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jueves, 15 de marzo de 2012

El autismo de los economistas y su fibra moral.

Cuando andaba por mi facultad, los economistas querían cambiar el mundo; hoy, quieren hundirlo.

Un Vicepresidente de Goldman Sachs ha denunciado como “tóxica” la cultura corporativa de su empresa o, lo que es lo mismo, ha calificado de activos tóxicos a sus colegas y los analistas más jóvenes. En esencia, revela el evidente conflicto de interés que surge entre roles de economistas como expertos en economía y como consultores pagados, directores o agentes de empresas privadas.

Engañar a los clientes, a los que se califica cínicamente como 'muppets' (marionetas, teleñecos), no parece muy difícil. Las prácticas que usan estos profesionales (imbéciles especializados los he llamado aquí alguna vez) son: vender inversiones que el cliente no necesita; colocarle productos de baja rentabilidad que el banco no sabe como quitarse de encima o colocar productos opacos, sin liquidez y con siglas incomprensibles.

Si mis estimados lectores o lectoras repasan lo que ha ocurrido en España con las "preferentes" que han colocado algunas cajas y bancos españoles verán que las prácticas no son muy distintas.

La clave del asunto según este exdirectivo, en una frase que no he visto traducida, es “la disminución de la fibra moral de la empresa” y por añadidura de sus profesionales y del conjunto de la cultura corporativa.

El autismo de los economistas sobre la realidad y sobre la ética de la profesión es algo que viene denunciándose desde el año 2.000 y ha crecido con la desregulación que infectó el sistema financiero hasta generar la actual crisis.

En otras ocasiones he relatado aquí como esta falta de fibra moral, el compulsivo apasionamiento de los economistas por la riqueza, se debate entre muchos profesionales como responsabilidad de los programa de formación. Comparto que deben cambiarse los contenidos de estudio pero también creo que el imperativo ético de la profesión no depende necesariamente de los manuales que uno lea durante sus primeros días en la facultad.

Que algunos profesionales hayan construido una inversión de 440 millones apostando en hundir a España ya dice bastante de la opinión que podemos tener de este banco cabrón, al que cabría expulsar de nuestros mercados, pero habla casi peor de economistas que invierten en sufrimiento.

La profesión reclama a gritos un código ético en la medida que su integridad esta puesta en duda, los conflictos de intereses son evidentes y la contaminación entre ámbitos públicos y privados dominan el mercado de los directivos y analistas.

Es preciso concluir con el autismo social de los economistas, imponer un principio ético. Es preciso que aprendan, y lleven consigo para toda su vida, el contexto: no hay guateque gratis; si alguien disfruta es que otros están sufriendo.

No pido que los economistas sean todos heterodoxos dispuestos a cambiar el mundo. Me basta con reparar la fibra moral de esta profesión porque es el único modo de superar la irredimible tristeza que producen las practicas que ya han arrasado el futuro de una generación.