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miércoles, 10 de febrero de 2016

No está el aire propicio

Gerardo Diego, desde hoy maldito, lo escribió. La Cátedra de Memoria Histórica de la Universidad Complutense ha incluido al poeta en su informe sobre la pervivencia del franquismo en el callejero madrileño.

Debe reconocerse que tiene mérito que por tan escaso estipendio – un euro menos de los 18.000 que exigen licitación pública- la más Cátedra de todas las cátedras haya ido más allá del deber.  Ni Carmena, ni el Ayuntamiento, ni la propia Ley han imaginado invadir el mundo del pensamiento y la cultura, ir más allá de los militar o políticamente responsables, en la limpieza de vestigios franquistas.

Ahora sabemos porque el informe era casi secreto. Por vergüenza, probablemente. Por no sumar una más a las ocurrencias que ya se suman en la gestión urbana. Mejor proponer quitar del callejero a Gerardo Diego, ignorar la celebración de Cervantes, que ponerse a gobernar.

Debe decirse, igualmente, que la democracia premió a Gerardo Diego.  Premio Cervantes; Medalla de oro de la Villa de Madrid en 1985 y que fue la democracia, no la dictadura, la que le concedió, tras su muerte en 1987, espacio en el callejero de Madrid.

La Cátedra, en su esfuerzo por limpiar de todo vestigio el callejero no ha dudado en incluir entre los y las felones – como Manolete o Concha Espina, tres veces candidata a Premio Nobel- a Salvador Dalí, no se si más excéntrico que fascista, pero que, muerto en 1989, recibió calle de la democracia y no premio del callejero franquista.

Karajan, Strauss, Wagner tienen reconocimiento en el callejero alemán, poco sospechoso de connivencia con vestigios nazis. Lo tiene D´Annunzio en Italia y se estudia a Pareto en todas las facultades de economía, incluso en el Campus de Somosaguas, fuente de tanto progreso, cambio y riguroso estudio, doy fe,de lo de Pareto, digo

Pero aquí vamos camino de ser por siempre guays, progres y alternativos. Nos vengaremos tapando la piel de las ciudades, construidas a golpe de glorias y miserias, con pátinas de alternativos méritos. Ocultaremos que la democracia premió y, también, perdonó.

Puede, debe, faltaría más, privársenos de placas de carniceros y asesinos pero sugiero que esos euros que, con tanta y notable brillantez, gestiona la más Cátedra de las cátedras se ocupen en buscar los restos perdidos en malditas fosas.

No; no está el aire propicio para la búsqueda del equilibrio. Somos ya de vender violencia y venganza sistémica en los títeres; de castigar, con efectos retroactivos, a poetas o pintores  e, incluso, somos de negarle a la democracia sus reconocimientos.

Son otros tiempos. Días de gestos inútiles y fútiles ocurrencias. Días en los que “a la garganta trepa la impostura”.