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miércoles, 12 de junio de 2013

El experto

El sabio sabe qué ignora, afirmó Confucio. El experto aprende a ocultarlo, se lo digo yo.

Todo empezó en una fiesta escolar. Unos padres anunciaban orgullosos el futuro como abogados o médicos de sus hijos, cuando uno de ellos anunció con voz grave y pecho henchido: Miguelito será experto.

El niño se educó para tal fin en una escuela en la que solo había doce alumnos. Solo una niña – la paridad no es para ilustrados-. O sea, que como la escuela era aburridilla, Miguelito acabó buscando diversión entre los obreros del barrio.

Llevado por tan malas compañías quiso, en algún momento, abandonar. Pero su padre se lo negó: no; príncipe; tu no. Dicho lo cual, matriculo al niño no solo en la conveniente escuela de arte y declamación sino, también, en otra de estudios talmúdicos.

El padre, previsor, había leído un manual que prescribía que un experto debe escribir en el faro y guía de occidente, participar en tertulias y redactar consejos de la forma más indescodificable posible, incluso recurriendo a las matemáticas, arma del diablo para cegar a los hombres, como declaró San Agustín – para el tal santo las mujeres ya estaban cegadas-.

El tiempo pasaba. Miguelito y sus compañeros se dispersaron viviendo en el pluriempleo- es dura y costosa la preparación del experto- : sumaban salarios procedentes de los recursos públicos, de impartir su sabiduría o de algún dictamen a gente interesada en la actuarización de la esperanza de vida y sus consecuencias, aseguradoras, por ejemplo. Gente, en suma, que ama el conocimiento,  no como otros intelectualmente empobrecidos por su afición a lo público.

Pero, al fin, llegó el día y la cosa. Los expertos podrían joder a unos cuantos en el presente y a casi el doble en el futuro. Al fin, los doce condiscípulos pudieron reunirse para determinar el futuro de nuestras pensiones. Lograron un talmúdico dictamen que, tras poner una vela a dios y otra al diablo, conseguía dos fórmulas matemáticas elegantísimas  que ningún obrero u obrera entendería pero cuyo fin estaba claro: daos por jodidos.

En el momento de la firma, Miguelito recordó uno de los consejo que su padre leyó en aquel manual que cambió la vida del niño: un experto debe ser capaz de follar y ser virgen, al mismo tiempo. Así que, antes de firmar, redactó un voto particular donde solicitaba retrasar un poquito las conclusiones del dictamen, para que doliera menos.

Tras tan arduo consejo, miro de soslayo, firmó y fuese a contarlo al faro y guía de occidente mientras el resto de sus condiscípulos caminaban a la antesala de la corte a entregar el arbitrio sobre el mal fundamental que aqueja a la patria: no hay pasta, pa tanta gente.

Un experto, amigos, amigas, debe rechazar “las maniobras tácticas” de los políticos mientras asegura dejar “la puerta abierta a la posibilidad de la acción de la política” ¿Contradictorio les parece? ¿No se entiende?

Es que Ustedes, además de no hablar inglés, no han ido a una escuela talmúdica. Guárdense de los expertos, particularmente cuando proclaman la verdad.