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miércoles, 20 de mayo de 2009

“blogueros, monos con ordenata”.

Hacía tiempo que buscaba yo la forma fina, elegante y literaria de deciros lo que sois. Y aquí está, naturalmente robada a un fino y elegante literato: “Los blogueros, monos con ordenata, campean a sus anchas como piratas de Somalia. Entran a las páginas no a escuchar la música de las palabras, sino a robarlas”.

Pues no; no lo ha dicho ni escrito la SGAE sino Raúl del Pozo a quien, imagino, Teddy Bautista le ofrecerá habitación en el Palacio de Boadilla, pagada con el canon que me cobraron por mi ordenata, mi cámara, mi teléfono, mis Cds y todos esos artilugios por los que me cobran, a modo de castigo preventivo.

Yo ya sé que a casi nadie os intranquiliza tal opinión; a mí tampoco. Sé que hay quien lo considera un simple desahogo de “cierta vieja guardia de nuestras redacciones”. Pues es probable que tenga razón pero me mueve a pena e irritación esta acusación de robar palabras, cuando las palabras, supongo, deben ser dichas y escritas para cruzar universos.

La cosa debe ser cuando no pagas la “gazzetta” (las sobras, el cambio, la última monedilla del cuerno de la abundancia, con las que en Venecia se compraba al gondolero el último chisme escrito).

Uno sabe que el primer comercio de ideas, que tenía en monjes y trovadores (los primeros contadores de chismes) a sus portavoces, produjo conocimiento. Ya veo yo a los monjes, subidos en sus históricos púlpitos y columnas, llenas de adjetivos, advirtiendo a monarcas y pueblo llano sobre la maldad de los trovadores.

Blogueros, nuevos bárbaros que deshacen el negocio y, mientras beben los monjes sus güisquis en las redacciones, escriben nuevas consignas con el único ánimo de morder al periodista de calidad, dueño de todas las palabras.

Debe preocuparles a los monjes que descienda el número de sillas disponibles en las comidas de los palacios; que desaparezcan las filas reservadas en los eventos de la corte; que los conventos (marcas) a los que representan se devalúen en un mercado sin oligopolistas. Mirándolo bien, igual tienen razón para tener miedo.

Debe preocuparles a los monjes que cualquier simio les robe la capacidad de analizar la verdad porque así los conventos, sus pregoneros y textos ya no orientarán los amaneceres y en la corte ya no serán útiles. Igual tienen razón para tener miedo.

Como no puedo elegir entre ser periodista o ser bloguero, lo tengo claro: soy un mono. Miraos lo vuestro

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