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lunes, 1 de febrero de 2016

Lo último de lo nuevo: cargarse los partidos políticos

El invento tiene tiempo y, de vez en cuando, renace para alumbrar prometedores futuros: nada entre líder y bases; mejor líderes aclamados que burocratizados comités.

Los partidos tenían tres funciones democráticas, tan fundamentales como solemnes: elegir su dirección; elegir candidaturas y elegir gobiernos. Otra función importante, aunque no tan respetada, era aprobar su programa.

Pues bien, las tres funciones fundamentales han desaparecido en primarias, referéndum y consultas. La elaboración del programa se encarga a personal experto. Se acabaron las alianzas entre corrientes de pensamiento, los acuerdos políticos, los consensos o las propuestas y programas debatidos.  Los partidos han sido disueltos, reducidos a máquinas administrativas para pagar el salario del líder y ponerle coche.

Nada de respeto a la opinión de los elegidos y elegidas en los Congresos. Mientras le pedimos a la sociedad y a los gobiernos direcciones corales, a las corporaciones económicas y empresariales que integren su diversidad en direcciones colectivas, los mismos, las mismas, disuelven la dirección coral, colectiva o diversa en desconocidas bases, censos oscuros y sistemas de contabilidad de opinión más que dudosos.

El líder piensa, y piensa bien y las bases siguen al líder. Y si no la siguen, o no les preguntamos (tipo quiero ser Vicepresidente, aunque no sé que Círculo lo ha decidido) o cambiamos de bases (tipo Alberto Garzón).

Es reiterada la voluntad de los lideres (o lideresas, si las hubiere) áureos, carismáticos, personalistas o iluminados, llámenlos como quieran, liquidar el debate. Lo suyo es tomar una decisión y convocar a las bases. Esto ya fue inventado por algún payaso triste o pitufo gruñón de la vieja izquierda y así le fue al tal líder y su formación

La democracia representativa es el peor sistema, una vez que se han excluido todos los demás. Así pues, es falso que la democracia de las bases, sujeta a presiones de toda naturaleza, sea el mejor remedio. Es por eso, precisamente para evitar la influencia de caciques, medios, intereses financieros y poderes oligárquicos por lo que se inventaron las formaciones políticas.

Se deben aceptar los notables defectos de los partidos. No es el menor la forma en la que se extraen sus direcciones y las oligarquías que se generan. Pero, que quieren que les diga, soy de los que prefiere la maldad de las direcciones elegidas que un programa de la Sexta organizando un referéndum en un partido.

Ese es el error de Pedro Sánchez que, más temprano que tarde, le pasará factura. Las culturas corporativas, más si son centenarias, pueden ser renovadas, cambiadas, pero difícilmente sustituidas por las que pertenecen a otras identidades. Mismo error que cometen los filtradores de audios.

Pero en fin, es lo último de lo nuevo: hay que acabar con el partido. Hagamos referéndum, hagamos primarias, demos a las bases desconocidas el poder. Sustituyamos los partidos por gerentes. Si Ustedes creen que eso es bueno, quizá debieran echarle un vistazo a la historia.