan permitido la opacidad y, más aún, permitido las jugadas de los bajistas que, además de hacer pasta y destrozar el valor de la entidad, han provocado las salidas de depósitos, probablemente con alguna complicidad interior.
Apenas minutos después de conocerse la noticia, los carroñeros habituales, los grandes bufetes de esos que contratan futbolistas para anunciarse, se han lanzado sobre los pequeños accionistas. Filón inacabable de demandas que vengan a sustituir a los desaparecidos accionistas de Bankia o afectados por cláusulas suelo que habían dejado de ser negocio.
Este capitalismo que nos toca, más que popular se ha hecho populista. Y los más afamados abogados esperan su encuentro con no menos afamados jueces, apuntados al populismo judicial.
Fácil lo tienen: administradores, comercializadores, aseguradoras, auditoras, tasadoras, los que hacían test de estrés, toda clase de reguladores han avalado los datos de una institución a la que ha matado el pánico, más que los números y la opacidad. Habrá paseillo judicial, programas televisivos y esas cosas que tanto gustan.
Ya les adelanto que como la venta es cosa europea, no habrá mucho ruido contra Bruselas, pero contra la fallida ampliación de capital habrá auténticas procesiones que, encabezadas por pequeños accionistas, le harán el trabajo a los grandes.
Mexicanos y Chilenos ricos, fondos de inversión, aseguradoras de gran peso, esperarán el atinado juicio populista, para pasar por caja. En el capitalismo popular, cuando los accionistas piden socorro, el capital se carcajea.

La misma ley salvará al modesto ahorrador que al Opus, y la carcajada de los más venales gestores atronará los despachos de JP Morgan que, como habrán visto, esta en todas.